Casi un Waterloo para el Presidente: las órdenes de Cristina se cumplen

OPINIÓN 06 de junio de 2022 Por Hugo E. Grimaldi*
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Se le van cayendo los soldados de uno al Presidente. El tiro de gracia a Matías Kulfas le llegó de parte de Cristina Kirchner, después de un bien aceitado operativo que incluyó a funcionarios que le responden, quienes acusaron al ministro de Desarrollo Productivo de armar "operaciones en off" para perjudicarla.

El penúltimo episodio del novelón de estas horas tuvo que ver con una serie de menciones que la vicepresidenta hizo en su discurso por el Centenario de YPF sobre la empresa que va a proveer la chapa para los caños del gasoducto Néstor Kirchner. Con algunos vericuetos, pero para que no quedaran dudas de que hablaba de Paolo Rocca, ella tiró la bola a rodar, volvió a insistir con una vieja prédica y acusó al empresario de llevarse las líneas de producción a Brasil. 

Esa noche misma, Kulfas se sacó el sayo de encima y dijo por radio, sin demasiadas precisiones, por cierto, no haber participado en la licitación de provisión de chapa de 35 milímetros de espesor, pero sí aclaró que los había comprado IEASA, la empresa estatal que es la continuación de Enarsa que maneja "gente muy cercana a la vicepresidenta" (La Cámpora) y que tiene un presupuesto millonario. Desde el kirchnerismo se espantaron porque el ministro al día siguiente armó una insólita "operación política" que incluía un "off the record" por WhatsApp dirigido a la prensa, donde se reiteraba que fue IEASA la que armó la licitación "a la medida de Techint". Y se agregaba que bien se podía haber comprado chapa de 31 milímetros a Laminados Industriales SA que las produce en Villa Constitución. Una verdadera denuncia de corrupción, si las hay.

Cuando IEASA refutó en un comunicado (que mostraba una copia del mensaje) algunos de los argumentos del entonces ministro, especialmente una metida de pata sobre válvulas aún no adjudicadas, Cristina se encendió y se descargó en un tuit contra Kulfas, autor de "Los tres kirchnerismos", libro del que ella había dicho que es "contra nosotros". Entonces, Alberto Fernández -quien tras sus promesas en Europa, hace algo más de un mes había organizado un acto bajo el viento de Vaca Muerta para ratificar la intención de comenzar el gasoducto en agosto- picó el anzuelo, se solidarizó con su virtual número dos, siguió la bajada de línea que recibió en Tecnópolis y por fin usó su lapicera. Conclusión de la primera temporada: fin de Kulfas como ministro, aterrizaje lleno de incertidumbre de Daniel Scioli y barbas en remojo para Claudio Moroni y para Martín Guzmán, sobre todo.

Es que ni sicológica ni mucho menos políticamente, la vicepresidenta es una persona a la que se le pueda decir que no. Su psiquis no lo tolera, fulmina a quien se le atreve y actúa como una reina del medioevo ante sus súbditos, a quienes conmina de modo permanente a hacer lo que ella piensa, necesita u ordena. Cuando odia, odia. Decirle "usá la lapicera" al presidente de la Nación en público es nada menos que acorralar su investidura para que tome las decisiones que ella desea que se tomen. Es nada menos que una orden "urbi et orbi" para denostar en este caso a quien nominó como número uno, ya que es algo que lleva como aditamento interpretativo un irremediable "para que vos hagas lo que yo quiero".

Tan imperativo método, que en caso de Cristina nunca se detiene a ver si lo que se dice es verdad o es mentira, parece ser algo poco democrático para los habitantes del siglo XXI, pese a los cambios que está llevando aceleradamente al mundo a justificar las autocracias. Cuando en las colonias se recibían órdenes de España los funcionarios locales decían como latiguillo que "se acata, pero no se cumple". Imposible responderle así hoy a la vice porque su furia se vuelve incontenible. Este signo de intolerancia probablemente hoy le sea mucho menos difícil de tragar a una sociedad como la argentina, que ha sido permeada desde hace tres o cuatro generaciones por el accionar del Estado como palanca de la vida y por la imperiosa necesidad de tener siempre un/a conductor/a que se la solucione. Sabe Cristina con qué bueyes ara.

