Predicar con el ejemplo

OPINIÓN 20 de junio de 2022 Por Julio Bárbaro*
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Predicar con el ejemplo aparenta ser esencial en la religión mientras no menos necesario en la política. Es esa coherencia que pareciera sólo inherente a dirigentes de países hermanos, que va mucho más allá de la ideología, que desnuda la distancia entre la palabra y la convicción. Es esa intención de acercarnos a la sabiduría, espacio donde se aligera el equipaje donde uno busca más un balance del alma que bancario. Ateo o creyente, en ambos lados de la fe se alberga el sueño superior de la perfección humana, eso que supimos llamar “humanismo”. Cuando uno se acerca al final seguir cabalgando la codicia define un nivel de incapacidad que se debiera haber superado mucho antes. Mostrar los bienes, las riquezas, está demasiado de moda y termina en una sociedad sin personajes dignos de admirar. No solo no hay un sabio, sino muchos necios y se los ve cuando nuestro Santo Padre habla, demasiados se molestan como si pensar para el mundo no fuera un derecho de quien acompañó cuando estaba aquí nuestras angustias.

La economía como centro de la vida se ha consolidado a niveles donde el vencedor, el triunfador, necesita imponer su superioridad como un retorno a la vieja sangre azul de las aristocracias. Se terminó destacando una clase improductiva cuya soberbia carece de límites, un mundo de cómplices marcados por la codicia que acumularon demasiado y nos lo enrostran sin piedad. Tengo varias historias personales de individuos que me dieron su número como una cucarda en esta enfermiza carrera por acumular. O algún otro que mencionó el número de la coima que aportaba para sostener su duro negociado. Los ex presidentes Uruguayos vuelven a su vida privada mostrando que no cambiaron de clase, encontrando en ese sabio retorno a la realidad cotidiana su lealtad a la política, fuera de izquierdas o derechas, ya que para ellos la ideología no es parte de la conducta ni mucho menos una limitación a su exceso. Apabullados por el número de pobres -carencia que no conocíamos en nuestra infancia, miserias que fueron sembradas desde la última dictadura- de pronto, los ricos nos acusan de ejercer el “pobrismo”. En principio, pareciera que manifestar una mirada solidaria hacia el necesitado se transforma en una posición ideológica.

Siento que, para ellos, los vencedores, existe la decisión de empoderar el “riquismo”, un ejercicio según el cual los ganadores deben ser respetados como dueños reales de bienes y verdades. Se usa como ejemplo una sociedad donde no existe otra virtud que la codicia, el número acumulado despierta tanta admiración y respeto más allá del cómo arribaran a dicha bonanza. La política fue generando una relación donde la complicidad se convirtió en factor unificador de personajes, donde el militante se degradó en “operador”. Cómo olvidar al Doctor Arturo Illia caminando la calle Corrientes, lo habían podido derrocar, pero jamás lo dejaron de respetar. Don Raúl Alfonsín fue el último en promover ese retorno natural a la vida ciudadana, luego vendrían los cargos como refugios de oscuras vidas. El período posterior al último golpe limitó en extremo la imagen de las fuerzas armadas, nos dejó al límite del desarme. Esa estructura militar mancilló su historia y lo peor, le permitió reivindicar a la guerrilla, a través de los derechos humanos, una dignidad que no merecían por no haber practicado. Así quedamos con los uniformados devaluados, los guerrilleros sobrevaluados y los políticos extraviados.

La virtud, su valoración, la vida en busca de su sentido, ese mundo no debió haber sido olvidado por el triunfo de la codicia. La industria en tiempos de su desarrollo generó una burguesía digna con rasgos patrióticos, por el contrario la destrucción del Estado forjó una soberbia de intermediarios asociados que terminaron viviendo su logro como derrota al humanismo y sus adyacencias. El coimero no escucha ni gusta en ser escuchado, algo en su conciencia lo lleva a sentir aversión por la reflexión. Demasiadas viejas, antiguas relaciones se convirtieron en distancia, la nueva clase de los vencedores arrasó con soberbia y rechazo, una clase nacida y desarrollada en el más puro egoísmo. Algún ex guerrillero enriquecido justificó no ayudar a un viejo compañero necesitado. Habían arriesgado sus vidas, pero no alterado sus limitaciones. La violencia no forjó solidaridad, no tenemos vidas que se vuelvan ejemplares, solo explicaciones difíciles de aceptar. El sindicalismo también cayó bajo ese rasero que rinde homenaje a la superioridad del poder de la riqueza. Los empresarios nunca salieron en defensa de los militares a los que habían azuzado, ni los sindicalistas se ocuparon de sostener al peronismo que los forjó. El asesinato de Rucci fue una ruptura final de la guerrilla con el General, las obras sociales calmaron conciencias y sostuvieron olvidos. Así las cosas, los restos del marxismo tanto guerrillero como de otras ramas, se ocupó de desfigurar el pasado con la invención de una guerrilla salvadora cuando sus daños fueron mayores que sus aportes. La derecha y la izquierda que sufrimos son parasitas del poder del Estado y deformadoras de la historia patriótica. Entre trascender y acumular, tomando la política de verdad como una conciencia que supere la codicia, no tuvimos vocaciones. Como si la vida hubiera eliminado a los poetas, a los artistas, al poder de verdad, ese que tiene claro lo circunstancial. El poder en serio, imaginaron que estaba en hacerse rico. Para Néstor el dinero era un instrumento, claro que no podía ni imaginaba prescindir de él. Para Macri ni siquiera superó la mera formalidad, en su frivolidad daba por innecesarios los debates patrióticos. El ciudadano carece de ejemplos dentro del poder donde se esconden los beneficiarios de su miseria. Nos hablan de “la industria del juego” como si no estuvieran dispuestos a superar ningún espacio de corrupción, como si sobre esos “retornos “se asentara el fundamento del poder político. Dejaron a la luz la corrupción que no comparten mientras como “clase” todos sostienen la que convirtieron en institucional, los retornos de los subsidios.

La dictadura y la guerrilla ocultaron sus crímenes, los políticos sus negociados, y los ciudadanos guardan su dolor, su frustración en el cofre de su escepticismo. Hoy no hay salida, la mediocridad de los candidatos instala la depresión y desde allí no hay destino. Necesitamos un reformador y no un administrativo. Alguien que cuestione los retornos, no uno que los maneje. Hoy no hay un gobierno digno ni una oposición respetable. Por ahora seguirá la decadencia. Mejor asumir la realidad. Necesitamos grandeza, unidad nacional por encima de propuestas partidarias. No es económico ni moral, es ausencia de proyecto y eso solo lo devuelve la política, ausente por ahora. Ellos insisten en que la culpa la tuvo Gelbard, justifican la dictadura, destrucción de la industria a cambio del poder de los bancos. Eligen ser colonia, la patria por ahora esta en el olvido.

 

 

* Para www.infobae.com

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