Atomizado, el Gobierno busca salir del laberinto en el que quedó encerrado después de la crisis política

POLÍTICA 05 de octubre de 2021 Por Martín Kanenguiser*
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En este tiempo de crisis interna, reactivación de la campaña eletoral y múltiples reuniones de rosca política que buscan enderezar el barco en el que todo el peronismo está subido, en el Gobierno cada cual atiende su juego, tal como lo indica la famosa canción infantil Antón Pirulero. A este escenario llegaron después del golpe de efecto que generó la derrota en las PASO y el brusco movimiento de presión que generó Cristina Kirchner.

Los principales referentes del Frente de Todos están dispersos, desconectados, pero con un mismo objetivo: reenfocar la gestión y hacer lo posible para recuperar votos de cara a las elecciones generales del 14 de noviembre. Pero ya no hay es un trabajo fino de equipo. No existe un plan de campaña armado con claridad. Solo reuniones que buscan construirlo y asesoramientos de consultorías nuevos que empezaron a trazar un nuevo diseño de campaña.

Alberto Fernández está enfocado en su nuevo objetivo de campaña: mostrarse cerca de la gente. En ese camino ayer publicó en sus redes sociales un encuentro que tuvo con el famoso trapero L-Gante, un joven de 22 años que tiene mucha llegada en la camada de chicos que están cerca de las dos décadas de vida. El Presidente apareció distentido. En sus expresiones, sus palabras y su look. Un Jefe de Estado más informal.

¿Para que sirve un encuentro con L-Gante? “Para reconectar con la gente”, aseguran en la Casa Rosada. La lógica de la nueva postura de Alberto Fernández, tal como contó Infobae la última semana, es protagonizar visitas en el conurbano a casas de familias, clubes de barrios y centros de jubilados para hablar cara a cara con los vecinos. Mostrarse cerca de la gente y de los problemas más básicos que afectan a las mayorías.

“El contacto directo es clave. En la pospandemia hay que volver a estar con la gente. Alberto está convencido que nada moviliza más que la cercanía”, explicaron desde el entorno presidencial. Fernández está recostado a ese nuevo estilo de campaña y alejado del centro de la escena principal. Si bien el Jefe de Gabinete, Juan Manzur, intenta ocuparlo encabezando la batería de anuncios oficiales, el peso del discurso de gobierno está completamente atomizado.

Fernández tiene, al día de hoy, una fría relación con Cristina Kirchner después de la crisis política. No llegan a un acuerdo sobre cómo gestionar esta instancia de la Argentina, el Gobierno y el Frente de Todos. Por eso en el oficialismo no descartan que la guerra interna se profundice rápidamente si el resultado de las elecciones generales es peor al de las PASO. La inestabilidad de ese complejo vínculo político pone en riesgo el rumbo de la gestión.

Cristina Kirchner se mantiene en silencio después de la carta abierta de hace dos semanas. En el acto del último jueves en Casa Rosada solo posó para las fotos. No habló en público, no se reunió con su compañero de fórmula, no se preocupó por dar un gesto consistende de paz interna en medio de la reoganización del Frente de Todos. Aparece en contadas ocasiones y desaparece dejando un mensaje en cada símbolo.

La Vicepresidenta discute los líneamientos de la nueva campaña del kirchnerismo con su hijo Máximo Kirchner y el ministro del Interior, Eduardo “Wado” De Pedro. Dar vuelta la elección en la provincia de Buenos Aires es una tarea difícil, pero un objetivo concreto que persigue el kircherismo para que el golpe electoral sea menor en noviembre y para no ver dañado su poder territorial en el bastión político de La Cámpora: el Conurbano.

A diferencia de Fernández, Máximo Kirchner mantiene sus actos y discursos hablándole a la militancia, modo de campaña que para el Presidente ya es obsoleto. Hablarle a los propios solo le da más volumen al microclima de la política, pero no amplía la cantidad de votantes. Diferencias sustanciales que exponen la falta de acuerdos que hay en el interior de la coalición.

Los sostenes del Jefe de Estado se describen en plural. Fernández está apoyado sobre el peronismo ortodoxo que encarna la Confederación General del Trabajo (CGT) y los gobernadores. También sobre los movimientos sociales, con el Movimiento Evita y Barrios de Pie como piedras fundamentales de ese sostén territorial, popular y callejero.

La CGT es la que se muestra más activa después de la derrota en las PASO y la crisis política interna. Ayer el cotitular de la central obrera, Héctor Daer, dio una señal alentadora al asegurar que el líder del sindicato de Camioneros, Hugo Moyano, volverá a formar parte de la histórica estructura sindical luego de que se concrete la renovación de autoridades estipulada para el 11 de noviembre.

La unificación del movimiento obrero no aporta votos, pero tranquiliza a las internas del peronismo. Por eso es un buen indicio para la cúpula del Gobierno saber que en ese sector de la coalición las grietas se están cerrando. La CGT actual tiene en claro que en la interna juega del lado de Fernández. Los Moyano, sin ser tan explícitos desde lo discurso, se han mostrado cerca del Presidente en los últimos actos. El sincalismo juega su propio juego pero tienen en claro que su objetivo es respaldar la gestión de Alberto Fernández.

Sin Santiago Cafiero y Juan Pablo Biondi a su lado, dos piezas claves del engranaje arbertista en los primeros dos años de gestión, el Presidente hoy reconstruye su nuevo microesquema con sus ministros más cercanos, como es el caso de Gabriel Katopodis (Obras Públicas) y Juan Zabaleta (Desarrollo Social), delegando gran parte de la gestión en el tucumano Juan Manzur, que aprovecha la ocasión para concentrar poder de decisión e inflar la gestión de anuncios, y mostrando su cercanía con los popes del ala sindical.

Por otro carril transita el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, que sufrió el golpe en términos electorales ya que el Frente de Todos perdió en la primera sección electoral de la provincia de Buenos Aires y en el interior, dos de los lugares donde el líder del Frente Renovador pisa con mayor fuerza. La semana pasada formó parte de una nueva mesa de campaña donde la coalición empezó a discutir los nuevos lineamientos sobre cómo seguir.

Massa se refugia en la actividad parlamentaria, donde actualmente prepara la sesión para la Ley del etiquetado frontal, y en breve tendrá que negociar el Presupuesto 2022. En los pasillos legislativos pone a resguardo su agenda para aliviar la carga fiscal de las pymes. Allí están guardados sus votos.

 

 

* Para www.infobae.com

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