¿A qué se dedica Cristina mientras a los demás nos agobian el virus y la pobreza?

OPINIÓN 07 de abril de 2021 Por Marcos Novaro*
La política kirchnerista es eso que hacen sus líderes aprovechando que los demás están atentos a otros asuntos. En estos días la señora y su hijo se dedican con esmero a perfeccionar la trampa de la decadencia. ¿Habrá salida?
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La pandemia es un enorme desafío para el gobierno de Alberto Fernández, pero también es una oportunidad, porque ofrece excusas y distracciones para muchas cosas que el oficialismo pretende lograr y, en otras circunstancias, sería más difícil hacer pasar.

En el capítulo judicial, para empezar, el ministro Martín Soria y los representantes oficialistas en el Consejo la Magistratura corren una carrera contra reloj para acorralar a jueces independientes y fiscales, en particular al jefe de los fiscales, el procurador Casal, antes de que empiece la campaña electoral y convenga mostrar rostros no tan salvajes. Soria dice que no va a seguir persiguiendo jueces, pero se ve que con Casal piensa hacer una excepción. Y lo mismo les espera a los muchos funcionarios judiciales que tomaron por costumbre visitar a Macri en Olivos, una prueba más de que al Primer Tiempo algunos se lo tomaron muy livianamente, como un encuentro de amigos para estirar las piernas e ir calentando. Grave error que estamos pagando caro. Entre las presas que el oficialismo busca atrapar con más esmero, se destacan también los tribunales electorales. No es un tema menor: la politización también de esos cargos va a significar, está ya significando, un salto importante hacia la extinción del pluralismo.

Mientras tanto avanza la operación para someter al peronismo bonaerense a los designios de Máximo y La Cámpora. Una iniciativa que va a dejar algunos heridos, como Fernando Gray. Pero que es difícil que vaya a tener mayores costos electorales, dado que los jefes comunales como Gray dependen más que nunca para sobrevivir de los recursos que reciben bien de La Plata, bien de la Casa Rosada. Más allá de las tensiones entre esas dos ventanillas donde atiende el kirchnerismo, no difieren en que la unidad peronista y el control total del principal distrito del país son sus objetivos prioritarios. De allí que les subordinen todo lo demás, y les dediquen todo el tiempo y el dinero disponible.

Para cerrar el combo, Cristina y Máximo están abocados a ponerle un candado a la política económica, no solo a la inmediata, la que se va a hacer de acá a las elecciones, eso ya está consumado, sino a la mediata, a la que vendrá después de octubre. Porque no hay radicalización institucional sin radicalización económica, y esta va a ser imposible si se aceptan las condiciones habituales de los planes de financiamiento de largo plazo del FMI. Para escaparles, Cristina y Máximo hacen lo de siempre: agitan la bandera de la autarquía y, mientras tanto, van promoviendo desequilibrios tales entre precios, tarifas, cuentas públicas y tipos de cambio alternativos que solo un estallido podría desenredarlos. Como Alberto y Guzmán no van a querer que ese estallido se produzca bajo sus narices y a su costa, tendrán que acatar lo que la dinastía gobernante los habilite a hacer desde el Congreso para ir zafando. Dada esta situación, no se entiende muy bien por qué algunos actores económicos y analistas todavía esperan que “después de octubre las cosas se van a normalizar”. Tal vez porque siguen abrazados a la esperanza blanca que les vende Guzmán, a esta altura un actor muy menor del drama que nos ocupa, y a quien habría que preguntarle si no le parece que ya vendió demasiadas veces el mismo pescado, y no llegó la hora de ponerle algún límite a lo que está dispuesto a ceder de su oficio profesional y su responsabilidad.

Como vemos, los planes de la señora marchan bien. El gobierno es un caos, pero su agenda prospera. Y no es casualidad: la fórmula pergeñada en mayo de 2019, aunque muy sencilla, le bastó para lograr dos éxitos fundamentales: no sólo recuperar el poder, algo que muchos consideraban imposible, sino ejercerlo al menor costo en circunstancias de estrechez fiscal como las que iba a haber, y resultó habiendo aún más por la pandemia. Ha logrado, por decir así, la situación ideal: controlar todos los resortes para perseguir sus objetivos, sin tener que hacerse cargo de ninguna de las dificultades, sin andar dando malas noticias ni poniendo la cara en los conflictos.

Ahora va por más, y busca sellar a cal y canto este cuadro de situación; poniéndole también un candado a la competencia interna en la coalición gobernante, y a la posibilidad de la alternancia. Dos objetivos que ya estuvieron en agenda en el ciclo anterior, entre 2003 y 2015, pero con instrumentos partidarios, económicos y judiciales que resultaron insuficientes. No es casual, por tanto, que sean esos asuntos, que probaron ser los decisivos para que “no vuelvan nunca más a ganarnos” (Macri, el liberalismo, complétese como más guste), a los que les dedique ahora su mayor esmero.

