Un poder sostenido por la eficacia

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN
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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay un dato de la política argentina contemporánea que ningún gobierno puede darse el lujo de ignorar: el peso decisivo del electorado independiente. No se trata de un grupo homogéneo ni ideológicamente coherente, sino de un universo móvil, pragmático y, sobre todo, exigente. Las mediciones más recientes lo ubican cerca del 40% del padrón, una proporción que explica triunfos, derrotas y, en buena medida, la gobernabilidad misma. Javier Milei gobierna, en gran parte, apoyado en ese sector que no lo siente propio, pero tampoco está dispuesto a soltarlo mientras perciba que cumple una función central: ordenar el caos.

El vínculo entre el Presidente y los votantes independientes no es afectivo ni identitario. No hay, en términos clásicos, un enamoramiento político. Tampoco una coincidencia plena de valores, estilos o sensibilidades. Lo que existe es algo más austero y, a la vez, más determinante: un acuerdo tácito basado en resultados. Milei no es para este segmento un líder cercano, pero sí aparece como alguien capaz de tomar decisiones en contextos críticos, una cualidad escasa en un país acostumbrado a la improvisación y al cortoplacismo.

Ese respaldo condicionado revela una mutación interesante en el comportamiento electoral. Durante años, la política argentina se organizó alrededor de relatos identitarios fuertes: pertenencias partidarias, tradiciones ideológicas, liderazgos carismáticos. El votante independiente rompe con esa lógica. No busca espejarse en el Presidente ni compartir su cosmovisión. Le alcanza con percibir que hay una dirección clara y una voluntad de sostenerla aun a costo de conflictos.

En ese sentido, el apoyo que recibe Milei no proviene de la empatía, sino de la expectativa. El independiente parece decirle, sin rodeos: “No me representás, pero confío en que podés sacar al país de esta situación”. Es una forma de legitimidad distinta, menos sentimental y más instrumental. Se apoya en la idea de competencia, en la sensación de que, frente a una crisis prolongada, alguien tiene el control del timón.

Los datos disponibles muestran con claridad esa paradoja. Mientras los atributos vinculados a la cercanía, la identificación personal o la coincidencia de valores aparecen débiles, hay dos pilares que sostienen el vínculo: la percepción de firmeza para actuar en escenarios adversos y el acuerdo general con el rumbo económico y político. No es poco en un país donde los cambios de dirección han sido, muchas veces, erráticos y contradictorios.

Para el Gobierno, este tipo de respaldo es una oportunidad y, al mismo tiempo, una advertencia. Es una oportunidad porque le permite avanzar con un programa de reformas profundas sin necesidad de construir una épica emocional que, probablemente, no le sería propia. Pero es también una advertencia, porque se trata de un capital extremadamente frágil. El votante independiente no concede indulgencias prolongadas. Si la eficacia prometida se diluye, el retiro del apoyo suele ser rápido y silencioso.

A diferencia de los electorados más ideologizados, este sector no racionaliza los fracasos ni los justifica en nombre de una causa mayor. Evalúa con una lógica casi gerencial: ¿las cosas mejoran o no? ¿hay previsibilidad o no? ¿se reduce la incertidumbre o vuelve a crecer? En esa vara, Milei todavía conserva crédito. No por lo que dice, sino por lo que intenta hacer.

El desafío central del oficialismo es sostener esa percepción de capacidad en el tiempo. Gobernar desde la crisis puede ser un activo en el arranque, pero se vuelve insuficiente si no deriva en una etapa de normalización. El votante independiente tolera la incomodidad, incluso la dureza, siempre que vea un horizonte de orden y estabilidad. No exige épica, pero sí coherencia y resultados verificables.

En última instancia, este electorado funciona como un termómetro implacable. No se conmueve con intenciones ni promesas abstractas. Observa indicadores, decisiones y consecuencias. Para ese 40% de la sociedad, la política es un contrato que se renueva todos los días, sin lealtades previas ni compromisos a largo plazo. Si el piloto demuestra que sabe aterrizar la nave, seguirá en la cabina. Si no, buscará otro sin demasiadas explicaciones.

Ahí reside, quizás, la principal fortaleza —y el principal riesgo— del actual Gobierno. Milei no necesita enamorar a los independientes; necesita no decepcionarlos. En un país exhausto de crisis recurrentes, esa puede ser una ventaja decisiva.

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