


Cuando se termina la fiesta del Estado, los empresarios protegidos empiezan a llorar
OPINIÓN Por Carlos Zimerman
El presidente de Fisfe, Javier Martín.
Durante décadas, buena parte del empresariado argentino aprendió a moverse con la comodidad de la penumbra. Subsidios generosos, protecciones eternas, mercados cautivos y un Estado siempre dispuesto a acudir al rescate cuando las cuentas no cerraban. Un capitalismo sin riesgo, donde las ganancias eran privadas y las pérdidas siempre terminaban socializándose.
Por eso no debería sorprender demasiado el coro de quejas que en los últimos días salió desde Santa Fe, donde los representantes de la industria y el comercio decidieron levantar la voz contra el rumbo económico del presidente Javier Milei. Lo curioso no es que hablen. Lo llamativo es que lo hagan sin siquiera ponerse colorados.
El presidente de la Federación Industrial de Santa Fe (FISFE), Javier Martín, y el titular de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), Ricardo Diab, ofrecieron una conferencia conjunta para advertir que el modelo económico actual “va a dejar a mucha gente afuera”. Según señalaron, en la provincia ya se perdieron 2.200 empresas y unos 15.000 puestos de trabajo en los últimos dos años, con niveles de capacidad instalada que rondan apenas el 50%.
La escena es conocida: empresarios preocupados, estadísticas en la mano y el inevitable pedido de una “política industrial” que, traducido al castellano real, suele significar más protecciones, más regulaciones, más subsidios y más privilegios sectoriales.
Lo que nunca aparece en ese discurso es la autocrítica.
Porque muchos de esos mismos industriales que hoy advierten sobre la “apertura indiscriminada” fueron los que durante años convivieron cómodamente con un sistema de costos inflados, baja competitividad y mercados cerrados donde el consumidor argentino pagaba productos más caros y de menor calidad. Un modelo que protegía fábricas, sí, pero también protegía ineficiencias.
Tampoco suele mencionarse que, en no pocos casos, parte de ese empresariado es experto en el arte de la doble contabilidad: reclamar Estado cuando conviene, pero olvidarse del Estado cuando llega la hora de pagar impuestos o registrar trabajadores.
En la jerga popular hay un término que los define con precisión quirúrgica: “murciélagos”. Aquellos que cuando hay que poner el hombro desaparecen, pero cuando hay subsidios o beneficios son los primeros en la fila.
Hoy el problema es que el tablero cambió.
La política económica de Milei —con todos los costos que implica una cirugía mayor— busca desmontar un sistema que dejó a la Argentina al borde del colapso. Un país con inflación de tres dígitos, reservas vacías, déficit crónico y una estructura productiva sostenida artificialmente por el respirador del gasto público.
Cuando este gobierno asumió, la Argentina estaba en terapia intensiva. Literalmente. Hoy el paciente sigue débil, pero al menos salió del respirador.
Ese es el dato central que algunos prefieren ignorar.
La estabilización macroeconómica, el orden fiscal y la apertura gradual de la economía no son un capricho ideológico: son las únicas herramientas posibles para reconstruir un país que durante décadas vivió por encima de sus posibilidades.
Por supuesto que el proceso genera tensiones. Y por supuesto que habrá sectores que deberán adaptarse. Eso ocurre en cualquier economía del mundo donde la competencia deja de ser una mala palabra.
El problema aparece cuando quienes durante años hicieron negocios al calor de un sistema cerrado pretenden seguir jugando con las reglas del pasado.
El propio Martín sostuvo que “Argentina no puede producir todo, pero tampoco puede importar todo”. La frase suena razonable. Lo que no dice es que durante décadas muchos sectores industriales vivieron produciendo poco, caro y protegido.
Mientras tanto, el consumidor argentino —ese que siempre queda fuera de las conferencias empresariales— pagaba la cuenta.
Ricardo Diab, desde el comercio, graficó el deterioro del consumo al señalar que hay personas que compran alimentos en cuotas. La imagen es fuerte, pero también es el resultado de años de inflación crónica que pulverizó el salario real mucho antes de que apareciera el actual gobierno.
La Argentina no llegó a esta crisis por culpa de una apertura comercial reciente. Llegó por décadas de populismo económico, gasto sin control y un entramado de privilegios donde cada corporación defendía su propio kiosco.
Ahora el país intenta salir de ese laberinto.
Y salir de ese laberinto implica algo que muchos sectores todavía no terminan de aceptar: competir.
Competir en precio. Competir en calidad. Competir en eficiencia.
Sí, eso puede significar menores márgenes de ganancia para algunos. Pero también significa algo mucho más importante para el país: dejar atrás un modelo agotado.
Por eso, cuando algunos dirigentes empresariales hablan del riesgo de que “quede gente afuera”, conviene recordar una verdad incómoda: con el viejo modelo ya había millones de argentinos afuera. Afuera del empleo formal, afuera del consumo, afuera del futuro.
La Argentina de Milei intenta cambiar ese paradigma.
Y claro, cuando se enciende la luz, los murciélagos empiezan a quejarse.












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