




Lo ocurrido en San Cristóbal conmueve al país entero. Lo que pudo haber sido una masacre terminó, lamentablemente, con la vida de un estudiante. Un desenlace que expone con crudeza una verdad incómoda: las señales estuvieron, pero nadie las escuchó a tiempo.
El agresor venía manifestando conductas que debieron encender todas —absolutamente todas— las alarmas. No se trató de un hecho repentino ni imprevisible. Existían antecedentes claros: episodios de autolesión, un contexto familiar complejo y actitudes que, en cualquier sistema de prevención que funcione, deberían haber activado protocolos de intervención inmediata. Sin embargo, nada de eso ocurrió.
Resulta imposible no señalar la responsabilidad de los dispositivos institucionales que, en teoría, están diseñados para evitar este tipo de tragedias. Existen equipos interdisciplinarios donde confluyen docentes y profesionales de la salud, estructuras que demandan recursos millonarios del Estado. Pero en este caso, como en tantos otros, fallaron. Nadie advirtió, nadie actuó, o nadie quiso ver lo evidente.
El problema no es la ausencia de herramientas, sino su ineficacia. El Estado invierte cifras millonarias en programas que, a la hora de la verdad, demuestran ser insuficientes o directamente inútiles. Cuando llega el momento de ejercer la potestad que le corresponde —intervenir, contener, prevenir—, el sistema colapsa. Y las consecuencias son irreversibles.
La vida del estudiante asesinado no se recupera. No hay política pública que pueda reparar esa pérdida. Pero sí debería existir una reacción inmediata y contundente para evitar que algo así vuelva a suceder. Porque cuando las alertas se ignoran, el desenlace deja de ser una sorpresa para convertirse en una tragedia anunciada.
Lo ocurrido en San Cristóbal debe marcar un antes y un después. No alcanza con la conmoción ni con los discursos. Es imprescindible que el Estado revise, corrija y haga funcionar los mecanismos que hoy claramente no están dando respuestas. Porque cuando el sistema falla, el costo se mide en vidas.
Y esta vez, ese costo fue demasiado alto.











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