Constelaciones familiares: Lo que no se cuenta y la veneración de un pro nazi como Bert Hellinger

MIRADAS 21 de septiembre de 2022 Por Agencia de Noticias del Interior
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Las constelaciones familiares están de moda. En internet uno puede encontrar cientos de centros y de personas que las ofrecen para tratar y entender todo tipo de trastornos y dolencias indeterminadas. Incluso algunos psicólogos medianamente serios sorprenden a veces a sus clientes con esta técnica que, cuando se analiza, causa una mezcla de sorpresa y estupefacción. Pese a estar muy extendidas y su análisis ser de interés tanto para psicólogos profesionales como para pensadores críticos ávidos de desentrañar la magufada de turno, resulta que han suscitado poca atención en nuestro entorno. Lo cierto es que no hay prácticamente nada publicado, ni en español ni en inglés, criticando los endebles fundamentos de las constelaciones familiares, pese a que en Alemania, su país de origen, la literatura al respecto es abundante y contundente.

En este texto, quisiera analizar esta práctica. Comenzando por su rocambolesca historia, siguiendo por sus fundamentos, y terminando con los problemas que presenta a niveles científico y ético. Mi intención es que se comience a prestar mayor atención a una práctica pseudoterapéutica bastante despreciable a nivel teórico y que, además, encierra determinados peligros. La práctica de constelaciones familiares, como viene siendo habitual en el surreal mundo de las psicoterapias alternativas, suele campar a sus anchas, sin ninguna regulación u oposición crítica.

La constelación familiar de las constelaciones familiares

La historia de las constelaciones familiares se parece mucho a la de la nueva medicina germánica y están íntimamente relacionadas con la biodescodificación. El tráiler es el de una película mil veces vista: un iluminado sin formación… unas ideas descabelladas sacadas de la manga… problemas legales por todos lados… y un montón de incautos… pronto en los peores cines y centros de chamanismo de su ciudad.

Vayamos al principio. Porque si en el principio de todo Dios creó el cielo y la tierra, en el principio de las constelaciones familiares estaba él: Bert Hellinger, un señor alemán cuyos seguidores gustan presentar como un defensor de la libertad y los derechos humanos desde la infancia. Lo cierto es que, cual jovenzuelo alocado que fue, luchó en el bando nazi en el frente occidental. De hecho, y a la luz de sus poco agudas intervenciones posteriores, ha seguido siendo un poquito nazi hasta la fecha. Durante estos años de aventura, fue apresado por los aliados en Bélgica, donde acabó en un campo de prisioneros de guerra del cual escapó.


Tras su experiencia como combatiente nazi, Bert decidió hacerse cura. Estudió teología, un poquito de filosofía, que es lo que todo buen cura debe saber, y un pelín de pedagogía para poder traer negritos descarriados e impíos al redil del Señor. Y así fue, dado que Bert fue destinado a Sudáfrica para convertir al catolicismo a los zulúes, que por aquel entonces eran unos pecaminosos paganos a los que este señor debía iluminar con el regalo de la civilización occidental y la palabra de Dios. Lo cierto es que, según cuentan las malas lenguas, Bert no fue muy efectivo, y de hecho acabó engullido por el panteísmo de los zulúes, dejando de lado las escrituras bíblicas a cambio de una cosmovisión aún más mística. Quizás fruto de los alucinógenos y trances hipnóticos de los rituales en los que participó, no está del todo claro, el caso es que acabó dejando la orden a la que pertenecía y se volvió a Alemania tras su período de estro africano.

