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OPINIÓN 17/10/2023 Alexander Guvenel*
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A medida que se acerca el 22 de octubre algunos síntomas de déjà vu se apoderan de mi cuerpo. Me vienen a la cabeza aquellos momentos post PASO 2019 donde palpitaba con cierta desesperación el ya muy probable regreso al poder del kirchnerismo, en manos esta vez de un operador político, un secretario puesto a dedo por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner para extender el régimen político que había llevado al país desde 2003 en un tobogán de decadencia institucional, político y económico que logró desechar las mayores posibilidades económicas para nuestro país en más de un siglo. Duplicar el peso del Estado sobre la actividad privada en momentos de bonanza económica y viento internacional favorable casi que merecería una nueva tipificación en el código penal, algo que no hace falta porque, pensamos y sostenemos, la política y la democracia están para eso, para poner en su lugar (el ocaso) a aquellos que teniendo todo a favor lo despilfarran en un formato populista que trajo, entre otros males olvidados, la inflación.

No sucedió. Todas las advertencias debidamente presentadas en cientos de artículos, en redes sociales, la suma de antecedentes explicados hasta el hartazgo y las más variopintas expresiones del saber popular, como aquella de que “quien se quemó con leche ve una vaca y llora”, no funcionaron. Si bien es de manual que el populismo tiene indefectiblemente sus períodos de decadencia cuando ya repartieron todo lo que el contexto generó, muchos creyeron en la magia de volver a un período donde sus salarios eran altos en comparación al contexto regional, un momento idealizado e ideal (aunque con pisos de pobreza que nunca bajaron del 25%) que podríamos situarlo entre el 2003 y 2007, durante el gobierno de Néstor Kirchner. Finalizado ese período, los salarios medidos en términos reales comenzaron a caer, Argentina dejó de crecer y la única compensación ideada provino de la mano de las dádivas del Estado que, en sus diversas formas, fueron el caballito de batalla de los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner. Cuando ya ni eso alcanzaba para tapar la crisis en ciernes comenzaron los neo manotazos (permítanme la invención del concepto). Recordemos que el segundo mandato de Cristina arrancó con el intento de aplicar la famosa resolución 125 de retenciones móviles (que desató el conflicto con el campo y, para muchos, el comienzo de la grieta) y el cepo. Quedó claro que la otrora bonanza ya no alcanzaba pero eso no iba a persuadir a Cristina y a su ministro estrella Axel Kicillof de dejar de tomar atajos para extender lo que podríamos denominar, parafraseando al inefable Aníbal Fernández, “sensación de bienestar”.

Volvamos a nuestro rabioso presente. Agosto, octubre y eventualmente noviembre 2023 nos presentan esa elección de tercios que la actual vicepresidente pronosticó. Vayamos primero al candidato sorpresa, ese outsider que pasó de analista financiero a panelista de TV, diputado nacional y ahora candidato presidencial. Tratando de imaginar un eventual gobierno suyo se me ocurren algunas sencillas preguntas:

-¿No es extraño nombrar (como ya él mismo anticipó) a un presidente del BCRA que tenga como misión cerrarlo?

-¿Cómo sería tener de presidente, es decir, cabeza de uno de los poderes del Estado, a una persona que considera al Estado peor que la mafia porque “la mafia al menos compite”?

-¿Cómo se podría entender que la autoridad máxima del PEN (y la única en rigor de verdad) considere los impuestos que debe cobrar como “un robo”? ¿Quién aceptaría ser el director general de AFIP en ese contexto? ¿Actuaría como una especie de Consigliere recaudador?

-¿Cómo sería para las fuerzas armadas y de seguridad federales actuar bajo el mando de quien aborrece al Estado, entre otros motivos, por tener el monopolio del uso legítimo de la violencia?

-¿Cómo sería tener en el sillón de Rivadavia a quien se considera ideológicamente anarco capitalista mientras hace una transición en el minarquismo como paso anterior a lograr la destrucción total del Estado? Tan parecido a la dictadura del proletariado previo al comunismo que duele.

-¿Con qué convicción y mandato quienes conduzcan las áreas de salud, educación y asistencia social (o el nombre que le quieran poner) utilizarán los recursos extraídos de “los frutos del trabajo ajeno para ser repartido por políticos chorros”?

Otro de los tercios quedó representado por el candidato de Unión por la Patria Sergio Massa. El renovador que no renueva, aquel barrendero (de ñoquis de La Cámpora) que no barre, el salvavidas que no salva pero que aún así se reinventa para tratar de salvarse a sí mismo. Fernando Belaúnde Terry fue un presidente peruano que contó con dos períodos presidenciales, me recuerda mi amigo, guionista, y apasionado lector de historia, Mario Gruskoin, desde 1963 hasta 1968 en un primer período y de 1980 a 1985 en su segunda incursión. Luego de una primera etapa con luces y sombras se encontró con un segundo mandato signado por algunas obras destacables pero grandes inconvenientes que provinieron del lado económico con alta inflación, caída de la competitividad y devaluación de su moneda, agravado en términos de seguridad ciudadana con el exponencial crecimiento de la organización terrorista Sendero Luminoso, pasando por fenómenos meteorológicos desgraciados como el de El Niño. Quien pugnó por la sucesión oficialista de aquel gobierno fue su segundo vicepresidente, Javier Alva Orlandini, que logró cosechar apenas el 5% de los votos del oficialista Acción Popular y no alcanzó a entrar a la segunda vuelta electoral que devolvió al poder a Alan García. Salvando las distancias geográficas, políticas, económicas e ideológicas, y salvando aún las más importantes que hacen a la responsabilidad en la debacle, el ejemplo sirve para graficar que usualmente quien finaliza un mandato con una crisis de envergadura como la que nosotros transitamos suele no tener chance alguna de ingresar a una segunda vuelta y mucho menos si su candidato es el que lleva las riendas de una economía que hizo trepar la inflación a niveles que no se veían desde hace 30 años.

