Entre la grieta y el rumbo: cuando gobernar también implica ordenar el desconcierto

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN
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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

La época actual no se caracteriza precisamente por la moderación. El mundo parece haber entrado en una fase de repliegues identitarios, donde las certezas se construyen más por negación que por afirmación, y donde la diferencia suele vivirse como amenaza antes que como oportunidad. En ese escenario áspero, la política se vuelve un territorio de choque permanente y la convivencia, un ejercicio cada vez más frágil. No es un fenómeno local: atraviesa continentes, culturas y sistemas políticos. Pero en Argentina, como tantas otras veces, adquiere un espesor particular.

La globalización, que prometía integración y horizontes amplios, terminó dejando a vastos sectores sociales en una suerte de tránsito perpetuo. Clases medias y medias bajas que no terminan de encontrar anclaje, que sienten que el esfuerzo ya no garantiza destino y que miran con desconfianza cualquier promesa de futuro. Ese desarraigo, más simbólico que geográfico, suele ser terreno fértil para discursos cerrados, para liderazgos que ofrecen pertenencia inmediata aunque sea al costo de profundizar la exclusión.

En ese contexto irrumpe el fenómeno de los nacionalismos duros, las soluciones tajantes y las narrativas que simplifican una realidad compleja. Frente a ello, no sorprende que muchos ciudadanos se sientan tentados por diagnósticos extremos o por profetas que prometen redención rápida. La frustración acumulada, cuando no encuentra cauces razonables, suele expresarse como bronca o como rechazo al otro, al vecino, al distinto.

Argentina carga, además, con una historia prolongada de desorden conceptual. Décadas de políticas erráticas, de atajos sin salida y de negación sistemática de las restricciones reales fueron horadando no solo la economía, sino también la confianza colectiva. Se administraron ficciones como si fueran verdades duraderas y se postergó una y otra vez la discusión incómoda sobre límites, costos y responsabilidades. El resultado está a la vista: bolsillos vacíos, expectativas dañadas y un orgullo nacional que parece haberse ido diluyendo.

Es en ese terreno donde debe leerse la experiencia del gobierno de Javier Milei. Más allá de las simpatías o rechazos que despierta su estilo, lo cierto es que su gestión enfrenta un desafío que excede largamente la coyuntura económica. Gobernar hoy implica intervenir en una sociedad acostumbrada a pensar la política como un juego de suma cero: quitarle a unos para beneficiar a otros, sin reparar en la sustentabilidad del conjunto. Cambiar esa lógica no es solo una decisión técnica; es, ante todo, una batalla cultural.

El actual gobierno parece haber comprendido que no hay redistribución posible sin antes reconstruir las condiciones básicas de generación de riqueza. Esa premisa, tan elemental como resistida en la tradición local, choca con años de discursos que exaltaron el reparto sin creación previa. De allí proviene buena parte de la resistencia: no tanto a las medidas concretas, sino a la idea de que el progreso exige reglas, conocimiento y esfuerzo alineado con la realidad.

En este punto, vale recuperar aquella intuición de Jaime Balmes sobre la necesidad de quienes saben “hacer producir la tierra con poco coste, mucho y bueno”. Traducido al presente, se trata de reconocer el valor del saber técnico, de la eficiencia y de la racionalidad en la gestión pública. No como dogmas infalibles, sino como antídotos frente a la improvisación crónica que ha caracterizado a demasiados ciclos políticos.

El gobierno de Milei navega, sin duda, entre tensiones constantes. Demandas urgentes y contradictorias, sectores que reclaman alivio inmediato y otros que exigen coherencia de largo plazo. En ese concierto desparejo, no faltan quienes subrayan con severidad cada desacierto, amplificándolo como prueba de un fracaso anunciado. Mucho menos frecuente es el reconocimiento de ciertos aciertos estructurales, especialmente aquellos que no generan beneficios instantáneos pero apuntan a ordenar el tablero.

Nada de esto implica negar errores ni blindar decisiones discutibles. Pero sí supone admitir que, por primera vez en mucho tiempo, hay un intento explícito de enfrentar las carencias desde su raíz y no solo administrar sus consecuencias. En una sociedad acostumbrada a parches y excepciones, esa apuesta genera incomodidad. Tal vez porque obliga a mirar de frente aquello que durante años se prefirió esquivar.

La Argentina sigue atrapada entre la tentación del atajo y la necesidad del camino largo. El desafío del presente no es menor: salir de la intrascendencia exige abandonar falsas certezas y aceptar que el orden, aunque incómodo, puede ser la condición indispensable para cualquier proyecto colectivo duradero.

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