Hay una enorme diferencia entre gobernar y administrar una campaña permanente. Gobernar es tomar decisiones pensando en quienes confiaron su voto. Hacer campaña es medir cada palabra, cada gesto y cada fotografía para ver cómo impacta en una encuesta. Cuando se confunden ambas cosas, el resultado suele ser el mismo: mucha puesta en escena y muy poca gestión.
Eso es, precisamente, lo que hoy ocurre en Rafaela.
Leonardo Viotti parece haber decidido que la mejor manera de recuperar el tiempo perdido es escuchar a consultores, gurúes del marketing político y estrategas electorales que le indican cuál es el próximo golpe de efecto. El problema es que la realidad no se gobierna con focus groups ni con manuales importados de otras ciudades. Rafaela tiene una identidad propia y necesita un intendente que gestione, no un actor que interprete el papel que otros le escriben.
Porque la política tiene algo que muchos consultores jamás entenderán: la gente detecta cuando un dirigente es genuino y cuando simplemente está actuando.
Después de casi tres años de una gestión que nunca logró despegar, ahora aparecen medidas rimbombantes, anuncios grandilocuentes y decisiones que parecen diseñadas más para generar títulos que para resolver problemas reales.
El caso de los controles de alcoholemia y consumo de estupefacientes a empleados municipales es el ejemplo perfecto.
La iniciativa recibió un rechazo masivo. No solamente por la manera en que fue presentada, sino porque volvió a exhibir un gobierno más preocupado por construir un relato que por solucionar los problemas cotidianos de la ciudad.
Como suele suceder cuando una jugada política sale mal, inmediatamente llegó el operativo de control de daños.
Ya no se habla de controles.
Ahora el discurso cambió.
Ahora dicen que el objetivo es "acompañar".
Una funcionaria del propio equipo de Viotti sostuvo:
🔴 "Como empleadores también tenemos la obligación de acompañar a quien atraviesa este problema y, al mismo tiempo, cuidar a sus compañeros y a todos los vecinos."
El problema es que ese discurso llega después del rechazo social.
Y además deja otra pregunta inevitable.
¿Los funcionarios políticos también serán sometidos a esos controles? ¿O las reglas solamente corren para los empleados municipales?
Porque si realmente creen en esa política, deberían empezar por ellos mismos. Desde el intendente hasta el último secretario. Nadie debería quedar excluido. De lo contrario, el mensaje es de una hipocresía monumental.
Lo preocupante es que esta no parece una política sanitaria ni una herramienta seria de prevención.
Parece otro manotazo de ahogado.
Otro intento desesperado de instalar un tema para intentar recuperar una imagen que se deteriora día tras día.
Pero los problemas de Rafaela no desaparecen con conferencias de prensa.
La inseguridad sigue creciendo.
Los accidentes de tránsito continúan aumentando.
Las obras prometidas avanzan mucho más lento de lo esperado.
Los vecinos siguen esperando respuestas.
Y mientras tanto, el gobierno municipal continúa produciendo relatos.
El tiempo político de Viotti empieza a consumirse. Y cuanto más se acerca el calendario electoral, más evidente resulta que intenta recuperar en pocos meses lo que no hizo durante casi tres años.
Eso es imposible.
La gestión no se improvisa.
La credibilidad tampoco.
Los vecinos no necesitan un intendente que copie modelos de comunicación de otros dirigentes, ni que siga al pie de la letra los consejos de consultores que jamás caminaron una vereda de Rafaela.
Necesitan un intendente que haga lo más básico y, al mismo tiempo, lo más importante: trabajar.
Porque mientras miles de rafaelinos se levantan todos los días para ganarse el pan con esfuerzo, la Municipalidad no puede seguir viviendo de anuncios, relatos y golpes de efecto.
Gobernar no es actuar. Gobernar es gestionar.
Y cuando la gestión no aparece, ningún gurú de la política puede evitar que la realidad termine pasando la factura.