El poder silencioso de Karina Milei

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay una escena que define mejor que cualquier encuesta el momento político que atraviesa el oficialismo. Ocurrió lejos del recinto, de los discursos grandilocuentes y de la retórica antisistema con la que nació el fenómeno libertario. Sucedió en un restaurante elegante de la Ciudad de Buenos Aires, alrededor de una mesa cuidadosamente armada, donde diputados nacionales de La Libertad Avanza escuchaban atentamente a Karina Milei como si se tratara de una jefa partidaria clásica. Y, en rigor, eso es exactamente lo que ya es.

Mientras el presidente Javier Milei continúa ocupando el centro emocional del experimento libertario, su hermana se convirtió silenciosamente en la arquitecta del poder territorial. No organiza solamente la estrategia parlamentaria. Define jerarquías, reparte bendiciones, administra castigos y, sobre todo, empieza a decidir quién tendrá futuro político dentro del oficialismo y quién quedará al margen de la construcción.

La política argentina tiene una larga tradición de líderes que hablan contra “la casta” mientras terminan reproduciendo sus mecanismos más tradicionales. La novedad libertaria no escapó a esa regla. Apenas cambió la estética. Donde antes había cenas reservadas en Puerto Madero ahora hay encuentros minimalistas con sushi. Donde antes se hablaba de “rosca”, ahora se habla de “estrategia”. El fondo, sin embargo, es extraordinariamente parecido.

La reunión de diputados libertarios de esta semana dejó varias conclusiones. La primera es que el oficialismo ya ingresó de lleno en clima electoral, aunque todavía falte tiempo para los próximos comicios. La segunda es que los legisladores comenzaron una carrera silenciosa por posicionarse en sus provincias. Y la tercera, probablemente la más importante, es que todos entienden que el verdadero poder interno pasa por Karina Milei.

Ese fenómeno explica la ansiedad que empieza a verse dentro del bloque oficialista. Diputados que hasta hace poco eran figuras desconocidas comenzaron a organizar foros, almuerzos, recorridas y actos en sus distritos con una velocidad llamativa. No lo hacen únicamente para construir volumen político local. Lo hacen porque perciben que llegó el momento de mostrarse útiles ante la conducción.

En el norte aparece el caso de Carlos Zapata, que busca fortalecer su perfil provincial mientras deja trascender aspiraciones mayores. En el extremo sur emerge Jairo Guzmán, que ya trabaja abiertamente en un armado territorial pensando en la gobernación santacruceña. Ambos representan algo más profundo que simples movimientos individuales: son síntomas de un oficialismo que empezó a institucionalizar la competencia interna.

Eso suele ocurrir cuando un espacio político comprende que tiene posibilidades reales de permanencia. El mileísmo ya no se percibe a sí mismo como una anomalía transitoria. Empieza a comportarse como un poder que imagina continuidad. Y cuando la continuidad entra en escena, aparecen inevitablemente las disputas por la sucesión, por las candidaturas y por los territorios.

La paradoja es evidente. Un movimiento que construyó buena parte de su identidad denunciando los privilegios de la política empieza ahora a parecerse peligrosamente a cualquier estructura tradicional del poder argentino. Los encuentros partidarios se mezclan con viajes, agendas personales, posicionamientos provinciales y actividades que combinan militancia con construcción de imagen. La lógica del armado reemplazó definitivamente a la lógica de la rebelión.

Tal vez sea inevitable. Gobernar exige administrar intereses. Y administrar intereses obliga a construir organización política. Pero el riesgo para el oficialismo es otro: que la profesionalización acelerada termine diluyendo la identidad antisistema que le permitió conquistar amplios sectores sociales cansados de las viejas prácticas.

En ese punto aparece otra tensión subterránea dentro del universo libertario. Muchos dirigentes empiezan a comprender que el acceso a las candidaturas dependerá menos de la visibilidad pública que de la cercanía con el núcleo íntimo presidencial. Dicho de otra manera: no alcanza con medir bien. Hay que ser parte del círculo de confianza.

Ese método concentra todavía más poder en Karina Milei. La secretaria general ya no actúa solamente como una administradora política. Funciona como filtro de legitimidad interna. Hay legisladores que interpretan cada gesto suyo como una señal de ascenso o de caída. Y eso explica el movimiento frenético de muchos dirigentes libertarios en las provincias.

El problema es que las carreras prematuras suelen generar efectos colaterales. La ansiedad electoral puede empezar a competir con la gestión. Algunos diputados parecen más concentrados en instalarse territorialmente que en sostener el trabajo parlamentario que el Gobierno necesita para aprobar reformas sensibles. El oficialismo enfrenta así una contradicción delicada: mientras intenta ordenar una agenda legislativa compleja, sus propios dirigentes comienzan a mirar cada vez más el calendario electoral.

A eso se suma otro elemento que inquieta en la Casa Rosada: el riesgo de fragmentación futura. La historia argentina está llena de oficialismos que parecían compactos mientras el poder crecía y comenzaron a fracturarse cuando aparecieron las primeras disputas por liderazgos. El mileísmo todavía conserva cohesión porque la autoridad presidencial sigue siendo indiscutida. Pero debajo de esa superficie ya empiezan a verse movimientos de acumulación individual.

Nadie lo admitirá públicamente, aunque muchos lo saben. La verdadera interna libertaria todavía no empezó. Apenas se están acomodando las piezas. Lo que hoy parece una sucesión de cenas, foros y recorridas provinciales es, en realidad, el prólogo de una competencia mucho más profunda por el control político del futuro.

Y en esa disputa silenciosa, todos miran hacia el mismo lugar: el despacho donde Karina Milei administra el poder con una eficacia que, paradójicamente, se parece demasiado a la vieja política que el mileísmo prometió reemplazar.

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