Otra derrota que Alberto Fernández festeja

OPINIÓN Por Claudio Jacquelin*
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Después de asimilar el rotundo fracaso del presupuesto en el Congreso, el Presidente encontró un motivo para celebrar. Igual que el 14 de noviembre, cuando apareció festejando el traspié electoral. Para él, toda crisis es una oportunidad. Y toda derrota, un triunfo. Paradojas de la política albertista. 

Tal vez haya que buscar las razones de su repetitiva conducta en la pasión futbolera de Alberto Fernández. Su condición de hincha de Argentinos Juniors lo acostumbró a las frustraciones más que a las alegrías, tanto como a construir un mito de cada esporádica satisfacción.

Al día siguiente del burdo espectáculo legislativo, Fernández decidió montarse en la asunción de Máximo Kirchner en el PJ bonaerense para celebrar la nueva chance de reconstituir su poder que el heredero K le había regalado.

Según la interpretación de Fernández y su mesa chica, el grosero error (así lo califican) del patrón del bloque oficialista le permitía al Presidente recuperar la centralidad y la autoridad interna que él mismo y el cristicamporismo se han afanado en boicotear sistemáticamente. Y el Presidente lo escenificó.

La sesión de templanza y empoderamiento a la que Fernández se sometió después del mediodía del viernes con sus tres fisioterapeutas anímicos preferidos (el canciller Santiago Cafiero, el ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, y el dipuamigo Eduardo Valdés) le permitió pasar del enojo al pragmatismo. Si lo ocurrido no había sido bueno para el país ni para el Gobierno, por lo menos que fuera útil para la ajada figura presidencial, concluyeron esa tarde en Olivos. Todo en clave de la interna frentetodista y de reconstitución albertista.

Una administración de dosis justas de pragmatismo y utilitario egoísmo convenció a Fernández de ubicarse por arriba de la crisis de la coalición y de la administración nacional. Y, sobre todo, lo impulsó a pararse por encima de la jefa y el “jefecito” Kirchner. Aunque sea por un ratito, como ocurrió en la noche de las perdidosas elecciones legislativas y en el acto del Día de la Militancia, tres días después.

Para hacerlo volvió a utilizar el argumento políticamente correcto de poner a salvo la unidad del Frente de Todos, que otra vez parecía en riesgo. La representación y la mitología son parte constitutiva de la política. Hasta que la realidad las confirme o desnude. Es cuestión de tiempo.

Refleja bien el ánimo recobrado la entrevista que luego del coaching le concedió Fernández al director de Perfil, Jorge Fontevecchia, quien con oficio de editor la tituló: “No estuve, ni estoy ni estaré sometido a Cristina”. La frase es una precisa tomografía del espíritu presidencial de esa tarde de viernes. Micromomentos.

“Máximo se comió un cachetazo de realidad igual que otros que se manejaron con soberbia y prepotencia cuando no tenían con qué”, argumentan en el entorno presidencial para explicar desde dónde mira y analiza Fernández lo ocurrido.

Eso quiere decir que lo que le imputan al hijo bipresidencial no es tanto el desafortunado discurso que les dio la excusa a los opositores más duros para votar contra el presupuesto. Sí le endilgan haber cometido el reiterado error de querer tener razón antes que lograr el objetivo. Confusiones entre la táctica, la estrategia y la impericia. Es lo que creen (o dicen) para despejar teorías conspirativas.

Fernández y sus colaboradores de mayor confianza le reprochan, muy especialmente, al jefe de la bancada oficialista la demora en tratar el presupuesto que el Poder Ejecutivo envió al Congreso el 15 de septiembre pasado.

Máximo y Massa, apuntados

El pase de facturas tiene también por destinatario al presidente de la Cámara baja, Sergio Tomás Massa. Es, además, una forma de exculpar a Martín Guzmán, a quien el binomio legislativo frentetodista culpa tanto por el contenido del proyecto enviado como por la presión ejercida para que se aprobara la semana pasada para tratar de reencauzar las trabadas negociaciones con el FMI.

