


La política como ajedrez: el movimiento silencioso que fortalece al Gobierno
OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN
Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política argentina tiene algo de tablero de ajedrez y algo de teatro. A veces los movimientos decisivos no se anuncian con bombos ni con discursos grandilocuentes: se ejecutan en silencio, se insinúan en un cambio de nombres o en una renuncia que parecía inevitable. Y cuando el movimiento finalmente se revela, el tablero ya cambió.
La designación de Juan Bautista Mahiques como nuevo ministro de Justicia puede leerse en esa clave. No como una sorpresa improvisada, sino como el desenlace de una transición que había sido insinuada meses atrás. Mariano Cúneo Libarona ya había dejado trascender, antes incluso de las elecciones de octubre, que su paso por el ministerio tenía fecha de vencimiento. Sin embargo, la decisión de postergar su salida hasta marzo terminó revelando algo más interesante que un simple recambio administrativo: la voluntad de ordenar el frente judicial en un momento especialmente delicado para el Gobierno.
Porque la Justicia, en la Argentina de hoy, no es un ministerio más. Es uno de los campos donde se juega buena parte del poder real.
El Ejecutivo debe decidir sobre centenares de designaciones judiciales pendientes. Al mismo tiempo, se discuten los reemplazos en lugares clave del sistema institucional: vacantes en la Corte Suprema, la conducción del Ministerio Público Fiscal y un sistema judicial que arrastra años de interinatos y cargos sin cubrir. En ese contexto, el nombre del ministro deja de ser un dato protocolar y se convierte en una pieza estratégica.
La llegada de Mahiques parece responder precisamente a esa lógica. Se trata de un dirigente que conoce de cerca el funcionamiento del sistema judicial, con experiencia en distintos niveles institucionales y con vínculos que atraviesan espacios políticos diversos. En un país acostumbrado a los enfrentamientos irreductibles, ese tipo de perfiles suele ser interpretado como ambigüedad. Pero también puede ser visto de otro modo: como una forma pragmática de navegar un ecosistema complejo.
El gobierno de Javier Milei, que irrumpió en la política con un discurso frontal contra la “casta”, enfrenta ahora el desafío más difícil para cualquier administración que llega al poder: transformar la crítica en capacidad de gestión. Y gestionar implica, inevitablemente, lidiar con estructuras que ya existían antes de la llegada del nuevo gobierno.
Desde esa perspectiva, la designación de Mahiques puede interpretarse menos como una concesión al statu quo y más como un reconocimiento de la complejidad del terreno. En un sistema judicial atravesado por equilibrios delicados, la capacidad de interlocución suele ser un activo.
Pero el movimiento tiene también otra lectura política.
El cambio en Justicia expone con claridad el peso creciente de Karina Milei en la arquitectura del poder libertario. Si el triunfo electoral de La Libertad Avanza abrió la puerta del gobierno, la construcción del gabinete posterior muestra hasta qué punto la hermana del Presidente se convirtió en una de las principales arquitectas del esquema político oficialista.
Su influencia ya había sido visible en otras designaciones estratégicas. Y ahora parece consolidarse en un área especialmente sensible como el sistema judicial. En la dinámica interna del gobierno, esto también implica un reordenamiento de fuerzas.
Durante los primeros meses de gestión, el asesor presidencial Santiago Caputo había logrado acumular poder en distintas áreas clave del Estado. El reacomodamiento en Justicia, sin embargo, sugiere un equilibrio más sofisticado dentro del oficialismo. En lugar de una estructura vertical y cerrada, empieza a verse un sistema de contrapesos internos que, lejos de debilitar al Gobierno, puede terminar fortaleciendo su funcionamiento.
La política, al fin y al cabo, siempre es una disputa de influencias. La diferencia es que en este caso esa disputa se está procesando dentro de un gobierno que todavía conserva un capital político considerable.
El oficialismo enfrenta un escenario complejo: una economía en proceso de estabilización, reformas estructurales en marcha y un sistema político que todavía intenta adaptarse a la irrupción libertaria. En ese contexto, cada decisión institucional adquiere un peso mayor.
Por eso la reorganización en el Ministerio de Justicia debe ser interpretada como algo más que un cambio de nombres. Es un movimiento que apunta a ordenar el tablero judicial en una etapa donde el Gobierno necesitará habilidad política para avanzar con sus reformas.
A diferencia de lo que suele ocurrir en la política argentina, donde los cambios de gabinete suelen ser señales de crisis, este recambio parece responder a un proceso planificado. La transición se demoró lo suficiente como para evitar sobresaltos y terminó produciéndose en el momento previsto.
Ese tipo de movimientos discretos suele decir mucho sobre la lógica de poder de una administración. Y en este caso deja una impresión clara: el gobierno de Milei empieza a mostrar una capacidad creciente para combinar su impulso reformista con una dosis de realismo político.
En la Argentina, donde la política suele oscilar entre la épica y el caos, ese equilibrio puede resultar una novedad.












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