



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay países que exportan petróleo, otros tecnología, algunos talento futbolístico. Y después está Rusia, que decidió exportar una idea brillante: si una mujer no quiere tener hijos, claramente necesita un psicólogo. No un ginecólogo, no un economista que le explique cómo llegar a fin de mes, no un político que le garantice estabilidad. No. Un psicólogo. Porque el problema, evidentemente, está en su cabeza.
La escena es fascinante. Una mujer se sienta frente a un cuestionario médico, responde prolijamente sesenta y una preguntas —porque nada dice “libertad individual” como un formulario largo— y en la última casilla, con total honestidad, marca: “Ninguno”. Y ahí, como si hubiese confesado que colecciona cuchillos en el sótano, suena la alarma invisible del sistema: derivación automática al especialista.
No para acompañarla. No para escucharla. Para “corregirla”.
Porque, según esta nueva lógica, no desear hijos no es una decisión. Es un síntoma.
Ahora bien, si el que responde es un hombre, la cosa cambia. A él le preguntan con más delicadeza, casi con comprensión existencial: “¿Cuántos hijos te gustaría tener dadas tus circunstancias actuales?”. Es decir, lo tratan como a un adulto. A ella, como a un error estadístico.
El hombre puede no querer hijos porque “no es el momento”. La mujer no quiere hijos porque “algo le pasa”. Él está evaluando. Ella está fallada.
Es un hallazgo conceptual notable: la maternidad ya no es una elección, es una obligación con control de calidad incluido.
Lo más interesante es la explicación oficial. Las autoridades aseguran que esto no es coerción, sino preocupación. Como cuando alguien te dice “te lo digo por tu bien” justo antes de meterse en tu vida con botas embarradas. La preocupación, en este caso, consiste en asumir que si una mujer no quiere ser madre, debe haber algún trauma, algún conflicto, algún desperfecto emocional digno de ser revisado.
Nadie contempla la posibilidad más simple: que simplemente no quiera.
Pero claro, esa opción no entra en el formulario.
La lógica detrás de esta política es casi poética. Durante años, el Estado intenta aumentar la natalidad con resultados más bien discretos. Entonces decide que el problema no es económico, ni social, ni cultural. El problema es psicológico. No nacen niños porque hay mujeres confundidas. Y la solución, entonces, es iluminarlas.
Es una especie de terapia nacional, pero selectiva: solo para ellas.
Mientras tanto, a los hombres nadie les pregunta demasiado. Nadie los deriva a ningún lado. Nadie sospecha que su falta de entusiasmo reproductivo pueda esconder un conflicto interno. Quizás porque, en este esquema, el varón no es el problema. El varón es el espectador.
O, en el mejor de los casos, el comentarista de la vida ajena.
Hay algo profundamente irónico en todo esto. En nombre de la libertad, se sugiere que hay decisiones que no son libres. En nombre del cuidado, se instala una sospecha. En nombre de la salud, se patologiza una elección.
Es una gimnasia mental admirable: convertir una preferencia en un diagnóstico sin despeinarse.
Y por si quedaba alguna duda sobre el clima general, el contexto acompaña. Multas a quienes desalientan la paternidad, presiones sobre clínicas, leyes contra la “propaganda” de no tener hijos. Todo un ecosistema diseñado para que la maternidad deje de ser una posibilidad y pase a ser una obligación moral, política y, por qué no, terapéutica.
El mensaje es claro: podés elegir lo que quieras, siempre y cuando elijas lo correcto.
Lo verdaderamente curioso es que este tipo de medidas suelen fracasar en su propio objetivo. Porque las personas no tienen menos hijos por capricho, sino por condiciones de vida. Y esas condiciones no se arreglan con un turno en psicología. Pero eso sería demasiado complejo. Mucho más fácil es ajustar el cuestionario.
Al final del día, lo que queda es una escena absurda: millones de mujeres explicándole a un sistema que no quieren algo, y un sistema respondiendo “no entendiste, dejame ayudarte a entender”.
Como si la duda no estuviera en la política, sino en la persona.
Como si el problema no fuera el contexto, sino la decisión.
Como si la libertad necesitara autorización médica.






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