Educación no presencial: entre la demanda de flexibilidad y el valor insustituible del aula

EDUCACIÓN Agencia de Noticias del Interior
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  • La Ley de Educación Nacional prioriza la presencialidad y limita la educación a distancia en menores de 18 años.
  • El avance tecnológico y los cambios sociales impulsan a las familias a buscar modalidades educativas más flexibles.
  • Una petición ciudadana propone legalizar la educación no presencial como opción para todo el trayecto formativo.
  • Experiencias personales, como las vinculadas a la discapacidad o al bullying, alimentan el reclamo de alternativas.
  • Especialistas destacan que la escuela cumple un rol clave en el desarrollo social y emocional.
  • El debate apunta a encontrar un equilibrio entre flexibilidad, inclusión y calidad educativa.

La educación argentina atraviesa un debate que combina cambios sociales, avances tecnológicos y demandas familiares que desafían un modelo históricamente basado en la presencialidad. Desde 2006, la Ley de Educación Nacional 26.206 establece a la educación como una prioridad del Estado y organiza todo el sistema bajo la lógica de la asistencia física a la escuela, especialmente en los niveles obligatorios. Si bien reconoce la educación a distancia como una modalidad, limita su alcance para menores de 18 años a situaciones excepcionales, cuando la presencia en el aula resulta inviable.

Sin embargo, el paso del tiempo y la transformación de la vida cotidiana han abierto nuevas preguntas. La expansión de la conectividad, el trabajo remoto, la educación virtual universitaria y la experiencia acumulada durante la pandemia pusieron en evidencia que el aprendizaje puede adoptar múltiples formas. En ese contexto, cada vez más familias se preguntan si el aula es el único escenario posible para educar o si llegó el momento de pensar estructuras más flexibles, capaces de adaptarse a realidades diversas.

En las últimas semanas, este debate cobró visibilidad a partir de una petición ciudadana que circula en Change.org y que impulsa la aprobación de una ley que garantice el acceso a la educación no presencial en todo el país. La iniciativa propone que esta modalidad sea una opción legal y accesible durante todo el trayecto educativo, sin quedar restringida a casos excepcionales. Detrás del proyecto está Dolores Smith, abogada y responsable de una academia virtual, quien plantea que muchas familias buscan alternativas por motivos que van desde el bullying y la salud hasta los viajes frecuentes o desacuerdos con determinados contenidos del sistema tradicional.

La experiencia personal de Smith atraviesa su mirada. Madre de un hijo con síndrome de Asperger, relata un recorrido escolar marcado por la frustración y el desgaste emocional. A pesar de la existencia de normativas sobre adecuaciones pedagógicas, sostiene que la articulación real en el aula no siempre logra dar respuesta a las necesidades concretas. La decisión de optar por el homeschooling, asegura, significó un cambio profundo en la vida familiar, aunque reconoce que hoy esa posibilidad está reservada para un grupo muy reducido de casos avalados por el Estado.

Desde otra perspectiva, especialistas en educación advierten sobre los límites de trasladar el aprendizaje fuera de la escuela. Laura Lewin, docente y formadora, sostiene que la educación no presencial puede ser una alternativa valiosa en situaciones puntuales, pero no debería plantearse como un reemplazo general del modelo presencial. Para Lewin, la escuela no es solo un espacio de transmisión de contenidos, sino un ámbito central para el desarrollo social y emocional: allí se aprende a convivir con la diversidad, a negociar, a resolver conflictos, a tolerar frustraciones y a construir vínculos cotidianos que forman parte del proceso educativo.

Ese aprendizaje invisible —el que ocurre en un recreo, en un trabajo grupal o en una situación incómoda— resulta difícil de replicar en entornos virtuales o en la educación en casa. No obstante, Lewin reconoce que la modalidad no presencial puede funcionar como un recurso complementario cuando la asistencia se ve afectada por problemas de salud, situaciones graves de acoso escolar, residencias alejadas o contextos transitorios que impiden la continuidad pedagógica presencial. En esos casos, subraya la importancia de proyectos sólidos, con acompañamiento adulto, rutinas claras, seguimiento real y espacios planificados de interacción con otros estudiantes.

El debate, lejos de saldarse en posiciones extremas, parece abrir una oportunidad para pensar soluciones intermedias. Quienes impulsan la educación no presencial aclaran que no buscan reemplazar masivamente a la escuela, sino ampliar el abanico de opciones para quienes hoy no encuentran respuestas en el sistema tradicional. Del otro lado, quienes defienden la presencialidad remarcan el rol social insustituible de la escuela como espacio de encuentro y construcción colectiva.

Mientras la discusión avanza en hogares, redes y ámbitos educativos, el desafío será encontrar un equilibrio que permita aprovechar las fortalezas de cada modalidad. El objetivo final, coinciden ambas miradas, debería ser el mismo: garantizar que todos los niños y adolescentes del país accedan a una educación de calidad, capaz de respetar sus necesidades, contextos y trayectorias, sin perder de vista la dimensión humana que sostiene todo proceso de aprendizaje.

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