

La imaginación no sería solo patrimonio humano: un bonobo pone en jaque viejas teorías
CIENCIA Agencia de Noticias del Interior
- La investigación experimental indica que los simios pueden representar objetos imaginarios.
- Kanzi distinguió entre jugo real y jugo simulado en pruebas controladas.
- El estudio aporta evidencia sólida que respalda observaciones previas anecdóticas.
- El hallazgo cuestiona la idea de que el juego simbólico sea exclusivo del ser humano.
- Aún se requieren más investigaciones para generalizar los resultados a otros simios.
- El trabajo reabre el debate sobre el origen evolutivo de la imaginación y la cognición.
Durante décadas, el juego de simulación —esa capacidad de fingir situaciones inexistentes, como servir una taza de té imaginaria o vender productos en una tienda ficticia— fue considerado un rasgo distintivo de la mente humana. Sin embargo, una investigación reciente sugiere que esta habilidad podría tener raíces evolutivas más profundas. Un estudio experimental con un bonobo llamado Kanzi aporta evidencia de que los simios también pueden representar objetos y situaciones inexistentes de manera consciente.
El trabajo, desarrollado por investigadores de la Universidad Johns Hopkins, buscó ir más allá de las observaciones anecdóticas que durante años alimentaron el debate. En distintas ocasiones, chimpancés habían sido vistos arrastrando bloques imaginarios o cargando palos como si fueran crías, conductas que evocaban juegos simbólicos. No obstante, esas escenas podían interpretarse como simples repeticiones de comportamientos aprendidos o respuestas a estímulos previos.
Para despejar esas dudas, los científicos diseñaron experimentos controlados que permitieran distinguir entre confusión, imitación y auténtica representación mental. Kanzi, un bonobo de 43 años con amplio entrenamiento en comunicación simbólica, fue sometido a tres pruebas en las que debía identificar la ubicación de jugo o uvas imaginarias.
En la primera fase, el animal demostró que podía distinguir sin error entre una botella con jugo real y otra vacía. Luego, los investigadores realizaron una simulación: fingieron verter jugo inexistente en dos vasos transparentes y posteriormente “retiraron” el líquido imaginario de uno de ellos. Ante la pregunta “¿Dónde está el jugo?”, Kanzi eligió correctamente el vaso que supuestamente lo contenía en un porcentaje significativamente superior al azar.
Para descartar que creyera en la existencia real del líquido, se le presentó una nueva elección entre un vaso con jugo verdadero y otro vacío con jugo imaginario. En la mayoría de los ensayos, optó por el contenido real, lo que sugiere que comprendía la diferencia entre lo tangible y lo simulado. Una tercera prueba replicó el esquema utilizando una uva ficticia, con resultados similares.
Los investigadores concluyeron que la capacidad de representar objetos ausentes —un componente central del juego simbólico— no sería exclusiva de los humanos. El caso de Kanzi aporta respaldo experimental a una hipótesis que hasta ahora se apoyaba principalmente en relatos observacionales.
El bonobo no era un sujeto común. A lo largo de su vida participó en múltiples investigaciones cognitivas y desarrolló una notable habilidad para comprender indicaciones verbales y comunicarse mediante un sistema de lexigramas compuesto por cientos de símbolos. Esa singularidad plantea una pregunta inevitable: ¿se trata de una capacidad extendida entre los simios o de una aptitud excepcional?
Especialistas en comportamiento primate advierten que será necesario ampliar las pruebas a otros individuos y especies antes de generalizar conclusiones. Sin embargo, el hallazgo reabre un debate más amplio sobre la evolución de la mente. Si los simios pueden participar en juegos de simulación, aunque sea en formas distintas a las humanas, entonces la raíz de la imaginación podría remontarse a un ancestro común.
La cuestión no es menor. El juego simbólico está vinculado al desarrollo del lenguaje, la planificación y la creatividad. Entender cuándo y cómo surgió ayuda a reconstruir el proceso evolutivo que desembocó en la cultura humana. Al mismo tiempo, obliga a revisar supuestos sobre la supuesta excepcionalidad cognitiva de nuestra especie.
Lejos de reducir la imaginación de los simios a una versión incompleta de la humana, algunos investigadores sugieren que podría tratarse de una manifestación diferente de una capacidad compartida. La mente de un bonobo no replica la de un niño, pero eso no implica ausencia de complejidad.
El caso de Kanzi, fallecido en marzo, deja así una huella que trasciende su propia historia. Más que una curiosidad experimental, su desempeño invita a reconsiderar los límites entre lo humano y lo animal, y a reconocer que la imaginación podría no haber nacido exclusivamente en nuestra especie, sino formar parte de un legado evolutivo más antiguo de lo que se creía.





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