Va a Viena, donde estudia psicoanálisis y se convierte en un fervoroso seguidor de la versión junguiana de esta práctica pseudoterapeutica. Bert viaja también a Estados Unidos, donde asistió a unas dinámicas de grupo llevadas por Ruth McClendon y Les Kadis. Ahí vio nicho de mercado. Un término sacado de Adler -‘constelaciones familiares’-, un poquito de Virginia Satir, algo de psicoanálisis junguiano, principios teóricos totalmente inventados, dinámicas de grupo con un fuerte componente sugestivo, y tachán: habemus pseudoterapia. Hoy en día, se complementa este cóctel con añadidos como los ‘campos mórficos’ de Rupert Sheldrake, algo de memoria celular -no vaya ser que nos quedemos anticuados-, y se llama a las constelaciones con el hiperpomposo nombre de ‘enfoque fenomenológico-sistémico-transgeneracional’.

Los machotes de las cavernas y el origen de todo mal

Como toda teoría alocada, no podía faltar un buen montón de verborrea pseudocientífica. En este caso, lo que encontramos son distorsiones de la historia evolutiva humana, la arqueología y la antropología cultural. La idea básica es que los conflictos no resueltos de nuestros antepasados son transmitidos de generación en generación, ocasionándonos problemas en el presente al ser somatizados bajo la forma de trastornos y enfermedades. En consecuencia, para solucionar y comprender estos problemas, habría que hacer una serie de dinámicas y de ejercicios -habitualmente juegos de rol o representaciones con figuritas o cartas-, para representar a nuestra familia remontándonos varias generaciones en el pasado. Tras un teatrillo sugestivo en el que la gente llora y es sometida, en ocasiones, a ejercicios dignos de Tony Kamo, localizamos el problema que nos afecta. Este problema -por ejemplo, un aborto de nuestra abuela o un duelo mal llevado de nuestro tío- sería el que está ocasionando que nuestro matrimonio no vaya bien o que tengamos depresión o un tumor, y se solucionaría con un poco más de teatro y caras muy serias.

Esta práctica suele ser fundamentada apelando a la organización tribal de los grupos humanos del paleolítico. Esta estructura social, supone Hellinger, estaba basada en fuertes patriarcados donde el hijo mayor era el heredero y el orden social estaba predefinido según el linaje. Este sería el supuesto ‘estado de naturaleza’. Un momento feliz en el que cada cual estaba en su sitio y no había conflicto. Se supone, también, que en este momento histórico los grupos humanos se encontraban completamente aislados unos de otros -lo cual contradice la evidencia arqueológica, que demuestra la existencia de grandes culturas paleolíticas-, hasta la llegada del nefasto neolítico. Aquí los grupos se juntaron, se generaron ciudades, nació la discordia, las ínfulas de querer más y el individualismo. Se rompe así el estado de naturaleza y comienza la tragedia de la que el el constelador nos quiere salvar.

Habría entonces una tensión inherente en nuestras familias. Por un lado, el orden ‘natural’, paleolítico, y, por otro, el modelo de familia actual que nos empuja a romper con la familia-bien, adentrándonos en dinámicas que perturban el orden y generan todo tipo de trastornos, incluso médicos. Como vemos, hay una clara falacia naturalista en la argumentación de Hellinger, un ‘es, luego debe’ de manual. Que la familia paleolítica haya sido así -algo sumamente dudoso, dada la enorme plasticidad de las estructuras sociales humanas- sirve a Hellinger para justificar su concepto rancio de familia y para culpabilizar de sus trastornos y enfermedades a quienes lo transgreden.

La forma de transmisión intergeneracional que postulan se basa en una idea bastante rara, un mecanismo mágico ajeno a la ciencia. Es una especie de telepatía metafísica que hace que los miembros de grupos familiares puedan estar comunicados, compartiendo fines y sentimientos. Estaríamos conectados energéticamente con nuestros familiares y, debido a ello, aunque ni nosotros ni nadie de la familia sepa nada, ese aborto de nuestra abuela cuando tenía 21 años nos podría estar perturbando. De este punto nace el vínculo de las constelaciones con las ideas de Sheldrake y la memoria celular -recordemos que lo único que la evidencia avala como ‘memoria celular’ es el proceso de diferenciación celular en culturas histológicas, que hace que algunas de las copias generadas en la mitosis tengan ciertos factores de transcripción que hacen que expresen genes que sus clones no expresan; un fenómeno muy estudiado en cultivos celulares y embriología, que nada tiene que ver con memorias de antepasados y mucho con la especialización celular.