Volviendo a Macri, él nos cuenta en su libro, que tiene muchos pasajes interesantes, que la ve mal a Cristina. ¿En serio? La verdad es que se la ve bastante bien. A los que se nos ve mal, en todo caso, es al resto. Macri tal vez debería aprender de su propia experiencia: es un gravísimo error subestimar a los adversarios, cuando lo hicieron con él, le fue bien, después se cansaron de ayudarlo y le fue mal. No hace falta que siga devolviendo el favor.

No, Cristina y su proyecto gozan de buena salud, aun en la adversidad. Puede soportar incluso que a su gobierno le vaya entre mal y muy mal, porque su fórmula política igual tendrá chances de sobrevivir. No va a necesitar ganar por sí misma las elecciones, si logra que el peronismo unido lo siga haciendo por ella. Ni siquiera va a necesitar que su disculpa judicial se concrete, le alcanza con conseguir que la guerra judicial se trabe y desparrame sobre todos los involucrados el virus de la desconfianza y la ilegitimidad.

Ni siquiera hace falta que la economía mejore: necesita sí buenos argumentos para justificar que no lo haga, y se lo proporcionan, además de la pandemia, la fuga -ya no solo de los capitales sino de los empresarios y sus familias en cuerpo y alma- que su mismo imperio provoca. La fuga demuestra, todos los días, que al capital hay que cercarlo y esquilmarlo antes de que se escape, y que las fuerzas sociales necesarias para un proyecto alternativo declinan tan o más rápido que nuestros índices sociales. Tenemos cada vez más pobres, es cierto, pero los culpables no están en la Casa Rosada, cabe pensar, sino entre los ricos que nos abandonan. Y así es como la decadencia económica se alimenta de sus propios frutos. Replicando y reforzando la dinámica en que se reproduce nuestro actual equilibrio político electoral: porque el Estado necesita cada vez más recursos se los tiene que sacar a quienes aún tienen algo que dar, y es lógico que quienes dependen del cobro de esos impuestos para sobrevivir vean en ello la única posibilidad a la mano para asegurar su subsistencia.

Este círculo vicioso de la decadencia no es la primera vez que se nos impone. Pero nunca lo había hecho por tanto tiempo, y con tanta armonía y funcionalidad entre el plano electoral y el económico. A ello ha dedicado todo su esmero Cristina y hay que reconocérselo. Ha logrado organizar mejor que hasta 2015 un sistema, un régimen, y esa es también una enorme diferencia con el polo alternativo: el suyo no es necesariamente más numeroso, ni políticamente más creativo y potente, pero sí está mejor organizado, cuenta con reglas más adecuadas a sus necesidades.

Los frutos de ese árbol están camino a madurar. Hay quienes creen, como Macri (de nuevo es oportuno traer a cuenta sus juicios), que esos frutos van a ser tan malos que va a quedar por fin en evidencia que no nos conviene seguir atados al carro decadente del “populismo”. Nos espera, según el expresidente, una crisis aleccionadora, por fin suficientemente aleccionadora como para que aprendamos definitivamente la lección, porque se supone todas las crisis anteriores no lo habrían hecho lo suficiente.

¿En serio vamos a seguir esperando, va a seguir esperando alguien en este país, que los desastres del otro hagan el trabajo que le corresponde a cada uno? No parece una buena idea.

Menos todavía si atendemos los entramados del sistema económico y político que el kirchnerismo ha montado para que su dominio se reproduzca en el tiempo, independientemente de los resultados circunstanciales de sus políticas. Y a lo mucho que ha avanzado el desánimo respecto a que sea posible abrir otro horizonte.

El punto en que ambas dinámicas, la de la reproducción del statu quo y la de la debilidad de las expectativas de cambio, convergen es el de la unidad del peronismo, tanto la de sus votantes como la de sus organizaciones, en torno a su actual grupo dirigente. Y es en ese punto donde se jugará seguramente no solo el próximo choque electoral, sino lo que nos espere a continuación.

Es a esa cuestión, afortunadamente, a la que Macri dedica algunos de los mejores pasajes de su balance de gestión, y plantea sus más claras autocríticas, como cuando sostiene que negoció muy mal con el llamado peronismo moderado. No explica, sin embargo, cómo hubiera sido hacerlo bien, cómo es posible que funcione su tardía apuesta por contar con una “pata peronista” en JXC, algo que no parece estar avanzando demasiado, y cómo, finalmente, piensa que eso pueda volverse compatible con la gestión de un programa de estabilización y reformas que deberá ser inevitablemente más exigente y conflictivo que el que él apenas esbozó. Son cuestiones todas que, claro, no se le pueden pedir a un solo libro.

 

 

* Para TN

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