


La nueva guerra de las baterías divide al mercado de smartphones
TECNOLOGÍA Agencia de Noticias del Interior
- El mercado de smartphones se divide entre fabricantes chinos y marcas tradicionales por la nueva tecnología de baterías.
- Las baterías de silicio-carbono permiten capacidades muy superiores a las actuales.
- El principal temor está en la expansión del silicio y su impacto a largo plazo.
- Los fabricantes incorporan refuerzos y sistemas de control para mitigar riesgos.
- Las altas capacidades suman incertidumbre técnica y desafíos logísticos.
- Costos y regulaciones frenan, por ahora, la adopción global de estas baterías.
El mercado global de smartphones atraviesa una fractura cada vez más visible. De un lado, los fabricantes chinos avanzan con una apuesta decidida por baterías de silicio-carbono de capacidades inéditas, que superan con holgura los estándares actuales. Del otro, las marcas tradicionales se mueven con cautela y prefieren sostener tecnologías probadas antes que dar un salto que todavía despierta interrogantes. En el centro del debate aparece una pregunta clave: hasta qué punto esta nueva generación de baterías es segura y viable a gran escala.
La discusión volvió a ganar protagonismo en los últimos días a partir de un video que se viralizó con rapidez dentro del ecosistema tecnológico. Allí se plantean dudas sobre los posibles riesgos asociados a las baterías de silicio-carbono, una tecnología que comenzó a llegar a los smartphones hace apenas un par de años y que permite alcanzar capacidades superiores a los 7.000, 8.000 e incluso 10.000 miliamperios hora.
Las baterías de silicio-carbono no son una invención reciente, pero su implementación masiva en teléfonos móviles sí lo es. A diferencia de las baterías de iones de litio convencionales, incorporan silicio en el ánodo, lo que permite almacenar más energía en el mismo espacio. El problema es que el silicio tiene una característica física compleja: durante los ciclos de carga y descarga puede expandirse de manera significativa, llegando a multiplicar varias veces su volumen. Esa expansión y contracción repetida genera tensiones internas que, en teoría, podrían provocar deformaciones, grietas o fallas a largo plazo.
Para mitigar esos riesgos, algunos fabricantes recurren a refuerzos estructurales dentro del compartimento de la batería, como pequeñas jaulas metálicas, y a sistemas de control avanzados que monitorean en tiempo real la temperatura y el comportamiento de la carga. La industria insiste en que no se trata de un salto improvisado, sino de una evolución controlada de las baterías de litio, acompañada por chips dedicados y diseños internos más sofisticados.
Los antecedentes juegan a favor de una mirada menos alarmista. El primer smartphone comercial que incorporó una batería de este tipo en el mercado chino lleva más de dos años en circulación sin reportes de incidentes relevantes. En ese sentido, varios especialistas recuerdan que tecnologías hoy naturalizadas —como la carga rápida— también generaron temores en sus inicios y terminaron consolidándose tras un período de ajustes y pruebas.
Sin embargo, el desafío no se limita a la seguridad. La verdadera carrera está en aprovechar la mayor densidad energética para aumentar de forma drástica la autonomía de los dispositivos. Aquí aparece un nuevo factor de incertidumbre: cuanto mayor es la capacidad, más difícil resulta predecir el comportamiento de la batería en escenarios de uso intensivo y prolongado. No es lo mismo incorporar una tecnología nueva que hacerlo, además, con cifras que duplican o triplican las capacidades habituales.
A esto se suman obstáculos logísticos y económicos. Las baterías de silicio-carbono son más costosas de fabricar y transportar. En muchos mercados, especialmente fuera de Asia, existen regulaciones estrictas que limitan el transporte de baterías por encima de ciertos umbrales de energía medidos en vatios hora, una variable más relevante que los miliamperios hora que suelen figurar en las especificaciones comerciales. Superar esos límites implica procesos más largos, permisos especiales y mayores costos.
En un contexto donde otros componentes clave ya presionan sobre los precios, incorporar baterías más caras y complejas no parece, por ahora, una decisión sencilla para los grandes fabricantes. Así, la división del mercado refleja no solo una diferencia tecnológica, sino también distintas estrategias frente al riesgo y al margen de rentabilidad. La guerra de las baterías ya empezó, pero su desenlace todavía está abierto.









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