La concepción que sostiene Hellinger de la familia ideal es digna de Juego de Tronos. De hecho, le falta decir que el segundo hijo ha de ir a la guerra, el tercero ser monje y las hijas guardar su flor para arreglos familiares. Partiendo de esta noción medieval de la familia, desarrolla unos principios que, se supone, deben determinar lo que está bien y lo que está mal en las relaciones de parentesco. Por ejemplo, que quien lleva más tiempo tiene prioridad; que el padre ha de ser el cabeza de familia y llevar las riendas; que no estar en el sitio adecuado de la jerarquía familiar debilita a todo el conjunto; o que todos deben supeditar sus intereses al interés del grupo, incluso a costa de sacrificarse o sacrificar a otros. De este modo, los individuos arrogan, compensan y expían a sus familiares, ya sean actuales o antepasados, de forma consciente o inconsciente.

Mujeres culpables, criminales de guerra y un montón de juicios

Las constelaciones familiares de Hellinger se han puesto de moda en todo el mundo y son llevadas a cabo por personas no cualificadas para trabajar en contextos sanitarios, no colegiadas y, por ello, no regidas por ningún código deontológico ni supervisadas por ninguna institución. Ello conlleva que no exista protección el consumidor de esta muy supuesta psicoterapia, ya que no debemos olvidar que, al fin y al cabo, el terapeuta está ofreciendo un producto bajo la forma de acto médico. Hay que recordar que ya el propio gurú, Hellinger, no tuvo ninguna formación sanitaria, pese a lo cual gestiona un centro donde trata a cientos de personas y pontifica impunemente.

Si bien es cierto que muchas de las personas que realizan constelaciones familiares indican que, como terapia, únicamente es aplicable a personas sanas con dolencias indeterminadas -en cuyo caso no es lícito el empleo del término ‘terapia’-, muchos de ellos se lanzan a tratan dolencias graves. No solo depresión, sino como complemento a la quimioterapia y como forma de ‘entender’ el cáncer. Incluso como tratamiento para la anorexia. En el caso de la anorexia, por ejemplo, las explicaciones van desde que la chica somatiza el hambre pasado por sus ancestros, hasta que desarrolla este trastorno alimenticio porque quiere salvar a un familiar que tendrá una enfermedad que ella ya percibe inconscientemente.

Las constelaciones familiares no han estado exentas de polémica y de problemas legales. Hellinger es conocido en Alemania por su exculpación de Hitler -varios de sus pupilos neonazis han seguido su estela, con libros como Almas Confundidas. Y es que las constelaciones familiares basan su gran éxito, al fin y al cabo, en la descarga total de responsabilidades del individuo: nadie es culpable de sus problemas. ¿Tiene cáncer de pulmón? No es por fumar desaforadamente, es porque sus abuelos tuvieron una separación desagradable. ¿No encuentra pareja? No es que esté haciendo algo mal, es que está usted expiando un fracaso amoroso de la juventud de su madre. La postura de Hellinger es que Hitler no era una mala persona, sino una víctima de su constelación familiar.

