Milei enfrenta el desafío de convertir un escenario externo excepcional en crecimiento para toda la economía

ECONOMÍA Agencia de Noticias del Interior

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  • Los términos de intercambio argentinos se encuentran casi 49% por encima del promedio histórico desde 1900.
  • La actual coyuntura internacional favorece especialmente a la energía, la minería y el sector agropecuario.
  • El superávit comercial del primer semestre rondó los 14.000 millones de dólares, con fuerte aporte energético.
  • La economía muestra una marcada divergencia entre sectores vinculados a recursos naturales y actividades industriales y comerciales.
  • El conflicto entre Javier Milei y Lula da Silva introduce incertidumbre en una relación comercial estratégica.
  • El principal desafío del Gobierno es transformar la excepcional ventaja externa en crecimiento, empleo e inversión para el conjunto de la economía.

El gobierno de Javier Milei atraviesa una etapa marcada por una paradoja: la Argentina disfruta de uno de los contextos internacionales más favorables de toda su historia económica, pero ese beneficio todavía no logra trasladarse de manera uniforme al conjunto de la actividad. Los términos de intercambio, indicador que compara los precios de los productos que el país exporta con los que importa, se encuentran en niveles que prácticamente no tienen precedentes en los últimos 125 años.

De acuerdo con una estimación elaborada sobre la base de series históricas, el indicador se ubica actualmente casi 49% por encima de su promedio desde 1900. El máximo anterior había sido registrado en 2012, cuando se encontraba alrededor de 47% por encima de ese promedio. Aquel período había coronado una década de mejora casi continua iniciada en 2003, cuando el fuerte aumento de los precios internacionales de las materias primas generó condiciones extraordinariamente favorables para la economía argentina.

La historia muestra, sin embargo, que disponer de un escenario externo favorable no garantiza por sí mismo un proceso sostenido de desarrollo. Los máximos de 1909, 1948 y 1973 estuvieron asociados a diferentes etapas de expansión, mientras que los derrumbes del indicador coincidieron con momentos de fuertes dificultades económicas y políticas. El desafío para la actual administración consiste, precisamente, en aprovechar la oportunidad sin repetir experiencias en las que una bonanza externa terminó diluyéndose sin generar transformaciones estructurales.

El contexto internacional actual ofrece razones para el optimismo. La demanda global de energía y minerales críticos, impulsada entre otros factores por las enormes necesidades de infraestructura asociadas al desarrollo de la inteligencia artificial, favorece a países productores de petróleo, gas, alimentos y recursos mineros. La Argentina aparece particularmente bien posicionada por el potencial de Vaca Muerta, la expansión de la producción agropecuaria y las inversiones mineras en distintas regiones del país.

Durante el primer semestre, el superávit comercial rondó los 14.000 millones de dólares, con un crecimiento muy significativo respecto del mismo período del año anterior. La energía aportó aproximadamente la mitad de ese resultado. A esto se suma una cosecha que podría acercarse a los 170 millones de toneladas y el avance de proyectos de infraestructura destinados a ampliar la capacidad de transporte y exportación de hidrocarburos.

Sin embargo, la fotografía cambia cuando se observa la economía desde el empleo y el mercado interno. Entre diciembre de 2023 y junio de 2026, solo algunos sectores mostraron un crecimiento superior al 10%, principalmente agricultura, ganadería y pesca, intermediación financiera, energía y minería. En sentido contrario, la construcción, la industria manufacturera y el comercio registraron contracciones.

El problema adquiere mayor dimensión porque los sectores expansivos representan una proporción relativamente pequeña del empleo formal, mientras que las actividades que retrocedieron concentran la mayor parte. De allí surge una economía a dos velocidades: un núcleo vinculado con los recursos naturales y las actividades financieras crece, mientras buena parte de la industria, la construcción y el comercio enfrenta dificultades.

Esa divergencia también alimenta la tensión política. La reducción de la inflación, la baja del riesgo país y una mayor estabilidad macroeconómica constituyen logros relevantes, pero encuentran límites cuando no se traducen en una recuperación generalizada de la actividad. La inflación de 2,9% registrada en julio en la Ciudad de Buenos Aires y el deterioro de algunos indicadores de confianza reflejan parte de esas dificultades.

En ese escenario aparece además el conflicto con Brasil, principal socio comercial de la Argentina. La tensión entre Milei y el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, introduce un factor de riesgo innecesario en una relación económica de enorme importancia. Brasil no solo representa un mercado central para las exportaciones argentinas, sino también el principal destino de buena parte de la producción industrial.

La posibilidad de que el enfrentamiento político derive en medidas comerciales concretas está limitada por las reglas del Mercosur y por acuerdos bilaterales específicos. Además, existen fuertes incentivos económicos para evitar una escalada. Brasil necesita el mercado argentino para sus productos industriales y la Argentina necesita preservar el acceso a uno de sus principales socios.

El desafío de Milei, por lo tanto, no pasa solamente por sostener la estabilidad macroeconómica. La cuestión decisiva será transformar una coyuntura internacional excepcional en inversión, empleo, producción y desarrollo extendido. La Argentina vuelve a encontrarse ante una oportunidad histórica. La diferencia, esta vez, estará determinada por su capacidad para convertir la ventaja externa en una economía capaz de crecer más allá de los sectores favorecidos por el nuevo ciclo de materias primas.

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