




Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Hay discusiones que no estallan porque uno de los protagonistas decide no discutir. No porque esté de acuerdo, sino porque considera que responder implica reconocer que el otro tiene capacidad de modificar el rumbo. Esa parece ser la lógica que empieza a imponerse en la relación entre el Gobierno de Javier Milei y la Iglesia en la antesala de la visita de León XIV. A menos de dos meses del desembarco del Pontífice, la tensión no nace de un conflicto protocolar ni de un desencuentro diplomático. Nace de algo más profundo: dos maneras de entender el papel del Estado, de la comunidad y hasta del progreso parecen avanzar por carriles cada vez más separados.
La Casa Rosada encontró una fórmula que le ha dado resultados en otras disputas: escuchar, sonreír y continuar exactamente por el mismo camino. No es una estrategia improvisada. Es casi una filosofía de poder. En el universo libertario existe la convicción de que ceder ante una crítica sectorial puede abrir una cadena infinita de reclamos. Por eso, cuando las observaciones llegan desde la Iglesia, la respuesta elegida no consiste en confrontar abiertamente, sino en desactivar el conflicto sin alterar una sola decisión de fondo.
Del otro lado tampoco parece haber intención de reducir el volumen. Desde que comenzó esta administración, las voces eclesiásticas fueron acumulando cuestionamientos sobre cuestiones generales como la pobreza, el deterioro del diálogo político, el individualismo como principio organizador de la vida pública y las formas con las que el oficialismo ejerce el poder. Pero ahora esas preocupaciones empiezan a adquirir rostros concretos. Ya no son únicamente principios. Son debates específicos que atraviesan la agenda cotidiana.
La inteligencia artificial ofrece una postal llamativa de esa distancia. Mientras Milei se presenta como un defensor entusiasta del desarrollo tecnológico sin restricciones regulatorias, León XIV eligió convertir precisamente ese terreno en uno de los ejes centrales de su primera encíclica. Allí donde uno observa oportunidades, el otro advierte riesgos. Allí donde uno teme que las normas frenen la innovación, el otro teme que la ausencia de límites termine debilitando la condición humana. No se trata solamente de una discusión técnica. Es una diferencia sobre la confianza que merece el futuro.
Algo parecido ocurre con las apuestas online. La Iglesia insiste en que la expansión de la ludopatía representa un problema social de gran escala, especialmente después del crecimiento que experimentó el fenómeno en los últimos años. Mientras tanto, el proyecto destinado a restringir la publicidad de las empresas del sector permanece detenido. Ese inmovilismo también comunica. A veces las leyes hablan cuando avanzan. Otras veces hablan justamente porque no avanzan.
La reducción de la edad de imputabilidad constituye otra frontera prácticamente infranqueable. Para el oficialismo representa una bandera identitaria difícil de negociar. Para buena parte de la jerarquía eclesiástica constituye una respuesta equivocada frente a un problema complejo. La diferencia adquiere todavía mayor temperatura cuando determinados episodios judiciales vuelven a colocar el tema en el centro del debate público. En esos momentos, las convicciones de ambos lados parecen endurecerse en lugar de acercarse.
Sin embargo, si existe un terreno donde la visita papal adquiere una dimensión particularmente delicada es el de la discapacidad. Los recortes presupuestarios abrieron un frente especialmente sensible. La decisión de incluir al Pequeño Cottolengo Don Orione entre los destinos de León XIV fue interpretada dentro del oficialismo como algo más que una escala pastoral. En política, los símbolos suelen tener más potencia que los comunicados oficiales. Un recorrido puede transformarse en mensaje. Y un mensaje puede convertirse en diagnóstico sin necesidad de pronunciar una sola frase.
Esa capacidad simbólica constituye uno de los grandes desafíos para el Gobierno. Porque resulta relativamente sencillo responder con estadísticas cuando la discusión gira alrededor de indicadores económicos. Mucho más difícil resulta administrar el impacto de una imagen. Una visita, un abrazo, una misa o un recorrido por una institución pueden condensar debates que ningún discurso consigue cerrar.
La paradoja es que, mientras las diferencias conceptuales se multiplican, la organización del viaje papal se volvió una prioridad absoluta para el oficialismo. Allí aparece otro rasgo característico del funcionamiento del poder libertario: la centralización. Karina Milei decidió concentrar personalmente la coordinación política del acontecimiento y delegó la ejecución en una colaboradora de máxima confianza. No parece un detalle administrativo. Es una demostración de cómo funciona realmente el mecanismo de decisiones dentro del Gobierno: los asuntos considerados estratégicos terminan orbitando alrededor de un círculo muy reducido.
Esa concentración también revela otra preocupación. Un acontecimiento de semejante magnitud no admite improvisaciones. La visita del jefe de la Iglesia Católica constituye uno de esos eventos capaces de alterar durante algunos días el ritmo entero de la conversación pública. Nadie sabe con precisión cuál será el efecto político de ese desembarco. Tampoco el oficialismo parece dispuesto a apostar por cambios preventivos para amortiguar eventuales críticas. La lógica es distinta: administrar la escena sin modificar la sustancia.
En el fondo, esta historia arrastra una memoria incómoda. Milei pasó de los agravios dirigidos contra el Vaticano durante su etapa de dirigente opositor a una relación institucional mucho más cuidadosa. Asistió a ceremonias religiosas, evitó responder públicamente a ciertas homilías críticas y procuró preservar una convivencia que nunca terminó de convertirse en afinidad. El conflicto no desapareció. Simplemente dejó de expresarse mediante insultos para transformarse en silencios.
Quizás ese sea el rasgo más interesante del momento político que se aproxima. No estamos frente a una guerra declarada entre el Gobierno y la Iglesia. Tampoco frente a una reconciliación. Estamos ante una convivencia donde ambos actores parecen convencidos de que el otro no modificará sus convicciones esenciales.
León XIV llegará a una Argentina donde la política discute presupuestos, reformas penales, inteligencia artificial, apuestas, discapacidad y urbanización de barrios populares. Pero probablemente su presencia termine iluminando una pregunta más amplia: hasta qué punto una sociedad puede sostener conversaciones entre proyectos tan distintos sin que el desacuerdo termine convirtiéndose en indiferencia.
Porque existe una diferencia importante entre no ponerse de acuerdo y dejar de escucharse. Y ese riesgo, mucho más que cualquier protocolo diplomático, parece ser el verdadero telón de fondo de noviembre.




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