Las constelaciones familiares consideran la homosexualidad como una enfermedad causada por algún problema familiar no cerrado, estigmatizando un rasgo no patológico de la personalidad, como el sentirse atraído sexualmente por personas del mismo sexo. Por si fuera poco, otro de los principales problemas es la enorme carga de misoginia y machismo que presentan. En las terapias de pareja con constelaciones familiares casi siempre es ella la que está haciendo las cosas mal. Un ejemplo extremo lo encontramos en la forma en la que se caracterizan los abusos sexuales de un padre a su hija. Leamos al propio Hellinger en uno de sus fragmentos más perturbadores:

“Si usted se ha confrontado con una situación de incesto, una muy común dinámica es que la mujer no ha cumplido con su marido, ella rechaza mantener relaciones sexuales. Luego, como compensación, la hija toma su lugar… Como ve, en el incesto, hay dos perpetradores, uno en la sombra y uno al descubierto. No puede resolver el problema a menos que salga a relucir el perpetrador escondido… La hija dice a su madre ‘Lo hice por ti’. Y ella puede decir a su padre ‘Lo hice por mamá’… Si quiere pararlo, esta es la mejor manera, sin acusaciones. Si se lleva el perpetrador a la justicia, la víctima expiará por lo que se le ha hecho al perpetrador. «

Y así es como las constelaciones familiares exculpan a un padre que abusa sexualmente de su hija, cargando la culpa en la madre -caracterizada como una mala esposa frígida. La situación no pasaría, como sería lógico, por llevar al violador ante un tribunal, sino llevando a la víctima a asumir que “ella lo hizo”, cargando en ella la culpa y, de paso, humillándola.

Es tan todo tan extremo, que la terapia para estos casos implica un juego de rol público en el que alguien personifica al violador. La víctima ha de arrodillarse, darle las gracias a su agresor por haber podido vivir esa experiencia con él, y pedirle perdón por haberlo culpabilizado. La escritora Elisabeth Reutter, que sufrió abusos en su infancia, cuenta que cuando fue sometida a esta performance sintió que estaba siendo despojada de los últimos retazos de su dignidad humana -en palabras de Hellinger: «El perpetrador debe recibir el ‘debido respeto’ antes que la víctima pueda establecer relación con otro alguien».

Las personas que se han sentido ultrajadas por las performances de las constelaciones familiares, al haber sido sugestionadas a hacer cosas que han atentado contra su dignidad, se cuentan por miles. Hay una buena cantidad de sentencias judiciales, especialmente en Alemania, donde todo esto se lo están tomando muy en serio. Incluso existen casos documentados de suicidios gracias a la nula experiencia sanitaria de aquellos que juegan de este modo con la mente y los problemas de las personas.

Algunos comentarios finales

Recordemos el punto 18 del código deontológico de los psicólogos: “Sin perjuicio de la legítima diversidad de teorías, escuelas y métodos, el/la Psicólogo/a no utilizará medios o procedimientos que no se hallen suficientemente contrastados, dentro de los límites del conocimiento científico vigente. En el caso de investigaciones para poner a prueba técnicas o instrumentos nuevos, todavía no contrastados, lo hará saber así a sus clientes antes de su utilización.”

Las constelaciones familiares no han sido nunca, bajo ningún protocolo experimental serio, contrastadas como una terapia para nada. Tampoco como una actividad que vaya más allá de una masturbación mental basada en ideas peregrinas de un señor sin formación sanitaria que, además, pueden ser contraproducentes e incluso humillantes. Por esa razón, ningún psicólogo colegiado puede emplearlas en consulta. Ello constituiría una violación del código deontológico por el que se rige su profesión, y causa de proceso ante la comisión deontológica del colegio. Puede ser causa, incluso, de retiro de la colegiatura, quedándose así excluido de ejercer legalmente en contextos sanitarios.

Las constelaciones familiares no tienen aval científico. No curan nada. Son desagradables. Son el resultado de un adoctrinamiento de tipo sectario formado alrededor de un gurú. Perpetúan una visión familiar y social reaccionaria. Y su uso no e rige por los estándares éticos pertinentes. Así que mucho cuidado. Si la persona con la que está haciendo terapia para solventar algún problema le propone este tipo de práctica, no dude en abandonar la consulta y ponerse en manos de un profesional de verdad: está usted ante un estafador.

Por Angelo Fasce

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