Miles de millones de dólares gastados en puentes de tiempo a ninguna parte

ECONOMÍA 27 de junio de 2021 Por Enrique SZEWACH
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En el manual del endeudamiento, los créditos se renuevan, mientras que las deudas, se pagan o se defaultean. Por eso, la mejor estrategia para un deudor consiste en tener créditos y no tener deudas y, cuando se tienen deudas, el óptimo es transformar la deuda en crédito.

La política argentina, en general, pero los gobiernos populistas en particular, ya sea por razones ideológicas, por errores de concepto, o por mala praxis, no siguen las sugerencias del manual, por el contrario, dan vuelta la recomendación, transformando el crédito en deuda.


El gobierno del presidente Fernández heredó deuda y la gestión del ministro Guzmán, en lugar de procurar convertir esa deuda en crédito, se las ingenió para mantenerla en la categoría de deuda y evitó el default… pagando.

En efecto, la demora en cerrar un acuerdo con los tenedores de bonos primero, y con el Fondo Monetario después, nos puso en este camino de postergar y pagar, pagar y postergar.

De todas maneras, si algo se le puede reconocer al ministro, o a su equipo de comunicación, es haber reemplazado la palabra “postergar”, con el más poético concepto de “puente de tiempo”.

Una cuenta a mano alzada, aunque más fehaciente que la que hacía el doctor Ginés con las vacunas, indica que entre los pagos de vencimientos mientras se negociaba el canje de bonos el año pasado, más los pagos que se hicieron y se harán al Fondo Monetario, mientras se negocia un nuevo acuerdo, más el pago a cuenta acordado esta semana con el Club de París, la Argentina terminará pagando por todos estos “puentes” hasta marzo del 2022, no menos de 6.500 millones de dólares que, en el marco de una renegociación en tiempo y forma, hubieran sido, al menos en parte, reservas del Banco Central y hubieran permitido más fondos para importaciones y, por lo tanto, mayor actividad y empleo.

Si estos desembolsos y los que se van a realizar hubieran servido para reducir la tasa de riesgo de la Argentina, permitiendo a las empresas argentinas el acceso al crédito en condiciones razonables, para invertir, retomar el crecimiento y generar trabajo, vaya y pase, pero como mencionara, dado que estos pagos son para mantener la deuda y no para convertirla en crédito, terminan siendo, como muchas obras públicas irracionales, puentes de tiempo hacia la nada.

Es cierto que, en descargo del ministro, la irrupción de la pandemia cambió el escenario inicial, si efectivamente era otro, pero justamente, el COVID 19 daba la “excusa” perfecta para modificar la secuencia original de la renegociación de la deuda. Se hubiera podido, o al menos intentar, obtener un puente de tiempo con el FMI, sin pagos en el medio, hasta que se normalizara la actividad y la situación fiscal, y lo mismo con los acreedores privados. Pero bueno, eso es contrafáctico.

Lo fáctico es que seguimos pagando, mientras esperan que presentemos “un plan sustentable”. Pero ya lo dijo la señora Vicejefa de Gabinete y lo ratificó el Ministro Guzmán: “Plan tenemos, que no sea el que ellos quieren es otra cosa”. Pero si el plan que tiene el Gobierno no es el plan que espera el FMI, y no lo será, marzo del 2022, es lo mismo que junio de 2021.


Y esto me lleva a la segunda noticia de la semana, el descenso de calificación de la Argentina, en el campeonato del mercado de capitales internacional, a la categoría de “país único, excepcional, o fuera de categoría”. Se le atribuye al gran economista Paul Samuelson, hace muchos años, la idea de que había cuatro tipos de países, definidos por su organización económica, los capitalistas, los socialistas, Japón y… la Argentina. Pasaron las décadas, Japón fue perdiendo su condición de excepcionalidad, y la definición de capitalismo y socialismo se fue desdibujando para dar lugar a economías con mayor o menor preponderancia del mercado como asignador de recursos. Todavía quedan resabios de comunismo pleno en países marginales, y en algunos otros un particular capitalismo de Estado, superpuesto con el capitalismo de amigos.

La Argentina, mientras tanto, sigue conservando su condición de país único, como atributo negativo. Único, en este caso, por su marco regulatorio en torno, básicamente a la relación financiera entre sus empresas y el resto del mundo. Y este especial marco regulatorio es, a su vez, una consecuencia de la expropiación directa o indirecta de los dólares que genera el sector privado. Si el Estado argentino tuviera crédito en vez de deuda, no necesitaría expoliar a sus ciudadanos para obtener los recursos financieros para pagar sus compromisos.

Curiosamente, o no tan curiosamente, en el índice de acciones del que ahora nos han expulsado, figuraban tres empresas locales que representan los pilares sobre los que puede construirse el futuro de la Argentina. Energía (YPF), agroindustria (Adecoagro) y economía del conocimiento (Globant). Para estas empresas y para el resto de las empresas argentinas, esta situación les dificultará conseguir financiamiento y nuevos socios, en un mundo en donde la liquidez sobra. En cambio, las empresas multinacionales, las grandes corporaciones, pueden acceder al mercado de capitales a tasas regaladas y destinar un “puñado de dólares” a invertir en la Argentina y desplazar a las compañías locales, condenadas al mercado de capitales interno, dominado por la colocación de deuda pública, para financiar el déficit fiscal.

Y entonces se cierra el círculo, con estas políticas y planes “nuestros” que nos sacan del mundo.

Los defensores de la soberanía y de la burguesía nacional terminan pagando miles de millones de dólares a los acreedores externos y al FMI, y expulsando del mercado de capitales a las empresas argentinas, mientras insisten con un estatismo que sigue construyendo puentes de tiempo al estancamiento y el fracaso.

Fuente: Infobae

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