La excusa del tiempo electoral más un optimismo sin sustento en votos ni en bancas con la que Máximo Kirchner y Massa demoraron el tratamiento llevaron a que la iniciativa oficial se debatiera en un momento demasiado poco oportuno para el oficialismo si no estaba dispuesto a hacer concesiones. O, peor aún, para tratar de quebrar con sandwichitos secos y pólvora mojada a una oposición que estrenaba su triunfo electoral y está en proceso de dirimir liderazgos internos.

“Soberbia y prepotencia”, son los adjetivos descalificativos que endilgan a coro desde el albertismo y, también, es el nombre de la razón social que le pusieron a la sociedad maximassista a la que se dirigen las cuentas impagas. Las derrotas ajenas pueden ser victorias propias, aunque para eso haya que disociar al individuo Presidente de los colectivos Gobierno y coalición gobernante. Es lo que hay.

Detrás de esas acusaciones emerge la exigencia de diálogo y escucha para moverse por el nuevo mapa político que quedó configurado después de las elecciones. Es el nuevo mantra que mandan recitar desde la Casa Rosada y que, golpeado por el fracaso, entonó como alumno ejemplar Máximo Kirchner en su discurso de asunción al frente del PJ bonaerense. Otra paradoja: allí también se presentó como un aperturista del justicialismo el jefe de la organización más hermética de la política argentina de los últimos 50 años. La audacia y el cálculo pueden ser principios que se heredan. La ejecución suele ser más compleja.

Curioso también puede resultar que el imperativo de consensuar conviva en el mismo acto y en los mismos discursos de las mismas personas (Fernández y Kirchner hijo) con la descalificación a la mayoría de la oposición o con nuevos ataques a la Justicia. Concesiones a la interna, explican. O contradicciones principales y secundarias. El mandato de la hora es preservar la agrietada unidad del Frente de Todos, de la cual se ofrece como garante Fernández, que hasta hace nada era la pata débil de la mesa de conducción oficialista.

Empoderado por otra derrota victoriosa, el Presidente busca ahora (otra vez) volver a encarrilar la gestión. Está obligado a revisar sus planes y promesas esbozados en una agenda que tenía por secuencia la aprobación del presupuesto, la presentación de un plan plurianual y el cierre (aunque no la firma) de un acuerdo con el FMI antes de fin de año. Nada de eso se cumplirá. Nuevamente. A su alrededor, sin embargo, se entusiasman.

“Si Alberto venía dando señales de que estaba dispuesto a ejercer poder después del 14 de noviembre, ahora lo confirmó. No es el mismo que el de hace unos meses. Además, quedó claro que todos en el Frente de Todos somos vulnerables. Las elecciones demostraron que Cristina es frágil. Y el presupuesto mostró que Máximo y Sergio también son frágiles. Nadie puede prescindir de nadie”, dice uno de los ministros que integran la mesa chica presidencial. Uno de los que alguna vez se ilusionaron con el albertismo y debieron sepultarlo antes de nacer.

El arma del presupuesto

No es únicamente el empoderamiento anímico de las últimas 72 horas lo que ilusiona a los más cercanos a Fernández. A las condiciones subjetivas suman condiciones que creen objetivas. Así sacan a relucir la parte positiva del rechazo al presupuesto, que obliga al Ejecutivo a utilizar el cálculo del año anterior, al mismo tiempo que le da la arbitraria potestad de reasignar los ingresos excedentes, que ya la inflación expande a su favor.

“La arbitrariedad y la discrecionalidad siempre han sido herramientas que el peronismo supo usar. Sería el error más grosero que no sepamos aprovecharlas ahora”, admite un alto funcionario al que escucha el Presidente y que suele darle clases de política práctica a Guzmán. El problema es que se note demasiado antes de sacarle provecho a la situación.

