Es hora de controlar las cuentas de la Municipalidad de Rafaela

RAFAELA Por Carlos Zimerman

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Durante demasiado tiempo, el debate político en Rafaela se ha quedado en las declaraciones, las conferencias de prensa y los cruces de acusaciones. Pero hay una pregunta que sigue sin encontrar una respuesta convincente: ¿qué se hace con cada peso que pagan los contribuyentes?

Los vecinos cumplen. Pagan tasas cada vez más altas, soportan una presión tributaria creciente y esperan que ese esfuerzo se traduzca en mejores servicios. Sin embargo, la ciudad continúa exhibiendo problemas que están a la vista de todos: calles deterioradas, deficiencias en el mantenimiento, reclamos por seguridad, iluminación y limpieza que se repiten una y otra vez.

Por eso ya no alcanza con discutir aumentos de impuestos. Es momento de controlar cómo se administra el dinero que ya ingresa a las arcas municipales.

Cada peso recaudado pertenece a los vecinos. No es patrimonio del intendente de turno ni de los funcionarios que circunstancialmente ocupan un cargo. La obligación de cualquier administración es explicar con absoluta transparencia dónde termina ese dinero y qué beneficio concreto recibe la comunidad a cambio.

También resulta imprescindible analizar la estructura del Estado municipal. ¿Cuántos contratados existen? ¿Qué función cumple cada uno? ¿Qué resultados aporta? ¿Existen cargos cuya utilidad no puede justificarse? Son preguntas elementales en cualquier administración seria y responsable.

No se trata de perseguir personas ni de instalar sospechas infundadas. Se trata de ejercer el control que la democracia exige. Si alguien cobra un sueldo financiado por los contribuyentes, es razonable que pueda demostrarse cuál es su tarea, cuáles son sus responsabilidades y qué resultados obtiene.

En ese escenario, el Concejo Municipal tiene una responsabilidad que no puede eludir. Su función no consiste únicamente en aprobar ordenanzas o debatir proyectos. También debe controlar al Departamento Ejecutivo, revisar las cuentas públicas, exigir información y garantizar que los recursos municipales sean administrados con eficiencia y transparencia.

La oposición tampoco puede conformarse con discursos grandilocuentes. El verdadero control no se ejerce con comunicados ni publicaciones en redes sociales. Se ejerce revisando expedientes, analizando contrataciones, siguiendo la ejecución presupuestaria y preguntando, una y otra vez, hasta obtener respuestas claras.

Los organismos de control también deben asumir el papel que les corresponde. La transparencia no puede depender exclusivamente de la buena voluntad del gobernante de turno. Debe ser una obligación permanente y verificable.

Los ciudadanos tienen derecho a saber cuánto se gasta, en qué se gasta, quiénes reciben esos recursos y qué contraprestación brindan. La administración de los fondos públicos no admite zonas grises ni explicaciones a medias.

Rafaela necesita menos relatos y más números. Menos consignas políticas y más rendiciones de cuentas. Porque controlar el destino del dinero público no es un acto de oposición; es una obligación institucional y un compromiso con cada vecino que todos los meses hace el esfuerzo de pagar sus impuestos.

Es tiempo de dejar de mirar para otro lado. Cada peso que sale del bolsillo de los rafaelinos merece un seguimiento riguroso. Y quienes administran esos recursos deben entender que gobernar no solo implica gastar, sino también explicar, justificar y rendir cuentas.

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