Mario Teijeiro, economista de Ucema y FIEL: “El país está a la merced de un populismo destructivo”

ECONOMÍA 12 de julio de 2022 Por Daniel Sticco*
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Después de un comienzo de julio con la sorpresiva renuncia de Martín Guzmán al frente del Ministerio de Economía, más por la forma que por sus resultados de gestión, la sucesora, Silvina Batakis, destacó que va a “seguir trabajando en un programa fiscal sustentable y de acumulación de reservas y el soporte del Banco Central al precio de los títulos y Letras del Tesoro”.

Sin duda, se trató un mensaje que lejos de tranquilizar a los mercados los inquietó más de lo que estaban por la aceleración de la inflación, el aumento de las restricciones de venta de cambio, en particular para los importadores de insumos imprescindibles para la actividad productiva, incluso la que genera excedentes exportables, porque en lugar de transmitir la necesidad de cambios en la política macroeconómico, vino a reafirmar lo hecho por el ministro saliente, y sumar otro impuesto a la Renta Inesperada -aunque debe pasar por el filtro del Congreso, donde la principal fuerza de oposición anticipó que no lo va a votar-.

Con ese escenario, Infobae entrevistó a Mario Teijeiro –economista de la Universidad de La Plata y master en la Universidad de Chicago y profesor de Finanzas Públicas en la Universidad del CEMA; además de miembro del Consejo Académico de FIEL– y con larga trayectoria en el análisis de políticas públicas, quien dio su lectura de cómo a la economía argentina desde los EEUU, donde reside habitualmente, y sus expectativas para lo que resta del período del gobierno y los desafíos que estima enfrentará el próximo.

— ¿Lo sorprendió la renuncia de Martín Guzmán a Economía?; ¿Qué dejó su gestión?

— No, no me sorprendí. Era algo que había esperado que ocurriera mucho antes, dada la hostilidad que enfrentó. Su gestión deja una sensación de gran fracaso por los malos resultados obtenidos. Su prolongada permanencia en el cargo se explica por la ingenuidad de creer que las políticas heterodoxas son suficientes para tener éxito o por un raro apego personal a mantenerse en el poder a cualquier costo. Su único crédito es que las cosas podrían haber sido aun peores si el no hubiera estado.

— ¿Qué espera de la ministra Silvina Batakis?

— No espero que pueda hacer una diferencia significativa en el final de este gobierno. Tiene una convicción profunda en la heterodoxia económica y es por eso que fue nombrada ministra. Su aporte positivo puede estar en convencer a la autoridad política de mantener un control fiscal mínimo para evitar la hiperinflación a corto plazo.

— El Gobierno llegó a un acuerdo con el FMI el 25 de marzo 2022 para reestructurar los vencimientos de la deuda, pero no logró recuperar la confianza de los agentes económicos. A la distancia, ¿Por qué cree que ocurre eso?

— El programa del FMI fue extremadamente débil y además está siendo groseramente incumplido por el gobierno. Esto no ha sido una sorpresa para un FMI que sabía que no le sacaría un dólar a un gobierno kirchnerista convencido de que “es la deuda de Macri y no somos nosotros los que la pagaremos”. El programa con Argentina tuvo objetivos mínimos, que fueron evitar una situación limite de default formal (embarazosa para el FMI y de difícil retorno para Argentina) y una situación económica dañina para el sector privado argentino. Se trató de un programa puente hasta la eventual llegada en 2023 de un gobierno con voluntad de normalizar sus relaciones con el mundo financiero y pagarle la deuda al FMI.

— El FMI aprobó la primera revisión del acuerdo, correspondiente al primer trimestre del año calendario, pero aceptó flexibilizar las metas de los dos períodos siguientes, y mantener las pautas originales para el cierre 2022. ¿Qué reflexión hizo sobre esas correcciones?

— Los objetivos limitados del programa explican la condescendencia con los incumplimientos iniciales. Pero de aquí en más los incumplimientos pueden ser tan groseros que sean intolerables para un FMI que está arriesgando generar antecedentes inconvenientes para imponer condicionalidad a otros países deudores.

— ¿Estamos entonces frente a una situación potencialmente insostenible?

— Decididamente sí. El aumento del riesgo país y la evolución de las variables financieras indican que el mercado está viendo que el poder político se sigue inclinando hacia la línea dura de Cristina Fernández de Kirchner, que rechazó el acuerdo. Estamos camino a las elecciones de 2023 con el Gobierno crecientemente dominado por la idea de extremar el populismo para ganar los próximos comicios y, si se pierde, dejar desequilibrios económicos que sean inmanejables para la actual oposición. La geopolítica mundial favorece estos planteos extremistas. La invasión de Rusia a Ucrania ha dividido al mundo entre un eje totalitario y otro democrático. Latinoamérica está girando a la izquierda con las elecciones de Chile, Perú, Colombia y lo que puede pasar con Brasil si triunfa Lula. En este contexto, no cuesta imaginar a una Cristina Fernández de Kirchner entusiasta en sumarse a este movimiento histórico triunfando en las elecciones del 2023; y si no puede, quedando bien parada para liderar insurrecciones sociales contra el “neoliberalismo ajustador”, como las de Chile, Colombia o Ecuador. La actual pelea interna por el control de los movimientos sociales sugiere que se está preparando para ello.

— ¿Ve que en este contexto el país se encamina a un proceso de hiperinflación?

