La infraestructura de la inteligencia artificial ya se mide en escala histórica

TECNOLOGÍA Agencia de Noticias del Interior
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  • La inversión en infraestructura de inteligencia artificial crece a un ritmo sin precedentes.
  • Las principales tecnológicas podrían gastar hasta 670.000 millones de dólares en un solo año.
  • El esfuerzo se mide mejor como porcentaje del PIB que en cifras nominales.
  • La inversión en IA ronda el 2,1% del PIB, comparable a grandes hitos históricos.
  • A diferencia de otros proyectos, el gasto es mayoritariamente corporativo y no estatal.
  • El despliegue de la IA adquiere una dimensión estratégica que trasciende al sector tecnológico.

La carrera por la inteligencia artificial dejó hace tiempo de expresarse solo en lanzamientos de productos, promesas futuristas o demostraciones técnicas. Hoy, el pulso real de esa competencia se percibe en otro terreno: el de las inversiones concretas y sostenidas en infraestructura. Centros de datos, expansión de capacidad de cómputo, hardware especializado y redes energéticas asociadas conforman la base material de un proceso que avanza a una velocidad difícil de pasar por alto. Más allá de los debates sobre si existe o no una burbuja, el volumen de capital ya comprometido marca un punto de no retorno.

En Estados Unidos, las principales compañías tecnológicas están protagonizando una escalada de gastos que redefine la dimensión económica del sector. Las cifras proyectadas para los próximos años muestran que no se trata de apuestas marginales ni de movimientos defensivos, sino de una estrategia de largo plazo que busca asegurar liderazgo tecnológico y capacidad operativa. La pregunta relevante ya no es si la inversión existe, sino qué tamaño tiene y qué lugar ocupa dentro de la economía en su conjunto.

Las estimaciones más recientes indican que Meta, Amazon, Microsoft y Alphabet podrían concentrar hacia 2026 un gasto conjunto cercano a los 670.000 millones de dólares destinados específicamente a infraestructura de inteligencia artificial. Se trata de desembolsos de capital orientados a sostener el funcionamiento y la expansión de modelos cada vez más demandantes en términos de procesamiento, almacenamiento y consumo energético. Cuando una sola anualidad alcanza ese nivel, el impacto deja de ser abstracto y comienza a proyectar efectos macroeconómicos.

Para dimensionar ese esfuerzo, algunos análisis optan por un enfoque menos habitual pero más revelador: en lugar de comparar montos absolutos ajustados por inflación, se mide el peso de la inversión en relación con el producto interno bruto. Ese criterio permite evaluar cuánto representa cada proyecto dentro de la economía de su época, más allá de las cifras nominales. Bajo esa lupa, la infraestructura de la inteligencia artificial adquiere una relevancia histórica.

La comparación con grandes hitos económicos de Estados Unidos resulta ilustrativa. La Compra de Luisiana, a comienzos del siglo XIX, implicó un desembolso equivalente al 3% del PIB. La expansión ferroviaria del siglo XIX rondó el 2%, mientras que la construcción del sistema de autopistas interestatales se ubicó cerca del 0,4%. El Programa Apolo, símbolo del liderazgo tecnológico durante la Guerra Fría, representó alrededor del 0,2% del PIB. Frente a esos antecedentes, la inversión prevista en infraestructura de inteligencia artificial se sitúa en torno al 2,1% del PIB, una magnitud comparable con algunos de los procesos más transformadores de la historia económica estadounidense.

El paralelismo, sin embargo, no implica una equivalencia directa. A diferencia de muchos de esos proyectos, impulsados y financiados principalmente por el Estado, el actual despliegue de infraestructura para la IA está liderado por el sector privado. Son las grandes corporaciones las que asumen el grueso del costo, motivadas por la necesidad de sostener su posición competitiva en un mercado global cada vez más exigente.

Eso no significa que el Estado permanezca al margen. Las decisiones regulatorias, la planificación energética, la disponibilidad de suelo y la concesión de permisos juegan un papel clave en el ritmo y la viabilidad de estas inversiones. Sin asumir la factura principal, el sector público influye de manera decisiva en el marco que permite o limita la expansión de los centros de datos y de la infraestructura asociada, en línea con una estrategia más amplia orientada a preservar el liderazgo tecnológico.

La comparación histórica apunta, en definitiva, a algo más profundo que un ejercicio numérico. Revela el nivel de prioridad que una sociedad asigna a determinadas tecnologías en un momento dado. Cuando la inteligencia artificial moviliza recursos equivalentes a los de grandes hitos económicos del pasado, deja de ser solo una tendencia del sector tecnológico y se convierte en un fenómeno estratégico con impacto estructural. El tamaño de la apuesta ya no admite dudas; ahora, el debate se desplaza hacia sus consecuencias de largo plazo.

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