CON LAS "PATAS EN LA FUENTE"

EDITORIAL 14 de noviembre de 2016 Por Ricardo G. A. Zimerman
Parodia de seres miserables sobre un símbolo y un hito de nuesta historia nacional.
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No son los peronistas los únicos que tienen patas.

Las tienen los animales, los insectos y los muebles. También están las patas de la mentira. Y el calificativo “patán” desprecia al destinatario. Pata es el desdoro de un pie. Lo degrada al bestiario; le sospecha hedor y estética de vulgo.

Las patas son pies subvalorados; pies que desconocen las cremas hidratantes, el calzado a medida y el podólogo. Son vergonzantes y plebeyas. Y las que sostienen el cuerpo más tiempo parado y trabajando que en descanso.

Decirles “patas” a los pies metidos a enfriar en la fuente de agua de la Plaza de Mayo, aquel 17 de octubre de 1945, fue un extraordinario bautismo peronista. Y no podría tener otro origen. Las imágenes de trabajadores caminantes aliviando sus agotados pies en las aguas de la fuente son históricamente implacables. Nos imponen un clima de época y nos muestran un comportamiento popular hasta entonces impredecible.

Fue el poeta Léonidas Lamborghini quien en 1965 publica su poemario “Con las patas en la fuente” y consagra el sarcasmo. Lo legitima y lo estampa. El recurso del poeta es paradójico: se apropia del insulto y lo embellece. Algunos no entendían. Tuvo críticas cercanas que discutían si llamarles “patas” a los pies no era darles pasto a las fieras. No preveían aún que las “patas en la fuente” ya habían trascendido su límite locomotriz y anatómico y empezaban a caminar por la leyenda.

Inflamadas, sucias y ampolladas por la larga caminata desde los suburbios de Buenos Aires, tuvieron como destino estar al pie de la Casa Rosada y celebrar al Coronel Perón, el político que venía a interpretarlos. Y ahí estuvieron: algunos por primera vez en su vida, como si arribaran a un puerto desconocido aunque vivieran desde hace años a solo media hora de tren del centro. Llegaron a pata, coreando el nombre del líder, todavía haciéndose; y usaron la fuente como una palangana. Para muchos fue un éxtasis, ya que en sus casas, con suerte, apenas si alcanzaban a lavarse los pies en tachos o en baldes.

Para los modos pacatos de las clases acomodadas, profanar una fuente pública con esas patas obreras ordinarias y promiscuas fue motivo de escándalo. El naciente antiperonismo predecía con su conservador instinto de clase, que se venía el “aluvión zoológico”.

Las patas en la fuente ya son parte natural de la iconografía argentina; como la camisa de mangas arremangadas, como Perón montado en su caballo pinto y como el perfil de Evita con su peinado con rodete.

No es casual que en antiquísimas culturas el pie significa el comienzo del movimiento; y también por el pie se lo termina. Es el símbolo de partida y también de llegada. Sabemos que es a partir de los pies que se yergue la cabeza. Y no al revés. A eso se le llama tener los pies sobre la tierra.

El kirchnerismo se robo todo aquello que se podía robar. Se robo cosas materiales, sobre todo dinero en efectivo, y si cabía la posibilidad de que fuera en moneda extranjera, preferentemente dolares o euros, mucho mejor.

Pero la cosa no terminó ahí, no se conformaron con llenarse los bolsillo con tantas riquezas materiales imposibles de gastar en toda una vida, y estoy hablando de aquellos a los que el destino les dará prolongada longevidad, sino que de esos bienes, con absoluta seguridad, disfrutarán sus hijos, nietos, y vaya a saber cuántas generaciones más. No, también se robaron otras cosas que no son tangibles, como los símbolos, que representan pedazos de nuestra historia que ya no se podrán recuperar jamás. Se robaron ilusiones, esperanzas de cientos de miles de argentinos que con optimismo apostaron a un proyecto que decía tener la solución para todos los males que padecía este país. Obvio, no aclaraban que esa solución era sólo para unos pocos, y que ese “proyecto” era, en realidad, un maquiavélico plan para saquear las arcas del Estado, o sea, robarnos a todos los argentinos.

Hace poco, alguien con un ingenio y un sarcasmo muy agudo, escribió por la red Twitter que el kirnerismo también se robó la primavera, haciendo referencia a un invierno que no se decidía del todo a retirarse. Sinceramente, me causó mucha gracia, más allá de la cruel realidad que esas pocas palabras dejan entrever.

Pero, hace tan sólo unos días, he visto con asombro y hasta con un poco de repugnancia lo que yo califico como el último gran robo kirchnerista: Boudou, Esteche, D'elia y Mariotto con “las patas en la fuente”, no por lo que la foto muestra en sí, sino por la idea de que existen canallas que no tienen ningún tipo de reparo en meterse con cosas tan sagradas como “la vieja”.

A fuerza de ser sincero, debo reconocer que no soy peronista, pero el hecho de que no lo sea no es condición que me impida sentir repugnancia cuando se está violando los sentimientos de quienes, sin tener el mismo ideal político que yo, son hombres iguales a mi, por lo que también eso representa una violación hacía símbolos a los cuales respeto profundamente, y en ese mismo sentido, también violan mis sentimientos.

Esta parodia de recreación del mítico 17 de Octubre de 1945, hecha por personajes que poco y nada tienen de peronistas, sino que más bien son el sumun de la lacra política argentina que hasta ayer nomas se creyeron los dueños del destino y la felicidad de millones de honestos ciudadanos de este país, es una afrenta, una bofetada en pleno rostro a todos aquellos que hicieron de ese día, una gesta y un mojón histórico que, para bien o para mal, según cómo se lo mire, viene desde hace más de 70 años marcando un antes y un después en la vida política, social y económica de la Argentina.

Estos personajes, que con su cínica parodia, ensucian los más caros símbolos de aquello a lo que dicen pertenecer, están dando, una vez más, una acabada muestra de lo poco que les importa el ideario popular que, con más esfuerzo por robar que por hacer, aseguraron abrazar.

Las “patas en la fuente” son parte, ya no sólo del peronismo, sino de la historia reciente de una Argentina a la que todavía le cuesta mucho desprenderse de alimañas inescrupulosas que enlodan la memoria y corroen los huesos de ilustres muertos.

Digo alimañas, porque no encuentro un calificativo más despreciable para personajes como Boudou, Esteche, D'elia y Mariotto. Personajes que resumen, en sí mismos, lo que con absoluta seguridad va a ser recordado por la historia como el más nefasto experimento de poder en nuestro país.

Con toda seguridad, ni siquiera sepan bien el significado y la representación de la imagen que brutalmente violaron.

Después de todo, no son más que seres miserables.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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