



Hay una diferencia enorme entre administrar una ciudad y convertir a los contribuyentes en la única caja de la que siempre se puede sacar dinero. Leonardo Viotti parece haber elegido el camino más sencillo: cada vez que las cuentas no cierran, la respuesta es la misma, aumentar impuestos.
Eso no es gobernar. Eso es trasladar la incapacidad de gestionar al bolsillo de los vecinos.
Desde que asumió la Intendencia hace apenas dos años y medio, los tributos municipales ya acumulan incrementos cercanos al 400%. Una cifra que habla por sí sola. Lo preocupante es que, lejos de reconocer que la presión fiscal llegó a un límite, el Ejecutivo vuelve a insistir con otro aumento del 40%, como si los comerciantes, las pequeñas empresas, los profesionales y los trabajadores fueran una fuente inagotable de recursos.
Viotti parece vivir en una realidad paralela.
Mientras el país atraviesa un proceso de fuerte desaceleración inflacionaria y la economía comienza lentamente a encontrar estabilidad, en Rafaela la receta sigue siendo la misma: cobrar más.
Pero gobernar no consiste en recaudar cada vez más. Gobernar exige creatividad, planificación, capacidad de gestión y, sobre todo, respeto por quienes pagan los impuestos.
Los recursos genuinos no nacen de meter permanentemente la mano en el bolsillo del contribuyente. Nacen de atraer inversiones, de generar desarrollo, de administrar con eficiencia, de eliminar gastos innecesarios y de hacer mucho más austera la estructura del Estado municipal.
Porque si realmente el problema es económico, la primera pregunta debería ser otra: ¿qué hizo el Municipio para reducir el gasto político?
Todavía hay funcionarios que perciben salarios muy elevados y cuya utilidad concreta para la ciudad sigue siendo una incógnita. Un caso que merece ser explicado es el de Fernando Muriel. Y no es el único.
La lista puede ampliarse.
Si el intendente lo considera necesario, el debate puede darse públicamente. Con números sobre la mesa. Con funciones claramente definidas. Con resultados medibles. Porque antes de pedirle otro esfuerzo al vecino, la Municipalidad tiene la obligación moral de demostrar que hizo todo lo posible para ordenar sus propias cuentas.
También hay otra cuestión que no puede pasarse por alto.
En la campaña electoral, Viotti habló de una ciudad moderna, eficiente y cercana a la gente. Nunca dijo que su principal herramienta de gobierno sería aumentar impuestos una y otra vez.
Los ciudadanos votaron un proyecto político, no un festival permanente de incrementos tributarios.
Quien aspira a conducir una ciudad debe prepararse para hacerlo. Debe capacitarse, rodearse de los mejores equipos y entender que administrar recursos públicos implica tomar decisiones difíciles, no elegir siempre el camino más fácil.
Porque aumentar impuestos es lo más simple.
Lo difícil es administrar bien.
Lo difícil es eliminar privilegios.
Lo difícil es reducir gastos superfluos.
Lo difícil es generar confianza para que lleguen inversiones y crezca la actividad económica.
Eso es gestionar.
Lo otro es simplemente recaudar.
Viotti todavía está a tiempo de cambiar el rumbo. Pero debe comprender algo esencial: una ciudad no se gobierna asfixiando a quienes trabajan, producen y pagan sus obligaciones.
Cuando el Estado solo sabe pedir más dinero, lo que demuestra no es fortaleza, sino falta de imaginación.
Y cuando la única respuesta frente a cada problema es crear o aumentar impuestos, lo que queda en evidencia no es capacidad de gestión, sino mediocridad política.
Porque gobernar para la gente significa aliviarle la vida, no complicársela cada vez más.
Y gobernar aumentando impuestos mientras existen gastos políticos que pueden recortarse no es administrar una ciudad.
Es hacer politiquería.








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