¿Qué hay detrás del conflicto con Chile y hasta dónde puede escalar?

INTERNACIONALES 04 de septiembre de 2021 Por Ricardo ROMANO
RWITPQWCJJDK5N6LWP7OYUBVIE

Lo primero que cabe decir es que esta reactivación de una conflictividad en torno a límites entre Argentina y Chile que estaban resueltos gracias al accionar constructivo de administraciones anteriores a ambos lados de la Cordillera es particularmente inquietante porque tiene como trasfondo una sistematicidad en la devaluación de la defensa de nuestra soberanía por parte de diferentes actores.

Hace poco hubo declaraciones inaceptables de políticos mendocinos en favor de una posible secesión provincial, que luego fueron sucedidas por la propuesta de una referente de la oposición en el sentido de que bien podríamos regalar Malvinas a cambio de vacunas; actitud que refrendó al colocar en la lista de Juntos por el Cambio a una candidata que directamente proclama la soberanía británica sobre las islas -desconociendo la Constitución- y de remate una intelectual mediática se sumó a la defensa de la usurpación británica de nuestro territorio profundizando una línea ya expresada hace unos años con otros “pensadores” que asumieron la defensa de los kelpers con increíble fervor.


Esto sucede además en medio de una larga sucesión de provocaciones seudo mapuches en el sur, con agresiones a habitantes de la zona, usurpaciones de terrenos y una prédica en favor de “naciones” falsamente postuladas como preexistentes a la Argentina y a Chile. Irónicamente, la misma Patricia Bullrich que minimizó nuestros derechos sobre Malvinas está denunciada en el sur en una causa por la supuesta irrupción ilegal de Gendarmería a “territorio Mapuche” (sic) en 2017. La justicia de Neuquén habilita de este modo los cuestionamientos a la autoridad estatal de la Argentina sobre todo su territorio.

Es en este escenario que irrumpe el decreto del presidente de Chile, Sebastián Piñera, que viola los acuerdos de paz de 1988 y de 1999, generando una réplica de la Argentina y comprometiendo la relación bilateral.

En honor a la verdad, hay que decir que el primero en meter ruido en el vínculo fue Alberto Fernández, cuando a poco de asumir, para defender a Nicolás Maduro de los cuestionamientos por sus ataques a los derechos humanos en Venezuela, no tuvo mejor idea que comparar con Chile: “Piñera metió presas a 2.500 personas y no pasa nada, nadie dice nada”, fue su desafortunado comentario.

No se limitó a ello: también se dejó manipular por la oposición chilena, participando en un Congreso de la Democracia Cristiana, el Frente Amplio y el Partido Comunista, en el cual los instó a unirse para desplazar a Piñera del gobierno. Es el mismo Alberto Fernández que acaba de rechazar un párrafo del comunicado del Grupo Internacional de Contacto que sugiere que la única salida a la crisis de Venezuela es la convocatoria a “elecciones creíbles, libres y transparentes”, por considerarlo injerencia en asuntos internos de ese país…

Ataques inesperados e infundados que, del mismo modo que lo hace el decreto de Piñera, deshonran los pasos dados por sus antecesores para reafirmar la unidad entre argentinos y chilenos. En 1984, se firmó en El Vaticano el Tratado de Paz y Amistad durante las presidencias de Raúl Alfonsín y de Augusto Pinochet. Y el 16 de diciembre de 1998, Carlos Menem y su par Eduardo Frei firmaron el acuerdo que ponía fin a “la última controversia pendiente” entre Chile y Argentina. Es decir la delimitación de la frontera en la zona llamada de Hielos Continentales.


También se desconocen antecedentes históricos como el Tratado de paz y amistad firmado en 1902 por el presidente Julio A Roca y su par Germán Riesco Errázuriz.

Como dijo el ex canciller Carlos Ruckauf, “mover la bandera nacionalista en Chile siempre ha dado resultados políticos”, pero “la actitud del gobierno trasandino sorprende por su imprudencia”. Ahora bien, la réplica argentina debe tender al apaciguamiento sin renunciar a la firmeza y, sobre todo, manteniendo el diálogo.

Ambos gobiernos deben someterse pronto al veredicto de las urnas. En elecciones legislativas Alberto Fernández, mientras que en Chile las presidenciales no tienen a Piñera como candidato ya que no puede reelegir, pero sí a un oficialismo ya golpeado por el resultado de las elecciones constituyentes en las que el partido de Gobierno no alcanzó el tercio de constituyentes necesarios para influir en las decisiones de la Asamblea que reformará la Constitución.

Por otra parte, la buena performance de candidatos independientes, que no pertenecen a los partidos tradicionales, abre en Chile una caja de pandora en la reforma de la constitución que, como bien señala Juan José Gómez Centurión, puede derivar en el reconocimiento de la existencia de un estado mapuche en el sur.

