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Por Carlos Zimerman
No se puede —no se debe— montar un acto oficial para inaugurar la reparación de dos cuadras. Eso no es gestión: es marketing berreta. Es el más rancio populismo, el que sobrevive a fuerza de fotos, aplausos forzados y discursos inflados para logros mínimos. Y eso fue exactamente lo que ocurrió en Rafaela con la puesta en escena encabezada por el intendente Leonardo Viotti.
La escena tuvo un aire conocido, casi nostálgico. Recordó inevitablemente aquel episodio del exgobernador chaqueño Jorge Capitanich, cuando inauguró con lágrimas una canilla de agua en un barrio de Resistencia, en vísperas de una elección. La política convertida en teatro, el Estado celebrando lo que debería ser apenas una obligación básica.
Dos cuadras. Meses de trabajo. Funcionarios alineados como si se tratara de una obra estratégica para el futuro de la humanidad. Bombos, sonrisas y discursos solemnes para anunciar lo que, en cualquier administración normal, se ejecuta sin prensa ni escenario.
La Argentina —y Rafaela no es la excepción— ya emitió un veredicto sobre este tipo de prácticas. La elección de Javier Milei fue, entre otras cosas, un certificado de defunción para la política del gesto vacío, de la inauguración mínima presentada como epopeya. La gente dijo basta a los rituales de la nada, a la liturgia de lo insignificante.
Lo de Viotti no es modernización ni gestión eficiente. Es vieja política en estado puro. Esa que cree que la ciudadanía todavía se impresiona con una cinta cortada y un micrófono abierto. Esa que supone que una obra menor puede tapar una ciudad con problemas estructurales de tránsito, seguridad, limpieza y planificación.
Lo más llamativo no fue el acto en sí, sino el silencio cómplice del entorno. ¿Nadie le advirtió al intendente que estaba haciendo el ridículo? ¿Nadie levantó la mano para decirle que la escena rozaba lo grotesco? ¿Nadie pareció notar que, lejos de generar respeto, el episodio provocó ironía y comentarios burlones en la calle?
Porque la gente ya no mira estas cosas con admiración. Las mira con distancia. Con sarcasmo. Con la certeza de que algo está fuera de época.
Rafaela no necesita ceremonias para dos cuadras. Necesita políticas públicas consistentes, planificación urbana, decisiones de fondo y menos selfies institucionales. Necesita dirigentes que entiendan que gobernar no es inaugurar, sino resolver.
Es hora de crecer. Es hora de abandonar definitivamente la política del aplauso fácil. Es hora de asumir que la sociedad cambió y que la vieja liturgia ya no conmueve a nadie.
Si no se entiende eso, el problema no son las dos cuadras.
El problema es seguir creyendo que eso alcanza.








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