Adorni: cuando lo indefendible deja de ser discutible

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Hay momentos en la política donde el problema deja de ser el adversario y pasa a ser propio. Este es uno de ellos. Lo de Manuel Adorni ya no admite matices ni piruetas argumentales: es, sencillamente, indefendible.

Y no lo dice un opositor. Lo digo yo, que he sostenido —y sigo sosteniendo— que estamos ante una gota en un océano si se lo compara con la corrupción estructural del kirchnerismo. Pero justamente por eso, por ese contraste brutal que llevó a millones de argentinos a votar un cambio, es que este tipo de conductas resultan aún más graves. Porque traicionan la expectativa.

El gobierno llegó con una bandera clara: anti casta, anti privilegios, anti corrupción. No había zonas grises. No había “depende”. Era blanco o negro. Y esa claridad fue su mayor fortaleza. Hoy, casos como el de Adorni empiezan a manchar ese mensaje con una tinta peligrosa: la de la incoherencia.

No se trata de magnitudes, se trata de principios. El argumento de “no es para tanto” es el mismo que durante años justificó abusos, acomodos y desvíos. Si el nuevo gobierno cae en esa lógica, entonces pierde la superioridad moral que lo llevó al poder. Y sin eso, queda reducido a una administración más.

Adorni ya no suma. Resta. Y en política, cuando alguien resta de manera sostenida, se convierte en un problema que debe resolverse, no en una discusión que debe prolongarse.

La salida es clara y urgente: renuncia. No como castigo, sino como gesto. Como señal. Como recordatorio de que esta vez las cosas se hacen distinto. Que no hay lugar para privilegios, ni siquiera en los propios.

Porque el verdadero riesgo no es Adorni en sí mismo. El verdadero riesgo es empezar a parecerse a aquello que se prometió erradicar. Y ese, sí, sería un daño mucho más profundo.

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