En el fondo, a la ciudadanía no le importa que para atender sus devaneos personales, generalmente definidos en línea de cómo le va en la tienda a cada uno, al final el elegido/a se la complique, pero siempre debe ser alguien que le resulte necesario/a como referencia, aunque sea para echarle la culpa cuando las cosas irremediablemente salgan mal. En esa línea circular y tan poco edificante de ir y volver de la Gloria a Devoto sin solución de continuidad, de la cual la historia de los últimos años está llena de ejemplos (Malvinas, Alfonsín, la Convertibilidad, Macri), la sociedad deberá aceptar en algún momento su tremenda responsabilidad en lo que le viene pasando en la Argentina desde hace décadas, sobre todo si quiere cambiar de verdad. Al respecto, que Lionel Scaloni no se agrande.

A los dos componentes de dureza extrema mencionados para definir la personalidad de la vicepresidenta hay que agregarle una gran dosis de seducción, casi mohines de los tiempos en que la vicepresidenta transitaba la adolescencia. La mano extendida al Presidente, la mirada esquiva, el roce de las yemas, los dedos entrelazados y la sonrisa de "no pero sí" que denuncian las fotografías de la mesa de Tecnópolis, son un ejemplo de la fachada de seducción que Cristina se ha construido para transitar por la vida política con los insuperables logros que ha conseguido en materia institucional. Aunque Fernández quiere cortar el cordón, algo que no consta, ha buscado en estos últimos tiempos apaciguarla y sólo así se explica su adhesión a un retorcido proyecto de ley para agregarle 20 jueces a la Corte Suprema. El Presidente sabe que no pasará por el Congreso, pero hay que agradarle a la dama porque para ella la Justicia es su obsesión primera.

Fue evidente en el acto por el Centenario de YPF que era él quien estaba en el escalón inferior. Quienes interpretan las posturas lo observaron con la cabeza metida entre los hombros, con el paso corto y pesado, con la vista algo baja y con cierta vergüenza al hablar como una constante en el escenario. La mención a Spinetta, que Cristina degradó con su cara, fue quizás el momento-living de un matrimonio que ni siquiera se pone de acuerdo en las cosas más nimias de la vida, en un gusto poético-musical, por ejemplo.

Pero fue la carga contra Techint la que desató los demonios, cuando ella pidió con su rebuscado pero punzante estilo de decir sin decir, otra de sus marcas registradas, que la empresa de Rocca "traiga acá" la producción de chapa laminada. Fue un evidente pase de facturas al Presidente, quien había cenado en Olivos con el empresario antes de su gira por Europa unos días después de que se le adjudicó a otra empresa del grupo (Tenaris Siat), como única oferente, la provisión de la chapa para construir el primer tramo del gasoducto que llegará a Salliqueló en la provincia de Buenos Aires, obra que reducirá drásticamente la importación de gas.

La semana pasada hubo un dato que terminó de sacar a Cristina, ya que se autorizó un pago en divisas para pagar los insumos: "Alberto, hay un deporte nacional por apoderarse de las reservas que hay en el Banco Central bajo distintos mecanismos", dijo y se ocupó de explicar de qué se trataba. "Muchachos: no podemos seguirle dando 200 millones de dólares para que se paguen ustedes mismos en la empresa subsidiaria que tienen en Brasil", le disparó a Techint más allá del verbo "apoderar" que implica su profunda convicción de que el Estado es el dueño de las divisas del sector privado.

