


Consumo en alerta: la economía crece, pero el bolsillo todavía no lo siente
ECONOMÍA Agencia de Noticias del Interior
- El consumo privado muestra niveles elevados, pero el consumo masivo continúa por debajo de los registros de años anteriores.
- Las familias reducen cantidades, buscan promociones y reemplazan marcas para sostener sus compras habituales.
- La pérdida de poder adquisitivo, el empleo y el endeudamiento limitan una recuperación más fuerte de la demanda.
- El cambio de hábitos alcanza a distintos sectores sociales y transforma la manera en que los consumidores deciden sus compras.
- La desaceleración de la inflación podría mejorar el ánimo de los hogares, aunque los especialistas anticipan una recuperación gradual.
- El desafío para el Gobierno será conseguir que la mejora de las variables macroeconómicas llegue finalmente al consumo cotidiano de las familias.
El Gobierno sostiene que el consumo privado atraviesa niveles récord y utiliza ese dato como una de las señales del cambio de ciclo económico. Sin embargo, detrás de esa fotografía general aparece otra realidad mucho menos alentadora: el consumo masivo continúa retrocediendo y expone las dificultades que todavía enfrentan los hogares para recuperar capacidad de compra. La diferencia entre ambos indicadores permite observar una economía que mejora en algunas variables, pero cuya recuperación todavía no se distribuye de manera homogénea entre los consumidores.
El consumo privado argentino alcanza, según las estimaciones citadas por especialistas del sector, unos 500.000 millones de dólares y comprende tanto bienes como servicios. Dentro de ese universo, el consumo masivo representa alrededor de 33.500 millones de dólares. Su peso relativo es menor, pero su importancia política y social es considerablemente mayor porque refleja las compras cotidianas: alimentos, bebidas, productos de limpieza, higiene y otros artículos que forman parte de la vida diaria de las familias.
En ese segmento la recuperación todavía no aparece. El volumen vendido durante junio se ubicó 2,7% por debajo del mismo mes del año anterior y permaneció 17% por debajo del registro de enero de 2023. Es una distancia significativa que revela que la desaceleración de la inflación todavía no consiguió traducirse en una recuperación contundente de la demanda.
La paradoja es evidente. Mientras Javier Milei y Luis Caputo destacan la expansión del consumo privado como una consecuencia de la estabilización macroeconómica, millones de familias continúan modificando sus hábitos para llegar a fin de mes. La inflación puede haber dejado de ser el principal problema percibido por la sociedad, pero eso no significa que el deterioro acumulado de los ingresos haya desaparecido.
El consumidor argentino se volvió mucho más cuidadoso. Compara precios, busca promociones, cambia de marcas y reduce el tamaño de sus compras. La compra impulsiva perdió espacio frente a una conducta mucho más racional: adquirir aquello que resulta necesario y, dentro de lo posible, hacerlo al menor costo. No se trata simplemente de una transformación comercial. Es también una consecuencia directa de años de pérdida de poder adquisitivo.
Los números muestran hasta qué punto el fenómeno se extendió. Una parte importante de las categorías migró hacia presentaciones de menor desembolso y las promociones tienen una participación creciente en las ventas. El comercio electrónico, por su parte, registra un fuerte avance, aunque todavía representa una porción pequeña del volumen total y, por lo tanto, no alcanza para compensar la contracción de los canales tradicionales.
El problema excede incluso al salario. El mercado laboral y el nivel de ingresos disponibles aparecen como factores centrales para explicar la cautela de los consumidores. La pérdida de puestos de trabajo registrada durante la actual administración y el retroceso de los salarios reales condicionan la capacidad de las familias para ampliar sus gastos. Cuando el ingreso disponible cae, la economía doméstica deja de pensar en términos de preferencias y comienza a hacerlo en términos de prioridades.
A esa situación se suma el endeudamiento. Cada vez más hogares utilizan el crédito para afrontar gastos corrientes, lo que puede sostener artificialmente determinados niveles de consumo durante un período, pero también genera una presión adicional sobre los ingresos futuros. La deuda permite comprar hoy aquello que no puede pagarse con el salario actual, pero reduce la capacidad de consumo de mañana.
El fenómeno tampoco se limita a los sectores de menores ingresos. Los hogares de mayores recursos también están modificando comportamientos, aunque lo hacen desde otro punto de partida. Reducen determinados gastos, revisan consumos vinculados al entretenimiento y observan con mayor preocupación la situación de sus propias empresas. La contracción de la actividad, por lo tanto, termina alcanzando distintos niveles de la sociedad.
En este escenario, la evolución de la inflación será determinante. Si la desaceleración de los precios logra consolidarse, podría comenzar a mejorar la percepción de los consumidores aun antes de que los salarios recuperen plenamente el terreno perdido. La sensación de que los precios dejaron de correr puede devolver cierta previsibilidad a los hogares y estimular decisiones de compra postergadas.
Pero difícilmente exista un rebote inmediato. La recuperación del consumo masivo dependerá de una combinación más compleja: inflación descendente, empleo estable, recuperación de los ingresos y menor necesidad de endeudarse para cubrir gastos básicos. Ninguna de esas variables puede corregirse de manera instantánea.
La economía puede exhibir indicadores positivos y, al mismo tiempo, mantener una sociedad que continúa haciendo cuentas antes de comprar. Esa es la contradicción que el Gobierno deberá resolver si pretende convertir la recuperación macroeconómica en una mejora perceptible para la mayoría. Porque la verdadera prueba de una estabilización no estará únicamente en las estadísticas generales, sino en algo mucho más sencillo: que las familias vuelvan a comprar sin sentir que cada decisión representa un sacrificio.






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