La crueldad con que el coronavirus empieza a deteriorar a nuestros líderes

POLÍTICA 25 de abril de 2021 Por Ernesto TENEMBAUM
Ante la gravedad de la segunda ola, tal vez sea momento de que los principales referentes del oficialismo y la oposición firmen una tregua para recuperar el espíritu que, hace un año, los hizo respetables
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Uno de los efectos impensados de las nuevas cepas del coronavirus es que han comenzado a afectar muy seriamente la sensibilidad de los líderes de la Argentina. En la primera ola, el presidente Alberto Fernández, el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, conmovieron al país al encontrar una forma sorprendente de saldar las diferencias, ganar tiempo para robustecer el sistema de salud, y al anunciar juntos las distintas etapas del primer confinamiento. Así, el dolor y el miedo que recorrían a la sociedad, eran compensados por una dirigencia criteriosa, serena, que privilegiaba lo importante y contenía con su ejemplo.

En estos días, ocurre todo lo contrario. El ataque del virus es aún más duro que la primera vez. Los testimonios de los terapistas son dramáticos. Los casos se triplicaron en veinte días, y la cantidad de muertos se multiplicó, en promedio, por cuatro. La muerte empieza a ser un motivo de diálogo cotidiano en las familias de la Argentina. En ese contexto, los mismos líderes que protagonizaron aquellos momentos históricos, se pelean entre sí por motivos pequeños, difíciles de entender, como si no percibieran la manera en que esto le agrega dolor y perplejidad a la tragedia.


Una versión simplificada al extremo del conflicto podría describir que Fernández defiende la vida de los argentinos y Rodríguez Larreta la educación de la niñez y la juventud: serían impulsos nobles de personas que tienen miradas distintas sobre cuál debería ser el orden de prioridades. Pero un acercamiento un poquito más informado tal vez pueda reflejar que eso es, apenas, una simplificación y que detrás de tamaña intransigencia hay impulsos mucho más extraños.

Para entender esto, quizá sirva detenerse en la áspera discusión que esta última semana agita al Parlamento alemán, donde se intenta definir ante qué nivel de contagios del coronavirus ese país debe imponer restricciones de distinto tipo. El proyecto que se discute en Berlín establece dos parámetros. Si una ciudad, o región, alcanza los cien contagios nuevos cada cien mil habitantes en una semana, se prohíbe la circulación nocturna, se cierran los locales de ocio, se reduce el aforo en los comercios, se suspenden los deportes y se limitan las reuniones sociales. Si, en cambio, la cifra de contagiados alcanza los 165 cada cien mil habitantes, se cierran las escuelas.

En la ciudad de Buenos Aires, esas fórmulas implicarían que con 3.000 casos por semana se deberían cerrar comercios y actividades no esenciales y con 5.000 las escuelas. Esos números, en la ciudad, se alcanzan en dos días, no en una semana. Es decir, que para los parámetros alemanes, la ciudad de Buenos Aires debería estar en un confinamiento completo. Pero no solo ese distrito: también Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Tucumán, y Mendoza. Todas esas provincias superan por mucho los 165 nuevos contagios semanales cada cien mil habitantes. Y ninguna cerró todo.

A primera vista, estos datos parecen darle la razón a las percepciones del gobierno nacional y de la provincia de Buenos Aires, que son los que defienden las posturas más restrictivas. Pero no es así. Lo que se discute en Alemania es una barrera precisa pero también una progresión. Primero se cierra, o se limita fuertemente, la actividad comercial y la actividad productiva, y luego recién la presencialidad escolar. Eso tiene una lógica: si se cierra primero lo que no afecta el aprendizaje, existe la posibilidad que eso baje la presión sobre el sistema sanitario y, entonces, la educación puede que se salve. Pero, si las cosas empeoran, la economía y la educación se sacrifican en defensa de la vida, que es el bien primario a defender.

En la Argentina, ninguna de las partes enfrentadas esta semana acuerdan con ese enfoque. El presidente Alberto Fernández propuso cerrar las escuelas y poco más que eso, y solo en la capital y el conurbano: otras provincias están desbordadas, siguen con las clases presenciales y sin conflicto con el Presidente. Horacio Rodríguez Larreta, en cambio, no estuvo de acuerdo con cerrar nada: ni siquiera la circulación de 0 a 6 de la mañana cuando la curva crecía exponencialmente. Si Alberto Fernández quería privilegiar la defensa de la vida, ¿cómo se explica que millones de personas se desplacen día a día a sus trabajos? Si Horacio Rodríguez Larreta quería defender la educación, ¿cómo fue que no impuso restricciones a otras actividades para protegerla? Ambos, sin ir más lejos, permitieron la fiesta que se desarrolló en todo el país durante Semana Santa.