Eso fue lo que más disgustó a los habitués de Olivos del hilo de tuits con exhibiciones de peronismo explícito que lanzó ayer Massa. En sus mensajes, el presidente de la Cámara de Diputados alertaba a los gobernadores sobre las consecuencias que tendrá para sus provincias la no aprobación del presupuesto. El antikirchnerista peronismo cordobés lo advirtió rápido y lo denunció por intimidatorio. Como arquero aficionado, Massa debería saber que jugar al contragolpe con la defensa desarmada es garantía de gol adversario.

El que disfruta en silencio y procura que no se note es el jefe de Gabinete. En las manos de Juan Manzur, junto con Guzmán, estará la asignación de los multimillonarios recursos. No le viene nada mal el bajo perfil que debió adoptar después de las dos hiperactivas primeras semanas de gestión en la Casa Rosada. Los celos y disputas de poder internos lo volvieron más sigiloso, pero no más pasivo ni menos ambicioso.

El gobernador de licencia y su eficaz ladero, el vicejefe de Gabinete, Jorge Neme, tejen y remiendan a diario relaciones con los peronismos provinciales tanto como con la CGT y los empresarios de todo pelo y color, sin importar viejas o nuevas rencillas abiertas con el oficialismo.

Los dos tucumanos, apalancados en otros funcionarios, como el pragmático ministro de Agricultura, Julián Domínguez, despliegan planes, proyectos y promesas con interlocutores que van desde los dirigentes de la Mesa de Enlace agropecuaria, cuyo enojo con el Gobierno solo ha logrado crecer en el último bienio, hasta la UIA y los empresarios de las telecomunicaciones, incluido el Grupo Clarín. Acumulación de capital podría definirse la tarea. En sentido amplio.

Parece aquella una tarea quimérica en medio de tantos errores, desaciertos y urgencias que acosan al Gobierno. La explicación racional con la que justifican el entusiasmo que transmiten es que, si Fernández sostiene su plan de autoempoderamiento, mantiene unida a la coalición gobernante, logra cerrar un acuerdo con el FMI y no ocurren contingencias inesperadas económicas ni sociales, el rebote productivo de 2021 podría proyectarse en un crecimiento que le devuelva las chances electorales al oficialismo en 2023. Gente de fe. En la entrevista con Fontevecchia, el Presidente anunció su decisión de ir en busca de la reelección. Efectos de las derrotas para festejar y algo más.

El sueño de fragmentar a la oposición es la otra variable que incorporan en el oficialismo para darle sobrevida a su propio proyecto. La discusión sobre los liderazgos que atraviesa a Juntos por el Cambio, la ausencia de una conducción legitimada, la revitalización de un radicalismo que le quiere disputar el poder interno a Pro, la sobreabundancia de aspirantes a la candidatura presidencial y las diferencias conceptuales que el antikirchnerismo disimuló hasta ahora son elementos que el oficialismo pretende explotar en su provecho. El apuro y las torpezas exhibidas por el maximassismo en el tratamiento del presupuesto le jugaron una mala pasada y lograron aglutinar lo que estaba en riesgo de resquebrajarse.

Las circunstancias externas le siguen dando sobrevida al bicoalicionismo que domina la política nacional, pero no está asegurada su supervivencia. A sus dilemas internos, la oposición deberá sumar los intentos divisionistas a los que lo someterá el oficialismo. En el Frente de Todos ningún debate está saldado. Todavía quedan muchas discusiones por dar. El temor a perder el poder o el riesgo de no alcanzarlo disciplinan, pero queda mucho por delante.

Mientras tanto, el Presidente ganó tiempo y volvió a ilusionarse, pese a todo. Entendible en un hincha de un club humilde del que salió al mundo Maradona y que estuvo a punto de ganarle la Copa Intercontinental a la Juventus de Michel Platini. Siempre hay derrotas para festejar.

 

 

* Para La Nación

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