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Los sótanos de la democracia, en el living del poder

OPINIÓN 10/11/2023 Claudio Jacquelin*
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Los escándalos suelen ser a las campañas electorales como los borrachos a las fiestas de casamiento. Siempre indeseados, casi nunca faltan a la cita para quedar en anécdotas incómodas o terminar arruinándolo todo. El proceso electoral 2023 es la excepción. No por falta de escándalos sino por exceso de embriaguez. Como pocas veces se recuerde la sucesión de hechos bochornosos está siendo tan abundante y vertiginosa como alarmante. Son solo las manifestaciones de un degradado trasfondo estructural. 

Si el gobierno de Alberto Fernández estaba destinado a entrar en la historia por no haber mejorado casi nada de lo que recibió sino, en muchos casos, por haberlo empeorado, empezando por los indicadores económico-sociales, los escándalos que no dejan de estallar en esta campaña acaban de añadirle uno de los que más podría lamentar.

En el discurso de asunción como Presidente, el 10 de diciembre de 2019, ante la Asamblea Legislativa, Fernández dijo: “Nunca más a la oscuridad que quiebra la confianza. ¡Nunca más a los sótanos de la democracia! ¡Nunca más es nunca más!”. Fue el cierre de un largo párrafo dedicado a anunciar la intervención de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) y el fin de los fondos reservados dedicados a tareas de inteligencia.

Como con tantas otras promesas que creyó haber concretado, el 1° de marzo de este año, en su último discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, Fernández afirmó: “Prometí, al asumir la Presidencia, que pondría fin a los sótanos de la democracia. Lo hice. […) no hay escuchas ni intromisiones en la privacidad de ningún ciudadano. El espionaje interno ya no existe. Todos y todas pueden pensar libremente sin temer el acoso del poder estatal”.

El caso Zanchetta, que acaba de estallar, es otra realidad que se empeña en contradecir al (todavía) Presidente. Si de verdad quiso terminar con el oprobio del espionaje ilegal, es demasiado evidente que no supo o no pudo hacerlo. Los sótanos de la democracia están en el living del poder.

Las pruebas y evidencias halladas por el fiscal Gerardo Pollicita y el juez Marcelo Martínez de Giorgi en poder del expolicía y nunca retirado espía Ariel Zanchetta tienen la magnitud de un iceberg que, a medida que se descongela y se profundiza en su inmenso interior, amenaza con inundarlo todo. En primer, lugar al kirchnerismo, en general y a La Cámpora, en particular.

El pedido de detención para Fabián “Conu” Rodríguez por su condición de aparente pieza clave del espionaje de Zanchetta & Co. implica un golpe mayor a un espacio hoy en crisis, que decía venir a renovar y rejuvenecer y restaurar las virtudes de la política. Rodríguez es un dirigente camporista de estrecha relación con el líder y fundacdor de la agrupación, Máximo Kirchner, además de ser es un alto funcionario de la AFIP, con más de una década ocupando cargos relevantes. Too much, podría volver a decir Cristina Kirchner.

Por eso, la magnitud del impacto de este caso puertas adentro del oficialismo es inocultable. Casi tanto como la sorpresa que manifiestan varios oficialistas que trataban con “Conu” y que dicen no haberlo imaginado en esas tareas, aunque sí en otras solo un poco menos opacas. El poder o el secretismo impenetrable de La Cámpora son las únicas explicaciones que los anonadados tienen para justificar su falta de sospecha. Mientras tanto, el candidato presidencial Sergio Massa solo ruega que las esquirlas no lo golpeen demasiado y prefiere aprovechar que figura entre los objetivos del espía para mostrarse ajeno y victimizarse.

De todas maneras, todo lleva a colegir que el impacto no quedará en el espacio donde estalló. Podrían verse anegadas no solo las playas de todo el oficialismo sino hasta algunas costas de la oposición. La diversidad de pertenencia de los espiados, que va desde jueces hasta dirigentes prominentes del oficialismo y la oposición, lleva a suponer a los investigadores que la cartera de clientes del espía es muy amplia y heterogénea.

¿Más escándalos?

No parecía faltar casi nada para esta campaña y nadie se anima a decir todavía que no aparecerán nuevos escándalos antes del domingo de la elección final. Es más, sobran las versiones sobre sorpresas para la última semana. Mientras tanto, para no perder la perspectiva de lo que ha sucedido hasta ahora, vale la pena enumerar al menos los hechos más resonantes ocurridos desde hace apenas dos meses. Entonces, se conoció el caso la mafia de los empleos de la Legislatura (o chocolatinería) bonaerense, tras la detención infranganti del puntero “Chocolate” Rigau.

