Argentina nunca jugó la final: un planteo inexplicable, una actuación para el olvido y una España campeona con absoluta justicia

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No duele perder una final. Lo que duele es no haberla jugado.

Argentina cayó 1 a 0 ante España en la final del Mundial 2026 y, aunque el resultado fue ajustado, el desarrollo del partido mostró una diferencia futbolística mucho mayor que la que reflejó el marcador. El gol de Ferran Torres, a los 106 minutos del tiempo suplementario, terminó haciendo justicia con lo que se había visto durante casi todo el encuentro.

España fue superior desde el primer minuto hasta el último. Dominó la posesión, manejó el ritmo del partido, presionó alto, recuperó rápido la pelota y generó prácticamente todas las situaciones de riesgo. Argentina, en cambio, nunca encontró respuestas.

El dato resulta contundente. La selección española remató mucho más al arco y controló el desarrollo del partido durante casi todo el encuentro. Si la final llegó con vida hasta el alargue fue, fundamentalmente, por las intervenciones de Emiliano Martínez y por la falta de eficacia española para liquidarla mucho antes.

Cuesta encontrar antecedentes de una final mundialista en la que una selección  haya mostrado tan poco juego, tan pocas ideas y una capacidad ofensiva tan limitada.

El planteo del cuerpo técnico resultó desacertado desde el minuto cero. Y una de las decisiones más difíciles de comprender fue dejar a Leandro Paredes fuera del equipo titular. En un partido donde Argentina necesitaba alguien capaz de darle pausa, claridad y el primer pase limpio al equipo, esa ausencia terminó pesando demasiado. España dominó el mediocampo sin encontrar resistencia y la Selección nunca tuvo un futbolista que ordenara la salida ni que conectara las líneas.

España hizo exactamente el partido que quería jugar y Argentina aceptó ese libreto sin ofrecer nunca una alternativa distinta. Nunca logró presionar arriba, nunca pudo controlar el mediocampo y jamás encontró sociedades para salir jugando. Se respetó demasiado al rival, casi al punto de jugar condicionado por sus virtudes en lugar de imponer las propias.

Y cuando eso ocurre, inevitablemente aparece otra consecuencia.

Lionel Messi prácticamente no tuvo gravitación.

No porque haya dejado de ser el extraordinario futbolista que es, sino porque la pelota casi nunca le llegó en condiciones para marcar diferencias. Durante largos pasajes fue un futbolista completamente aislado, sin abastecimiento y obligado a retroceder demasiados metros para entrar en contacto con el balón. Nunca fue asistido como un jugador de su categoría necesita ser asistido. Un futbolista como Messi vive del contacto permanente con la pelota y de los movimientos de sus compañeros. Argentina nunca logró ofrecerle ninguna de esas dos cosas.

Messi terminó siendo un espectador de una final que necesitaba de su talento, pero que tácticamente nunca le permitió participar.

España nunca se lo permitió.

También resultó evidente que varios futbolistas argentinos llegaron literalmente destruidos desde lo físico. El desgaste era visible. Había piernas pesadas, poca intensidad y escasa capacidad para sostener los duelos individuales. Sin embargo, ese dato tampoco alcanza para explicar semejante diferencia futbolística.

Y aquí conviene desterrar una excusa antes de que se instale.

No sirve argumentar que Argentina dejó todo en la semifinal frente a Inglaterra. España también llegó a la final después de disputar una semifinal durísima ante Francia, de enorme exigencia física y futbolística. Los dos equipos atravesaron el mismo desgaste. No hay ninguna excusa posible. La diferencia estuvo en que España llegó con una idea clara, la sostuvo durante 120 minutos y ejecutó su plan con absoluta convicción. Argentina nunca encontró el suyo.

Paradójicamente, el resultado terminó siendo mucho más decoroso que el rendimiento argentino.

El 1 a 0 deja la sensación de un partido equilibrado. No lo fue.

España perdonó una y otra vez a un rival que jamás reaccionó y que sobrevivió gracias a su arquero. Recién sobre el cierre apareció esa última pelota que Giuliano Simeone estuvo cerca de convertir en el empate. Habría sido un premio excesivo para un equipo que nunca logró estar a la altura de una final del mundo.

Por eso nadie puede discutir la legitimidad del campeón.

España ganó porque fue mejor durante todo el torneo y porque también fue ampliamente superior en la final. Mereció levantar la Copa del Mundo.

Ahora comienza otro debate.

¿Fue simplemente un mal partido o estamos frente al final de uno de los ciclos más exitosos de la historia de la Selección Argentina?

Este grupo quedará para siempre en la memoria por la Copa América, la Finalissima, el Mundial de Qatar y por haber llevado nuevamente a Argentina a una final del mundo. Ese legado permanece intacto.

Pero el reconocimiento por todo lo conseguido no puede impedir la autocrítica. Argentina jugó muy mal. El planteo táctico no funcionó, las decisiones iniciales fueron equivocadas, el equipo nunca encontró respuestas y terminó respetando al rival mucho más de lo que una selección campeona del mundo puede permitirse.

Sin embargo, el fútbol obliga a mirar hacia adelante.

Habrá que analizar si este plantel necesita una renovación, si algunos históricos cumplieron su ciclo y si el cuerpo técnico deberá replantear ideas de cara al próximo proceso.

Las grandes selecciones no se destruyen después de perder una final.

Las grandes selecciones tienen la grandeza de reconocer cuando fueron claramente superadas, hacen autocrítica y se reinventan. Ese será, probablemente, el desafío más importante que comienza desde hoy para la Selección Argentina.

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