Martín Guzmán sufre el "síndrome Sturzenegger": ya nadie cree en su meta de inflación para el 2022

ECONOMÍA 10 de noviembre de 2021 Por Fernando Gutiérrez*
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A esta altura, ya puede afirmarse que el ministro de Economía, Martín Guzmán, sufre el "síndrome de Sturzenegger": cuanto más se afirma en una proyección de inflación, menos credibilidad despierta en el mercado, lo cual se evidencia en tensiones cambiarias, en actitudes defensivas de las empresas y en mayores reclamos de actualización salarial por parte de los sindicatos.

Al ex titular del Banco Central en tiempos de la gestión macrista le tocó sufrir la fallida experiencia de tratar de imponer un sistema de metas de inflación en un país cuya economía no estaba preparada para tomar esas proyecciones como referencia. Y a Guzmán, si bien no se ha planteado formalmente metas, ya le ocurrió algo similar este año, cuando pretendió -y, en un principio, logró- que todos se apegaran a su pronóstico de una inflación de 29% que rápidamente fue superada después de mediados de año.

Lo grave no es solamente que aquella proyección haya quedado completamente superada por la realidad, sino que la nueva proyección para el año que viene ya parece haber nacido con una total falta de credibilidad.

Cuando todavía faltan dos meses para el inicio del 2022, es casi imposible encontrar a alguien que crea en el 33% de inflación que Guzmán proyectó para el año próximo. La reciente encuesta REM que realiza el Banco Central entre bancos, economistas y consultoras, marcó un agravamiento sobre las expectativas anteriores: ahora se espera un 49%, lo que implica una corrección al alza de tres puntos respecto del mes pasado.

Pero lo más elocuente tal vez sea la actitud de los sindicatos. A pesar de que, por pedido expreso del Gobierno han mantenido una relativa cautela en el momento pre-electoral, los gremios más grandes ya están avisando que adelantarán sus pedidos de revisión de paritarias, de forma de adecuarse a las nuevas expectativas.

Los pedidos implican llevar la mejora interanual a un nivel superior al 50%, lo cual implicaría un aumento nominal de no menos de cinco puntos porcentuales respecto del nivel acordado antes de las PASO.

De esta forma, los grandes gremios privados –como comercio, bancarios y camioneros-, que a comienzos de año habían formado acuerdos en torno de 35% -Guzmán sostenía que de esa forma habría un crecimiento salarial- fueron revisadas en el segundo semestre para llegar a un nivel de entre 40 y 45%. Y ahora se aprestan a una nueva revisión. Algo similar ocurre con los empleados estatales, a quienes el Gobierno promedió que -después de haber perdido un 24% del poder adquisitivo en dos años- no volverían a ser la variable de ajuste.

Números que no cierran

Ahí estará el primer gran test para la credibilidad de Guzmán. Además de la presión a las empresas para que no trasladen costos a los precios, el ministro prevé que durante el año próximo haya una "recuperación salarial" de cuatro puntos reales. Pero claro, los cuatro puntos son sobre su previsión de 33% de inflación.

Esto implica una señal para que las paritarias no se excedan del nivel de 38%, una cifra que hoy luce muy difícil de aceptar para los sindicatos, habida cuenta de lo ocurrido durante este año.

Lo cierto es que los números que Guzmán proyecta para el 2022 en su ley de presupuesto resultan muy difíciles de creer. Una inflación de 33% anual implicaría un promedio mensual de 2,4%. Una cifra que hoy parece imposible de alcanzar, con una inflación que está tomando una velocidad crucero bien por encima del 3%.

De hecho, los economistas pronostican que en el primer cuatrimestre del año próximo la inflación acumulará un 16,2% -sin ninguno de esos meses por debajo de la marca de 3,7%-- Después de haber acumulado ese monto, se tendría que dar la situación altamente improbable de que la inflación bajara en los ocho meses restantes a un promedio mensual de 1,7%.

¿Qué tan difícil es llegar a esa meta? Para tener una referencia, es una inflación que en el 2020 únicamente se logró en los meses de abril y mayo. Es decir, en los momentos de cuarentena más estricta, con el peor desplome de la actividad económica y de la recaudación tributaria.

En aquellos meses, la inflación relativamente baja convivía con niveles récord de emisión monetaria y expansión del gasto, lo cual reavivó el ya folclórico debate sobre si la inflación es o no una consecuencia de "la maquinita" de imprimir pesos. El consenso de los economistas fue que, en ese momento, la alta emisión no impactó porque coincidió con un momento de baja circulación del dinero.

Los factores que contradicen a Guzmán

Pero para el año próximo nadie cree que eso pueda ocurrir, como no ocurrió en 2021. De hecho, el registro más bajo que se observó en lo que va del año fue el 2,5% de agosto, que ya provoca nostalgia entre los funcionarios, resignados a la repetición de otro verano caliente.

Además de la inercia que trae la inflación de los meses anteriores, los economistas apuntan a una serie de factores que complicarán los propósitos del ministro.

