




Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
El PRO atraviesa uno de esos momentos en los que la política deja de ser épica y se vuelve, crudamente, introspectiva. Ya no se trata de administrar poder, sino de explicarse su ausencia. La reciente reestructuración interna del partido no hizo más que ponerle palabras a una sensación extendida entre sus propios dirigentes: la de una fuerza que alguna vez fue central y hoy busca no desdibujarse en un escenario que cambió más rápido de lo que esperaba.
La frase de Fernando De Andreis, nuevo secretario general y hombre de extrema confianza de Mauricio Macri, fue tan sincera como incómoda. Reconocer que la voz del PRO suena “desactualizada” equivale a admitir que el partido sigue hablando con categorías del pasado mientras el presente se le escapa entre los dedos. No es una confesión menor: es la descripción de una crisis de identidad, más profunda que la mera pérdida de cargos.
El desafío principal no es solo electoral. Es existencial. La expansión de La Libertad Avanza reconfiguró el espacio de la derecha y del centroderecha argentino, desplazando al PRO de su antiguo rol de intérprete del cambio. Javier Milei ocupa hoy, con un estilo disruptivo y sin matices, un territorio que el macrismo supo habitar con lenguaje empresarial y promesas de modernización. La diferencia es que Milei no pide permiso ni construye consensos: avanza.
En ese contexto, la reflexión de Federico Pinedo funciona como una advertencia interna que no todos están dispuestos a escuchar. La falta de objetivos claros y de un liderazgo convocante no es una crítica ideológica; es un diagnóstico organizacional. Cuando un partido no sabe con precisión qué quiere ni quién lo conduce, termina orbitando alrededor de proyectos ajenos. Eso explica, en parte, por qué tantos dirigentes del PRO hoy trabajan para que al Gobierno libertario le vaya bien: no necesariamente por convicción, sino por ausencia de una alternativa propia.
La decisión de replegarse sobre una estructura “amarilla pura”, con De Andreis y Alfredo De Angeli como ordenadores territoriales, parece más defensiva que estratégica. El objetivo inmediato es evitar nuevas fugas, contener lo que queda, administrar la retracción. Es la lógica del superviviente: antes que crecer, no desaparecer. Pero ese repliegue tiene costos. Encerrarse puede preservar la identidad, pero también puede volverla irrelevante.
El temor a una diáspora mayor no es infundado. Ya hubo dirigentes que cruzaron sin escalas hacia La Libertad Avanza o buscaron refugio en armados provinciales. La relación con el oficialismo libertario está atravesada por una desconfianza mutua que nadie se esfuerza demasiado en disimular. Es una convivencia fría, pragmática, sin vocación de proyecto compartido. En la provincia de Buenos Aires, esa tensión es todavía más evidente: el PRO ya no es el socio fuerte, sino un aliado menor con poco para ofrecer en la mesa de negociación.
Ese malestar se trasladó al Congreso. El episodio de la Auditoría General de la Nación dejó una herida abierta en el bloque amarillo, que sintió que el oficialismo no solo avanzó políticamente, sino que además forzó los márgenes institucionales. La decepción no provino del kirchnerismo —del que ya no se espera nada— sino de un Gobierno al que el PRO ayudó a sostener en votaciones clave. La política, una vez más, recordó que los gestos no siempre se pagan con gratitud.
La discusión por el DNU que reformula la SIDE será otra prueba de esa relación ambigua. El PRO se muestra predispuesto a acompañar, pero con condiciones. Es una postura incómoda: demasiado oficialista para ser oposición, demasiado crítica para ser parte del Gobierno. Mientras tanto, La Libertad Avanza confía en blindar el decreto sin necesidad de concesiones. El mensaje implícito es claro: el PRO no es indispensable.
En la Ciudad de Buenos Aires, el clima es menos áspero. Jorge Macri logró un entendimiento funcional con los libertarios locales, y la gobernabilidad porteña se sostiene sin sobresaltos. Pero esa calma es frágil. La eventual reelección del jefe de Gobierno y el horizonte de 2027 pueden reactivar disputas que hoy están apenas contenidas. En el PRO no descartan internas abiertas, una señal de que la unidad está lejos de ser un hecho.
Y en el centro de todo, Mauricio Macri. Su figura sigue gravitando, pero ya no ordena como antes. La ambigüedad de su conducción —especialmente frente a Milei— genera incomodidad entre quienes reclaman definiciones. Macri observa, reflexiona, viaja, da clases en el exterior y prepara regresos puntuales. Pero el partido espera algo más concreto: una hoja de ruta, una decisión política que despeje la incertidumbre.
La reunión del consejo del PRO, todavía sin fecha definida, aparece como una instancia clave. No para resolverlo todo, sino para empezar a responder la pregunta que hoy atraviesa al partido: ¿quiere ser un actor autónomo con identidad propia o resignarse a ser un apéndice elegante del poder libertario? La respuesta no admite demasiadas dilaciones. En política, la falta de definición también es una decisión. Y casi siempre, la más costosa.







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