El viaje presidencial a España, Alemania y Francia había incluido una pasada de gorra para aprovechar la oportunidad de conseguir quienes vengan a poner los fondos que se necesitan para el tendido, ya que la zanahoria del Presidente fue que la Argentina le puede proveer a Europa el gas que Rusia les niega. El proyecto del gasoducto, que ya lleva mucho más de dos años de parálisis, necesita completar la traza, sobre todo para transitar sobre territorio mapuche, quienes ya han dicho que "habrá conflictos" si no se cumple con la consulta que aseguran ellos que prevén "la OIT y la ONU". También la traza del gasoducto deberá incluir necesariamente tendidos hacia los puertos y la construcción allí de una o varias plantas de licuefacción, para inyectar el gas bajo la modalidad de GNL a los barcos metaneros para que, a su vez, sea transportados a los compradores. Sin eso, la entrada de divisas a dos o tres años vista será una ilusión.

Todo esto parece que nadie lo ha explicado de modo claro, ya que a los funcionarios les encantan los anuncios rimbombantes, con ese viejo estilo K de esconder siempre la partida y de encender las sospechas. Más de uno se está preguntando por estas horas si la salida hace menos de una semana del responsable del gasoducto, Antonio Pronsato, un hombre que fue parte de los equipos de Julio de Vido, no tiene nada que ver con todo esto que ha saltado con tono de escándalo.

Se sabe que la épica del kirchnerismo es infinita y que no se detiene, aunque sea para celebrar los 100 años de una empresa como YPF que hoy está remando casi en el fondo del mar a 4,50 dólares la acción cuando en la década del 90 valía muchísimo más. La compañía hoy es una Sociedad Anónima mixta con 51% de las acciones en poder del Estado (de ese paquete 51% es de la Nación y el resto de las provincias) y hay 49% en manos de tenedores particulares, acciones que se pueden negociar en las bolsas. Su máximo valor en esos mercados lo alcanzó en 2005 cuando su capitalización llegó a U$S 27 mil millones y en 2014, cuando el ministro Axel Kicillof pagó U$S 5.000 millones por la porción que quedó para el Estado (luego se sumaron U$S 3.900 millones en intereses) ese valor objetivamente estaba en U$S 10 mil millones, valor que cayó en 2015 a 6 mil millones de dólares.

Además, hoy los balances deberían acumular pasivos contingentes (U$S 14 mil millones en juicios muy complicados en Nueva York) que podrían detonarla y por estos días, como empresa testigo, es la responsable al menos de 55% (su participación actual en el mercado) de lo que le pasa a la Argentina productiva con el faltante de gasoil. Casi nada de la historia del kirchnerismo en relación a YPF justificaba las alabanzas que hubo para Néstor Kirchner (defensor en su momento, tal como lo fue su esposa, de la privatización que encaró Carlos Menem), pero la vicepresidenta presentó al "tipo" en el centro de la escena como el gran hacedor y ninguneó a Hipólito Yrigoyen que la fundó y a Torcuato de Alvear -dos radicales- que fue quien nombró al general Enrique Mosconi como primer presidente y motor del despegue. Todo fue un panegírico de la gestión kirchnerista, la misma que ha llevado los números de la petrolera a la actual vergüenza.

El caso Techint, la manifiesta incursión contra un referente principalísimo del sector privado y la docilidad del Presidente, le ponen al mercado de esta semana un gran signo de interrogación. Y mientras tanto, las personas que votan todos los días están mirando el partido desde la tribuna y no logran darse cuenta de quién se ocupa de los desbarajustes económicos y sociales de la Argentina. En general, esa gente se siente desplazada por la puja de poder que no le resuelve ninguno de los problemas, ni los macro (habrá que pedir perdón/es al FMI) ni los micro, los que le atañen en vivo y en directo a ellos y a sus familias, como la inflación, la pobreza, el desempleo formal y la inseguridad, en primer lugar. De ellos y de esas cosas, de sus penas y de sus broncas no habla para nada esta serie que parece avanzar inexorablemente hacia un final incierto y sin nueva temporada a la vista.

 

 

* Para El Cronista

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