*La aceleración en el ritmo devaluatorio. El propio Guzmán, en su previsión del presupuesto, dio a entender que el deslizamiento del dólar duplicará su velocidad el año próximo. Sin embargo, entre los economistas hay cierto consenso de que se necesitará llevar la tasa devaluatoria a no menos de 3% o 4%, si es que el Gobierno quiere aliviar las tensiones que provoca la brecha cambiaria con el dólar informal. Hay también consenso en el sentido de que un inevitable aflojamiento en el "ancla cambiaria" tendrá un efecto inflacionario.

*Las presiones para ajustes en precios regulados, como tarifas y combustibles. Guzmán está en plena pulseada interna para topear el subsidio estatal a la energía en 1,5% puntos del PBI. Implica una reducción a la mitad respecto del nivel actual, luego de que -pelea con el kirchnerismo mediante- se frustrara la intención del ministro de reducir el subsidio a 1,7% del PBI.

Más allá de cuál sea la cifra final que Guzmán consiga recortar, se da como un hecho que habrá una actualización tarifaria segmentada y que los combustibles, que recibieron su último retoque en mayo, tengan otra actualización. Hoy la nafta argentina es una de las más baratas de la región, un hecho que quedó evidenciado con la invasión de turistas paraguayos y brasileños en la provincia de Misiones, que forman largas filas para llenar no sólo los tanques de sus autos sino también llevar bidones de repuesto.

*El efecto de la emisión monetaria. Es el tema de mayor discusión entre los economistas. Guzmán alega que tras el 7% de emisión realizado durante la emergencia del 2020, este año se hizo un esfuerzo de reducción al 3% y que el año próximo se bajará al 1,8% -y, posiblemente, por debajo de ese nivel, si es que se consigue un buen acceso al mercado de crédito-.

"Si uno quisiera reducirla más rápido, implicaría una contracción del gasto que supone detener la recuperación económica tan fuerte", se justificó el ministro en una entrevista concedida a Perfil.

Pero los economistas manifiestan su alarma ante esa postura y temen que haya una explosión en el corto plazo. Por caso, Gabriel Rubinstein destacó que en dos años la oferta monetaria aumentó un 181% mientras que la demanda por pesos sólo subió un 34%. Ese desfasaje y no otra cosa, argumenta el economista, es lo que provocó la inflación acumulada de 110%. Agrega que, si se considera como "normal" una relación de 7% de base monetaria sobre el PBI, y se necesita financiar un déficit fiscal del 3,5%, eso ya implica que, "de arranque", haya un piso inflacionario por motivos fiscales en el orden del 50%.

En definitiva, Guzmán no sólo se enfrenta a los problemas de la restricción cambiaria y a la presión inflacionaria, en el contexto de una negociación con el FMI y una pelea política interna en el Gobierno. Acaso peor que todo eso junto, sus proyecciones económicas para el 2022 ya perdieron toda credibilidad cuando el año ni siquiera comenzó.

Y no faltan los que creen que, pese al contexto de escepticismo, la inflación por encima de las metas oficiales acaso sea un efecto buscado adrede. Algo inconfesable, claro, pero que, como suele repetir el economista Carlos Melconian, constituye "la parte buena de la inflación, que te ayuda a licuar los déficits".

El costado positivo de la licuación

Mientras tanto, desde el Banco Central se comportan con una cautela digna de la ortodoxia: después de cada ayuda al Tesoro -sólo en octubre la asistencia fue de $352.000 millones y ya acumula $1,3 billón en el año-, tratan de aspirar la mayor cantidad de pesos posible para evitar tensiones inflacionarias.

Pero ahí hay otro problema: para sacar esos pesos de circulación se emiten letras que pagan un interés. Y el stock es tan grande que ya supera en 42% a la base monetaria. Pero lo peor es que esos papeles implican una creciente bola de pagos de intereses: se estima que, sólo por esa vía, se habrán volcado al mercado un billón de pesos cuando termine el año.

Esa acumulación del llamado "déficit cuasi fiscal" hace temer una bomba inflacionaria diferida. Y lleva a muchos analistas a pensar en que pueda haber dentro del gobierno quienes piensen en un ajuste brusco -tanto del tipo de cambio como de precios en general- como forma de "licuar" esa deuda.

"Queda claro que pagar 36% en pesos es más caro que aproximadamente 4% en dólares, a menos que haya una gran devaluación. La sostenibilidad de la deuda (de familias, empresas o países) está dada por pagar una tasa que no sea superior al crecimiento o rentabilidad. No es nuestro caso", advierte la influyente economista Diana Mondino.

No es fácil la disyuntiva de Guzmán: como le pasaba a Sturzenegger cuando daba metas que lucían imposibles de cumplir, tiene que elegir entre afirmar su postura hasta ser desmentido por la realidad o de corregir sobre la marcha, con lo cual sus predicciones se van devaluando.

En cualquiera de las dos posiciones, el ministro tiene para perder.

 

 

* Para www.iprofesional.com

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