



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
El peronismo descubrió algo maravilloso: el rencor no garpa en las encuestas. Después de varias derrotas que dejaron a más de uno mirando el techo a las tres de la mañana, la dirigencia decidió ensayar una disciplina nueva. No es yoga, no es mindfulness: es misericordia. O, dicho en criollo, tragarse el orgullo para ver si se puede volver a sumar.
La escena parece escrita por un guionista con debilidad por los giros argumentales. Miguel Ángel Pichetto, que durante años practicó el deporte olímpico de criticar a Cristina Fernández de Kirchner, terminó visitándola en su departamento de la calle San José. Sin selfie, sin transmisión en vivo, sin filtros de Instagram. Solo política en estado puro: cuando el adversario es fuerte, los viejos enemigos se vuelven compañeros circunstanciales.
La confirmación pública del encuentro llegó en un acto con nombre de manual peronista: “Doctrina, Industria y Trabajo”. Un título que suena a materia obligatoria del CBC justicialista. Allí, entre militantes que todavía creen que la historia les dará la razón y dirigentes que creen que la historia debería apurarse un poco, se habló de unidad. Siempre unidad. La palabra mágica que aparece cada vez que el poder queda lejos.
En la primera fila orbitaba Guillermo Moreno, experto en discusiones encendidas que ahora promueve abrazos tácticos. Moreno ya había iniciado su propio regreso al redil, convencido de que las diferencias ideológicas son como las dietas: se sostienen hasta que aparece algo más tentador. Y nada es más tentador que la posibilidad de volver a disputar el centro de la escena.
El encargado de darle marco espiritual al asunto fue Esteban “Gringo” Castro, con referencias a la misericordia y a la necesidad de perdonarse. No es un detalle menor. Hace no tanto, Pichetto cuestionaba con entusiasmo las expresiones más sociales de la Iglesia cercana al pensamiento del Papa Francisco. Pero la política argentina tiene esa magia: donde antes había diferencias irreconciliables, ahora hay matices conversables.
Cuando tomó la palabra, Pichetto fue más directo: el peronismo tiene que perdonarse. Una frase que, en cualquier otro espacio político, sonaría a taller de coaching ontológico. Pero acá implica algo más complejo: aceptar que todos, en algún momento, se dijeron cosas horribles. Y que ahora conviene hacer de cuenta que no fueron tan horribles.
El argumento es claro: divididos, no alcanzó; unidos, quién sabe. La comparación con experiencias regionales sobrevoló el discurso como quien menciona un ejemplo exitoso esperando que la suerte sea contagiosa. La idea es simple y ambiciosa al mismo tiempo: sumar a todos, incluso a los que hace cinco minutos eran presentados como traidores seriales.
Hubo también gestos simbólicos. Antes de hablar, Pichetto se fotografió junto a imágenes religiosas, en una escenografía que combinaba tradición, identidad y mensaje interno. El peronismo puede discutir estrategias, puede revisar liderazgos, pero jamás abandona la liturgia. Si la política es teatro, el decorado nunca es improvisado.
En el plano discursivo, la consigna fue recuperar centralidad alrededor del trabajo, la producción y la idea de un “capitalismo productivo”. Un concepto que intenta reconciliar mercado e industria, empresa y salario, Estado y rentabilidad. Es una fórmula que el movimiento conoce bien, aunque cada tanto necesite actualizar el envase para que parezca nueva.
Moreno aportó su mirada sobre el rumbo internacional y la necesidad de revisar decisiones pasadas. Según su interpretación, el modelo anterior no fracasó: simplemente llegó a su límite. La culpa, como siempre, es del contexto, de la globalización o del clima. Lo importante ahora es reconstruir una narrativa que vuelva a entusiasmar a los propios y, si es posible, seduzca a los ajenos.
El gran interrogante es si el electorado comprará esta versión reconciliada del peronismo. Porque una cosa es el perdón entre dirigentes —que suele ser más pragmático que espiritual— y otra muy distinta es la memoria de los votantes. La sociedad argentina ha demostrado en los últimos años una notable habilidad para castigar a quienes considera responsables del desencanto.
Sin embargo, el mensaje está lanzado: sin exclusiones, sin pases de factura públicos, con todos adentro. “Viejo es el viento”, deslizó Pichetto, en una frase que mezcla desafío y nostalgia. Tal vez tenga razón. O tal vez el viento sea precisamente lo que cambió y explique por qué hoy están todos tratando de acomodarse para no quedar despeinados.
En la Argentina, la política es pendular. Los que ayer se fueron, vuelven. Los que ayer gritaban, hoy susurran. Y los que ayer prometían no hablarse nunca más, ahora comparten escenario bajo la bandera de la unidad. La misericordia, al final, no es solo una virtud cristiana: es una necesidad electoral. Y en año preelectoral, hasta los corazones más endurecidos descubren que perdonar también puede ser una inversión a futuro.






El Senado reabre el debate por las falsas denuncias y busca un equilibrio legal sin vulnerar derechos

El peso sorprende: de moneda frágil a refugio inesperado en medio de la turbulencia global

Un giro en la causa Nisman: piden procesar a la ex fiscal Viviana Fein por encubrimiento

Entre anuncios y demoras: el Gobierno busca retomar la iniciativa legislativa



