— A una inflación creciente, seguro. A una hiperinflación como la de 1989/90, no creo. El Gobierno es consciente de los costos políticos de una inflación descontrolada. Permitirla sería suicida. Con su tradicional populismo discriminador va a preferir “resolver” los desequilibrios cambiarios y monetarios a través de controles cada vez más estrictos. La consecuencia será una brecha cambiaria creciente, potencialmente mucho mayor a la actual, por la que los “ricos” tendrán que pagar carísimo los dólares para turismo, para importaciones no esenciales, para girar dividendos o repagar deuda externa, etc.; mientras el dólar oficial contiene el precio de los alimentos y la energía que consumen los pobres. Brechas desmesuradas terminarán operando como una devaluación selectiva, discriminatoria, fuente de corrupción y efectos económicos muy negativos para la argentina productiva.

— ¿Cómo imagina, entonces, la transición hacia las elecciones de 2023?

— La imagino conceptualmente parecida a la transición a las elecciones de 2015, en cuanto a lo que intentará hacer el gobierno, pero mucho más inestable. La razón es que ya no estará -como sí estaba en el 2015- la confianza en que los que vienen sabrán qué hacer con la economía. No existirá el inversor que se anticipa a traer capitales apostando al éxito de cualquier gobierno antikirchnerista. El próximo gobierno tendrá que hacer los deberes primero y la gran duda es si tendrá margen político para eso. No habrá apuestas financieras anticipadas que tranquilicen los mercados hasta que las encuestas indiquen que probablemente ganará un líder opositor que sepa lo que hay que hacer para salvar el Titanic argentino. No habrá retorno sustantivo de capitales permanentes hasta que el gobierno, una vez llegado al poder, haga los cambios prometedores y en el intento, el país no se desestabilice políticamente. En síntesis, en lo inmediato veo que el país está a la merced de un populismo destructivo, que piensa en términos de “o somos nosotros o hay que dejar una tierra arrasada”. El intento de hacer una transición ordenada con el FMI ya fracasó y no hay sustituto. La crisis económica y política podría agudizarse y hasta llegar a un punto que las elecciones se adelanten. En cualquier caso, este gobierno va a terminar mal o pésimo y de poco sirve ocuparse en especular sobre el desenlace específico. Todos los esfuerzos en la oposición tienen que centrarse en generar una alternativa política que gane con una plataforma de reforma económica profunda, con chance de éxito, que renueve la esperanza de un cambio en serio.

— ¿Cómo ve a Juntos por el Cambio para generar esa alternativa?

— La veo como una alianza todavía unida en defensa de la democracia republicana, pero dividida en lo económico. Las diferencias no saltaron en 2015 cuando la opción simplificada era “República o Venezuela”. Pero ahora el eje de la agenda pasa por la economía y esto se explica por la gravedad de la situación, pero también por el fracaso de la primera gestión de Cambiemos.

— Sin embargo, parece existir un consenso de los economistas en la necesidad de cerrar las brechas que se van acumulando en los flancos cambiario, tarifarios, monetarios, de salarios, de precios, aunque todavía no se avance en el “cómo” hacer esas correcciones.

— La corrección de los atrasos cambiarios y tarifarios no los hará este gobierno. Por el contrario, los agravará en su intento de recuperar el salario real, particularmente en los meses previos a las elecciones. Corregir esos atrasos será una herencia muy pesada para cualquier programa que pretenda mínimamente eliminar el déficit fiscal y “ordenar la macro”. Pero la discusión de fondo que han planteado claramente los libertarios es que eso no es suficiente; que para crecer sostenidamente y revertir la decadencia hay que cambiar de modelo económico de economía cerrada y corporativismo empresario y sindical a una economía abierta que crezca en base a exportaciones y mayor ahorro interno. Acordar previamente el rumbo estratégico es esencial para definir la propuesta electoral y así plebiscitar en la elección tanto el duro ajuste macro como las reformas estructurales “políticamente incorrectas”.

— ¿Ve que en Juntos por el Cambio la discusión interna discurra por el tema de la estrategia económica?

— Tibiamente sí, pero aún sin la fuerza necesaria. El fracasado intento de Patricia Bullrich de incorporar a Javier Milei fue un indicador en ese sentido. Aparentemente, hay temor que la unidad dentro de Juntos por el Cambio pueda quebrarse si las ideas libertarias toman un rol central en la discusión interna. Quizás por ello no se ve un programa estratégico alternativo trabajado por la línea de Patricia Bullrich. En mi opinión, es esencial que, como parte de la competencia interna en las PASO, una de las líneas de Juntos por el Cambio tome las banderas de una Argentina que se abre genuinamente al mundo (para comerciar y no para endeudarse) y rompe la maraña de impuestos, regulaciones y “curros internos” que la hunden.

— Con ese escenario, ¿Hoy se pueden hacer propuestas de política para los primeros 100 días del nuevo gobierno?

— Es posible perfilar rasgos estratégicos generales, tanto para un programa que tenga un objetivo de mínima de “ordenar la macro” como para un programa más ambicioso que incluya apertura y reformas estructurales. Las medidas especificas desde el día 1 se podrán definir en cualquiera caso una vez que se conozca el punto de partida que se hereda.

— ¿Una reflexión final?

— En diciembre de 2023 el próximo gobierno se encontrará probablemente en una situación de realizar ajustes similares a los que hizo Jorge Remes Lenicov en 2001. Quien gane las elecciones no podrá entonces llegar con el discurso de 2015, prometiendo que va a defender el salario real y las conquistas sociales del kirchnerismo. Tiene que cautivar con las promesas de crecer primero, para lo cual se requieren reformas estructurales hasta hoy políticamente incorrectas. Si se continúa creyendo que se podrá crecer en base al mercado interno y para ello basta con bajar un poco el déficit fiscal, renegociar la deuda y hacer un programa antiinflacionario de shock, quizás tendremos un veranito, pero no tendremos futuro.

 

 

* Para www.infobae.com

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