No obstante esto, la conjunción de una fuerza tradicional como el peronismo unido (salvo en la tibia disidencia del gobernador cordobés Juan Schiaretti), y un Sergio Massa corajudo, temerario, ambicioso y malicioso como pocos, a quien nadie quiere pero que logra hacerse imprescindible para su fuerza política logró finalmente conformar un tercio que contiene a los fieles del kirchnerismo (por pedido de “La Jefa”, no Karina Milei sino Cristina Kirchner) y a un grupo de aquellos crédulos y ansiosos que en 2019 le dieron su voto de confianza a ese oscuro personaje que, pese a que ya casi nadie recuerda aún y hasta el 10 de diciembre gobierna la Argentina o, al menos, se sienta a descansar en el despacho presidencial y en la Quinta de Olivos.

El tercio restante en nuestro relato lo conforma Juntos por el Cambio, en la figura de su candidata más votada en unas PASO competitivas Patricia Bullrich. Le tocó la difícil tarea de dar esperanzas sin prometer un paraíso que sabe que no existe o, al menos, no está a la vuelta de la esquina. Sabemos que no hay candidato que pueda ganar prometiendo solo sangre, sudor y lágrimas. ¿Cuál sería entonces la mejor fórmula de seducción del votante que no gravite en las mentiras que pregonan tanto el candidato libertario como el oficialista? La clave está en los procesos, el alivio está allí. Está claro que los resultados concretos en la baja de pobreza, el crecimiento, la modernización del país y la mejora en los servicios públicos deberán esperar un tiempo pero el tránsito lleva a la posibilidad de ofrecer un alivio inmediato que nos permita sentir que se recrea un círculo virtuoso en dirección a una salida hacia la normalidad. ¿Dónde encontrar esos indicios? Algunas pistas están en el plan de derogación de leyes que esbozó la candidata de JxC. Hubo un inmenso trabajo de Federico Sturzenegger al respecto, una fenomenal investigación de todas aquellas regulaciones que traban la economía e inciden directamente en nuestra vida cotidiana. Es hora de decirles basta a los privilegios de toda índole, las quintitas y quinchos que algunos pícaros con poder de lobby fueron instalando entre nuestras regulaciones para hacernos a todos la vida más difícil (mientas que la de ellos se hizo más fácil). Las mejoras de fondo serían graduales pero los efectos se podrían comenzar a ver casi desde el primer día.

Todos aquellos que alguna vez jugamos juegos de azar en un casino (no los visito casi nunca pero las veces que lo hice me siento en la ruleta) sabemos que hay varias reglas del “buen jugar” que hay que respetar:

-Llevar y gastar solo lo que uno está dispuesto a perder.

-Dejar de jugar cuando ya no es entretenimiento lo que nos mantiene allí sino otras sensaciones que tienen más que ver con ansiedad y compulsión.

-No querer recuperar lo perdido a lo largo de la jornada con una sola apuesta a todo o nada porque las chances de que eso salga bien son muy bajas (1/37 – 2,7%).

Muchos argentinos optaron en la PASO por jugarse un pleno al candidato libertario Javier Milei, como muchos jugadores apuestan todo a esa última bola de la noche, pese a que en Argentina estamos nosotros, tenemos familiares y amigos, sueños y esperanzas, una historia y un porvenir por lo que calibrar todo esto en la selección del voto es la acción más importante que tenemos como ciudadanos. Sería muy importante no desaprovechar una nueva oportunidad de elegir autoridades con una propuesta sensata, con gobernadores listos para trabajar en conjunto, cargos electivos a lo largo y ancho del país, con equipos de trabajo solidificados por tiempo y profesionalismo y una voluntad real de torcer el rumbo decadente porque, de lo contrario, el casino seguirá abierto luego de diciembre pero todos nosotros continuaremos transitando esa espiral descendente que llevó al país al actual estadío.

Para cerrar con esta suerte de alegato a los argentinos recuerdo que hace un tiempo Milei comentó que uno de los chistes internos que se cuentan en su fuerza política es que él quiere ser presidente solo para hacer de su hermana (a quien ya mencioné que llaman “la jefa”) una primera dama. Gobernar un país no es un meme, no es una chicana en X, no es disfrazarse de súper héroe, no es dar rienda suelta a caprichos y berrinches, no es el dibujo de un león; gobernar un país, y más uno como la Argentina, es una tarea que requiere templanza, equipos de gobierno, poder político en todos los ámbitos, experiencia y decisión. Poner un voto en la urna no es solamente un acto cívico sustancial sino que también es una responsabilidad que se ejerce sobre uno y sobre los demás y si eso no se hace a consciencia, luego todos serán lamentos, y quienes anticipamos y padecimos este nefasto período 2019-2023 al mando de Alberto, Cristina y Massa, sabemos bien de lo que estamos hablando.

 

 

* Para www.infobae.com

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