


Agujeros negros: del misterio cósmico a la física del laboratorio
CIENCIA Agencia de Noticias del Interior
- Un agujero negro es un objeto extremadamente compacto del que no puede escapar ni la luz.
- Se forma cuando una estrella masiva colapsa y su gravedad supera toda posibilidad de escape.
- Las fuerzas de marea pueden estirar la materia de forma extrema cerca del agujero negro.
- Existen teorías que proponen agujeros negros microscópicos ligados a nuevas dimensiones espaciales.
- La radiación de Hawking demuestra que los agujeros negros pierden masa con el tiempo.
- Los agujeros negros microscópicos, de existir, serían inofensivos por su rápida evaporación.
Durante décadas, los agujeros negros ocuparon un lugar privilegiado en el imaginario colectivo como los objetos más enigmáticos y temibles del universo. Asociados a la idea de un abismo sin retorno, hoy la ciencia los describe con mayor precisión y, lejos de la ciencia ficción, los ubica en el centro de algunos de los debates más sofisticados de la física moderna. Comprender qué son, cómo se forman y qué efectos producen no solo permite explicar fenómenos astronómicos extremos, sino también explorar los límites del conocimiento sobre la gravedad y la materia.
En términos simples, un agujero negro es un objeto extraordinariamente compacto cuya gravedad es tan intensa que ni siquiera la luz puede escapar de él. Esta característica lo convierte en invisible de manera directa, ya que todo lo que cruza cierto umbral —conocido como horizonte de sucesos— queda atrapado de forma irreversible. Una manera pedagógica de entender este fenómeno es imaginar un pozo cada vez más profundo: cuanto mayor es su profundidad, más difícil resulta salir. Llega un punto en el que ni el mejor de los saltadores podría escapar. Eso mismo ocurre con un agujero negro: su “pozo gravitatorio” es tan extremo que no existe velocidad suficiente para vencerlo.
La clave de este comportamiento reside en la gravedad. Todos los cuerpos con masa generan un campo gravitatorio, pero su intensidad depende de cuánta materia contienen y de cuán concentrada esté. Una estrella muy masiva ejerce una fuerte atracción, aunque todavía permite que objetos o señales luminosas se alejen de su superficie. Sin embargo, cuando una estrella agota su combustible y comienza a colapsar sobre sí misma, su materia se concentra cada vez más. En ese proceso, la velocidad necesaria para escapar de su gravedad aumenta de manera progresiva, hasta que incluso la luz deja de ser suficiente. En ese instante, la estrella deja de serlo y nace un agujero negro.
La idea de caer en uno de estos objetos despierta inquietudes inevitables. Más allá de la intensidad de la gravedad, el principal peligro radica en cómo varía esa fuerza con la distancia. Si una persona se aproximara a un agujero negro con los pies por delante, la atracción sobre las piernas sería mucho mayor que sobre la cabeza. El resultado sería un estiramiento extremo del cuerpo, un fenómeno conocido como “espaguetificación”, producto de las fuerzas de marea. Curiosamente, este efecto es más violento en agujeros negros pequeños, mientras que en los supermasivos —como el que se cree que habita en el centro de la Vía Láctea— podría pasar desapercibido al cruzar el horizonte de sucesos.
En los últimos años, el estudio de los agujeros negros se vinculó también con los intentos de unificar la gravedad con la física cuántica. Algunas teorías, como la de cuerdas, proponen la existencia de dimensiones espaciales adicionales que modificarían el comportamiento de la gravedad a escalas muy pequeñas. En ese marco, surge la posibilidad teórica de agujeros negros microscópicos, con masas muchísimo menores que las de los agujeros negros astronómicos tradicionales.
Esta hipótesis abrió interrogantes sobre la posibilidad de crear agujeros negros en experimentos de laboratorio, como los realizados en grandes aceleradores de partículas. Sin embargo, la física ofrece una respuesta tranquilizadora. En la década de 1970, Stephen Hawking demostró que los agujeros negros no son completamente “negros”: emiten una radiación que les hace perder masa con el tiempo. Cuanto más pequeño es el agujero negro, más intensa es esa radiación y más breve su existencia.
En el caso hipotético de agujeros negros microscópicos, la evaporación sería casi instantánea. Su vida sería tan corta que no tendrían oportunidad de absorber materia de su entorno. Así, lejos de representar una amenaza, estos objetos se convierten en una herramienta conceptual para explorar los confines de la física y comprender mejor el universo.






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