Cuando el Estado llega tarde (y empieza a actuar después)

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Por Carlos Zimerman

Otra vez. Siempre otra vez. La escena se repite con una precisión inquietante: primero ocurre la tragedia, después llega la conmoción, y recién entonces aparece el Estado con despliegues, protocolos y anuncios. Como si la gestión pública estuviera condenada a vivir en permanente reacción, corriendo detrás de los hechos en lugar de anticiparlos.

Lo ocurrido en San Cristóbal, con el ataque en una escuela que terminó con la vida de un chico, vuelve a dejar al descubierto una constante argentina que no distingue gobiernos ni épocas: el Estado llega tarde. Siempre con “el diario del lunes”.

Desde hoy, el Gobierno de Santa Fe —encabezado por Maximiliano Pullaro— comenzará a desplegar un abordaje interministerial que incluye contención psicológica, acompañamiento a la comunidad educativa, suspensión de clases, regreso progresivo a las aulas, reuniones con directivos, asistencia a familias y presencia territorial de equipos de salud y desarrollo social. También se sumarán dispositivos de escucha, mesas de diálogo y una articulación con organizaciones civiles para sostener a largo plazo un entramado comunitario.

Todo eso está bien. Todo eso es necesario. Pero también llega después.

“El Estado despliega recursos cuando la tragedia ya ocurrió, pero rara vez logra evitarla”.

Mientras hoy se organizan espacios de contención y se planifica cómo volver a la normalidad, la pregunta inevitable es otra: ¿por qué estas herramientas no estaban antes? ¿Qué falló para que se llegue a este punto? ¿Dónde estuvo el Estado cuando todavía había margen para prevenir?

La respuesta incomoda, pero es evidente: falta organización, pero sobre todo falta capacidad.

“El problema no es la reacción, es la ausencia de prevención”.

En la Argentina, los cargos clave del Estado no siempre son ocupados por los más preparados, sino por los más cercanos. Amiguismos, compromisos políticos, equilibrios partidarios. Una lógica que atraviesa todos los niveles —nacional, provincial y municipal— y que termina debilitando la calidad de las decisiones públicas.

Y cuando quienes deben anticiparse no están a la altura, lo que queda es esto: intervención tardía, despliegue urgente, reconstrucción emocional después del desastre.

“Se gobierna mirando el pasado inmediato, no anticipando el futuro”.

San Cristóbal hoy es el reflejo de ese problema estructural. Hay equipos trabajando, funcionarios presentes, medidas en marcha. Pero también hay una comunidad golpeada que se pregunta —con razón— por qué todo esto empieza recién ahora.

Porque la verdadera deuda no es la falta de reacción, sino la falta de previsión. Y mientras la política no rompa con esa lógica, el Estado seguirá llegando tarde.

Y la Argentina, atrapada en ese ciclo, seguirá sin poder levantar cabeza.

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