Después, apareció el MarbellaGate que expuso la irreal vida real de Martín Insaurralde el exjefe de gabinete de Axel Kicillof por imposición de Cristina y Máximo Kirchner. Luego, se instalaron supuestos audios que comprometían a Carlos Melconian, el otrora postulado a ministro de Patricia Bullrich, para completar con el bochorno público que protagonizó el frustrado candidato a primer senador de Javier Milei por la provincia de Buenos Aires, el financista Juan Nápoli.

La gran pregunta es cómo procesará esa catarata tóxica una sociedad tan castigada por la realidad, con tanta demanda insatisfecha a lo largo de más de una década y después de tres gobiernos consecutivos fracasados. Que la velocidad de los acontecimientos desplace uno a otro del centro de la agenda pública obliga a preguntarse si tendrán efecto acumulativos sobre el ánimo social o si se terminarán por neutralizar ante la saturación de las audiencias y el impacto electoral será marginal. Es la gran pregunta que se hacen en los dos campamentos de los postulantes que compiten en el balotaje.

En el massismo, por lo pronto, se ilusionan con que, en primer lugar, el caso Zanchetta no impacte sobre el candidato y que quede encapsulado. Quieren creer que lo liberará a Massa de efectos no deseados haber pateado para adelante el pedido de juicio político a la Corte que está íntimamente ligado con este hecho. El embate contra el máximo tribunal es impulsado por el kirchnerismo con la adhesión de dos diputados massistas.

Si el candidato-ministro consiguiera no quedar manchado, al bachillerato en prestidigitación le sumaría una maestría en escapismo, ya que en su entorno creen que a la larga podría tener algunos efectos benéficos adicionales para él en el mediano plazo. El caso Zanchetta dejaría más debilitado al kirchnerismo, que es aún hoy espacio mayoritario del oficialismo, para habilitarle, si es Presidente, el camino a la construcción de un nuevo ísmo con su apellido. No debería exhibir ese cálculo. Los investigadores y los escépticos suelen poner bajo la lupa a los beneficiarios de un tropiezo ajeno.

Al entorno de Milei el caso del espionaje le da aire en medio de un tránsito hacia la segunda vuelta con demasiados errores no forzados (para ser benévolos), de parte del mismo candidato, de su compañera de fórmula y de su propia tropa, pese a los esfuerzos por ordenar la campaña.

Viejas antinomias

El debate de los candidatos a vicepresidente protagonizado anteanoche por Agustín Rossi y Victoria Villarruel en el que la candidata libertaria volvió quedar atrapada por su negación del terrorismo de Estado y la defensa de condenados por la comisión de delitos de lesa humanidad, permitió reforzar la instalación de la antinomia democracia-antidemocracia y que el oficialismo pueda alimentar su campaña para captar el voto de un radicalismo agraviado en su esencia.

Como se vio en ese debate, el peronismo se cuelga ahora de los democráticos bigotes de Raúl Alfonsín en busca de reinstalar esa antinomia y encontrar un triunfo que el desempeño del actual gobierno y el mayoritario rechazo que genera el kirchnerismo le impediría.

No deja todo de ser una ironía de la historia: Alfonsín con su decisión de llevar a juicio a quienes habían cometido delitos de lesa humanidad debió enfrentar en 1983 a un peronismo que hizo campaña tendiéndole un puente de plata a la dictadura con la promesa de convalidar la autoaministía dictada por los militares. Y, en 2003, el padre fundador del kirchnerismo llegó a negarle al primer presidente de la recuperación democrática su gesta por los derechos humanos realizada en tiempos en que los militares aún conservaban poder. Milei y Villarruel lo lograron.

La campaña reabrió el pasado y terminan enfrentados los dos espacios que se han empeñado en seguir mirando por el espejo retrovisor. Pero eso es solo la expresión más dramática de la actualidad y de esta campaña. La reposición del espionaje ilegal como actor central de la vida política, la vigencia de la corrupción, la degradación de las instituciones, la reinstalación de antinomias que parecían superadas corren a la par de la prolongada crisis económica como manifestaciones de la larga agonía de la Argentina que padece toda la sociedad.

El debate presidencial del domingo próximo será la última gran escala que deberán superar los dos candidatos y todos estos temas estarán sobre la mesa. Desde hace una semana, Milei se prepara para la confrontación. Massa se abocará hoy y mañana a los ensayos. Puede ser crucial. Sobre todo para el libertario, a quien los anteriores choques no beneficiaron y cuando las encuestas no muestran diferencias relevantes. Además todavía quedan muchos indecisos por convencer. Final dramático.

Como afirma un destacado funcionario oficialista, contra la máxima que dice que las elecciones las ganan o las pierden los oficialismos, dada la performance del actual gobierno y los episodios que estallan a cada paso, todo indica que esta elección la ganará o la perderá la oposición. Quedan apenas ocho días para develar el misterio, pero muchos problemas urgentes por resolver y demasiado postergados.

 

 

* Para La Nación 

Ilustración: Alfredo Sabát

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