Lo mismo sucede en la provincia de Buenos Aires. Es el distrito donde, al mismo tiempo, sus dirigentes tienen el discurso más restrictivo pero donde más turismo hubo en Semana Santa, cuando la curva de contagios ya estaba disparada. Sergio Berni propuso esta semana cerrar absolutamente todo. ¿No es el mismo que dos meses atrás anunció que sus policías no estaban para trabajar de niñeros? ¿Cuánto impulso habrán recibido las fiestas clandestinas de jóvenes antes ese anuncio tan generoso? Las fotos y filmaciones que se tomaron el fin de semana pasado en el conurbano reflejan la manera en que los hechos desafían a los discursos.

Todo esto muestra una enorme flexibilidad de todos -Fernández, Rodríguez Larreta y Kicillof- ante los desafíos que impone la tremenda realidad. Esa flexibilidad se transforma, en cambio, en rigidez absoluta cuando tienen que sentarse a negociar. Fernández puede flexibilizar su defensa de la vida ante la necesidad de trabajar de la gente. Rodríguez Larreta cede su defensa de la educación al no imponer otras restricciones que resultan antipáticas o imposibles. Pero ninguno puede ceder ante el otro. Ese punto es innegociable. Y las peleas entre ellos desatan un ruido ensordecedor. Solo los partidarios de uno y otro pueden entender esa lógica.

Tal vez todo esto sea fruto de la impotencia. La segunda ola encontró a los líderes de la Argentina con menos armas que la primera. Por un lado, la sociedad estaba cansada de las restricciones y en todas las encuestas se registraba un fuerte rechazo a regresar a las privaciones del 2020. Para cualquier líder es muy difícil ir contra la opinión de su propia gente y ninguno de ellos logró eludir esa lógica. Por el otro, el Gobierno ya había gastado casi todo el dinero que tenía para asistir a las víctimas de la pandemia y las sucesivas cuarentenas. Entonces, todo el mundo empezó a vivir como si no hubiera amenazas a la vista: estaba escrito que la vacunación masiva nos protegería.

La agenda de la pandemia fue reemplazada, entonces, por otras. La muestra más fuerte de eso fue la decisión de resignar el cobro de 60 mil millones de pesos de impuesto a las ganancias a trabajadores en blanco con ingresos medios. Ese dinero podría haberse ahorrado para encarar la segunda ola. Pero en ese momento se subestimaba la amenaza o se priorizaba la reconciliación con sectores que habían sido muy golpeados, o estaban demasiado preocupados por la cercanía de las elecciones. Mientras, el virus avanzaba fuerte en el continente y empezaba a producir estragos aquí. Hasta que fue demasiado tarde. Las autoridades sanitarias del mundo suelen advertir a los gobiernos que no permitan que el virus les saque ventaja. Acá no hubo manera de impedirlo. En la segunda ola, se le dieron las oportunidades que antes se le negaron.

Es difícil culpar a la dirigencia de lo que pasa en las terapias intensivas. Tal vez, de cualquier modo, la tragedia no se hubiera podido evitar. Argentina es un país pobre. No tiene manera de financiar más confinamiento. Y no se ha descubierto otra manera de parar el virus. Hay veces que ni el mejor de los líderes puede proteger a una sociedad de una catástrofe. Las cosas suceden independientemente de ellos.

Pero, ¿y este griterío?, ¿esta cadena interminable de agresiones que habilitan otras agresiones?, ¿por qué ofender así a una sociedad que ya tiene sus propios problemas?

Esta semana, Marcelo Longobardi advirtió sobre la fragilidad que tienen las democracias en sociedades con muy alto nivel de pobreza. No es el único problema que tiene la democracia argentina: el comportamiento de sus líderes en estos días es muy preocupante. Vienen meses muy duros. Tal vez sea hora para que firmen una tregua y recuperen el espíritu que, hace un año, los hizo tan respetables. No se entiende qué agregan peleítas donde nadie gana.

Fuente: Infobae

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