Piñera por lo tanto busca recuperarse por vía de incentivar votos nacionalistas, pero a costa incluso de desconocer la tradición del propio Augusto Pinochet que llegó a un acuerdo con Raúl Alfonsín, previa intervención del papa Juan Pablo II, que evitó una guerra entre dos pueblos hermanos.

Lo mismo sucede de este lado de la cordillera, donde la Cancillería argentina utiliza el tema como instrumento de propaganda conminando a la oposición -”Digan quién tiene razón”-, lo que aproxima al Gobierno más a una política de campaña que a una defensa científica de los elementos que justifican nuestra posición.


En la oposición, en tanto, resalta el comunicado del PRO firmado por su presidenta por su insólita neutralidad respecto del interés nacional. Graciosamente, ese partido, identificado en la región con el Grupo de Lima, coincidió en su postura con el promotor del Grupo de Puebla, Marco Enríquez Ominami, del que se considera en las antípodas. “Este conflicto tiene que resolverse por un tercero”, dijo el político chileno, mientras que el PRO pidió remitirse a la ONU.

¿Y entonces cuál es la diferencia entre el desaparecido Grupo de Lima y el aún existente Grupo de Puebla?

Paradójicamente, el comunicado neutro del PRO, escrito como si fuesen observadores externos, configura una conducta análoga a la de Ominami, que por enfrentar a Piñera también es capaz de regalar la posición de su país, del mismo modo que los del PRO privilegian la disputa interna a compartir una posición internacional de política de Estado.

Ni frente a un tema de interés nacional estratégico como éste se muestran capaces de dejar de lado la carrera por el cargo.

Esta conducta vergonzosa de la principal fuerza de oposición fue salvada por el senador mendocino Julio Cobos quien, además de condenar la postura de Chile, pidió que la Comisión de Relaciones Exteriores de la cámara alta respaldase la posición del gobierno.

Ahora bien, considerando los antecedentes, el riesgo es que dos mandatarios irresponsables antepongan su corto interés electoral al estratégico de sus respectivos países y comprometan sin el menor escrúpulo más de un siglo de entendimiento en esta materia.

Es la colusión de dos imprudentes que subrogan políticas de Estado a una contingencia electoral. Porque más allá del cálculo cortoplacista o de que puedan tener la intención de dejar diluir el tema tras las elecciones, sus conductas no dejan de ser temerarias, por decir lo mínimo.

Aun suponiendo que se hubieran puesto de acuerdo en un acting con miras a las elecciones, lo cierto es que actúan con total inconsciencia respecto a lo que está en juego en la región.


Pues es imposible no ver en el crescendo antes citado de iniciativas contrarias a nuestra integridad territorial y a nuestra integración regional, la misma autoría intelectual que en otras circunstancias históricas crearon las condiciones para enfrentar a dos pueblos hermanos.

Se aproxima Joaquín Morales Solá cuando, tras recordar que entre los escasos logros de esta etapa democrática figuran la paz con Chile y el Mercosur y que esas dos victorias contribuyeron a hacer de América del Sur una zona de paz, advierte que “encender los ímpetus nacionalistas de las sociedades en momentos electorales es un remedio viejo, gastado y, fundamentalmente, equivocado”, y agrega: “Un remedio que podría tener secuelas largas”.

Máxime teniendo en cuenta los vestigios pinochetistas en sectores de la política chilena, así como la postura pretendidamente realista de sectores de la intelectualidad y la política argentina de proverbial desinterés en la defensa de nuestro patrimonio y siempre listos para proponer la rendición del país.

Hay que tener en cuenta por otra parte lo que ha sido una constante en la política exterior kirchnerista -que Alberto Fernández se muestra muy proclive a continuar- que es el debilitamiento del Mercosur a través de la tendencia a convertir el menor diferendo con un país vecino en una disputa desproporcionada, al menos en lo verbal, con declaraciones destinadas al público interno pero no por ello menos dañinas. Recordemos el largo cierre de la frontera con Uruguay por un conflicto y, más atrás, la reticencia a cumplir los compromisos de suministro de gas a Chile.

¿Qué puede pasar después de las elecciones? Hay poco más de una semana de diferencia entre las legislativas de Argentina y las presidenciales de Chile. Es posible que todo vuelva al estado anterior, por tratarse de temas ya resueltos en instancias anteriores.

Pero no lo podemos aseverar porque merced a hechos parecidos a lo largo de nuestra historia se han generado climas propicios a la provocación, campo orégano para el accionar de agentes de la provocación al servicio de usinas trasnacionales, que bien pueden transformar una disputa virtual en un enfrentamiento real.

No sería la primera vez que contiendas que tienen por escenario regiones periféricas del mundo hayan sido programadas desde algún lugar del hemisferio norte.

Ninguno de los gobiernos parece tener en mente que en 2040 se discute el Tratado Antártico y que una concordia entre nuestros países atemperaría las pretensiones de algunas potencias sobre esos territorios, mientras que nuestra discordia las alentaría.

Fuente: Infobae

Te puede interesar