




Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
En política, los gestos suelen decir aquello que las palabras intentan suavizar. Un video, una canción elegida con precisión quirúrgica o una frase aparentemente casual pueden convertirse en el mensaje más potente de una jornada. Patricia Bullrich conoce ese lenguaje. Lo aprendió durante décadas de vida pública y volvió a utilizarlo cuando decidió acompañar una publicación en redes sociales con “No me importa”, de Lali Espósito, precisamente la artista convertida en uno de los símbolos del enfrentamiento entre el universo libertario y una parte de la cultura argentina.
No fue una elección inocente. Tampoco fue un simple guiño musical. Fue la manera de expresar una incomodidad que ya había dejado expuesta horas antes, cuando cuestionó la incorporación de cambios en materia de discapacidad dentro del Presupuesto 2027. El episodio dejó al descubierto algo más profundo que una diferencia técnica: exhibió las fisuras de un mecanismo de decisiones que parece haber reducido la conversación política incluso entre quienes integran la conducción del oficialismo.
La paradoja es llamativa. Una dirigente que ocupa un lugar central dentro del esquema legislativo del Gobierno confesó haberse enterado de modificaciones sensibles cuando el proyecto ya estaba presentado. La revelación no solo puso en evidencia un problema de comunicación interna. También abrió un interrogante sobre cómo funciona realmente la toma de decisiones en una administración que suele reivindicar la disciplina y la verticalidad como virtudes indispensables para sostener su programa de reformas.
Los cambios incluidos en el capítulo dedicado al sistema de prestaciones para personas con discapacidad provocaron una reacción inmediata porque afectan un terreno especialmente delicado. No se trata únicamente de números presupuestarios ni de criterios administrativos. Cuando una reforma alcanza tratamientos, terapias o mecanismos de cobertura para personas con discapacidad, la discusión trasciende el equilibrio fiscal y se instala inevitablemente en el plano de la sensibilidad social. Allí, cualquier error político se multiplica.
Bullrich eligió describir la situación con una metáfora deportiva: un error no forzado capaz de hacer perder un partido. La definición resulta reveladora porque no cuestiona el rumbo general del Gobierno ni rompe con el proyecto libertario. Lo que pone bajo la lupa es el método. La advertencia parece apuntar menos contra el objetivo que contra la manera de llegar a él.
En ese contexto apareció la música como vehículo de otro mensaje. Lali Espósito representa mucho más que una cantante dentro del escenario político reciente. Su enfrentamiento con Javier Milei comenzó tras las PASO de 2023 y terminó convirtiéndose en una batalla cultural donde canciones, declaraciones y publicaciones digitales pasaron a integrar el repertorio de una disputa permanente. Elegir precisamente una obra perteneciente a ese universo resulta imposible de interpretar como una coincidencia.
Más sugestivo aún es el fragmento que Bullrich parece acompañar mientras suena el estribillo. La letra habla de no responder a las expectativas ajenas y de permanecer junto a quienes estuvieron desde el principio. Es difícil ignorar la carga simbólica de esas palabras cuando quien las utiliza viene de reclamar espacios de discusión que, según sus propias declaraciones, dejaron de existir o perdieron eficacia dentro del oficialismo.
No es la primera vez que la senadora utiliza canciones como forma de comunicación política. Antes recurrió a un tango clásico para responder a cuestionamientos internos y luego apeló a una referencia del pop español en otro momento de tensión con figuras relevantes del Gobierno. Existe un patrón evidente: cuando las diferencias aparecen, la música reemplaza al comunicado formal.
Esa modalidad tiene una virtud. Permite decir sin romper. Envía señales sin declarar una guerra abierta. Conserva la pertenencia mientras deja constancia del malestar. En tiempos donde cada palabra puede convertirse en una batalla viral, una canción funciona como un mensaje suficientemente ambiguo para evitar una ruptura definitiva y lo bastante claro como para que todos entiendan el destinatario.
Sin embargo, el verdadero problema no parece estar en la playlist de Bullrich sino en la arquitectura del poder libertario. Desde hace tiempo, distintas decisiones muestran una creciente concentración en un círculo muy reducido donde la información parece viajar por carriles estrechos. Ese modelo puede ofrecer velocidad para ejecutar medidas, pero también incrementa el riesgo de que dirigentes con responsabilidades institucionales descubran decisiones cuando ya resulta demasiado tarde para corregirlas.
La política tiene una característica que ningún algoritmo logra reemplazar. Necesita conversación. No porque toda decisión deba negociarse eternamente, sino porque quienes deben defender una iniciativa en el Congreso necesitan conocerla antes de enfrentar a sus propios legisladores. Cuando ese circuito falla, aparecen la desconfianza, el desconcierto y la sensación de quedar expuestos frente a quienes esperan explicaciones.
Quizá allí resida la principal enseñanza de este episodio. No fue Lali contra Milei. No fue una interna resumida en una canción. Fue la evidencia de que incluso dentro de un gobierno construido sobre la idea de cohesión absoluta pueden emerger señales de incomodidad cuando la comunicación deja de ser política para convertirse exclusivamente en administrativa.
El desafío para cualquier oficialismo consiste en administrar las diferencias sin convertirlas en fracturas. Bullrich eligió expresar la suya mediante una melodía que hace apenas unos meses habría parecido impensable en el universo libertario. Esa decisión probablemente genere interpretaciones múltiples. Algunos verán una provocación. Otros, una advertencia. Otros, simplemente una muestra de autonomía.
Lo verdaderamente importante ocurre detrás del video. Cuando una dirigente de primera línea siente la necesidad de recurrir a una canción para transmitir lo que debería discutirse en una mesa política, el problema ya no pertenece al terreno de la comunicación digital. Pertenece al corazón mismo del funcionamiento del poder. Y cuando la conversación interna comienza a reemplazarse por mensajes cifrados, incluso la melodía más pegadiza puede terminar sonando como una alarma.





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