El Dios Mercado

EDITORIAL Por Isaias Abrutzky / Especial para R24N
dios-dinerojpg

Isaias Abrutzky Isaias Abrutzky / Especial para R24N

Por estas épocas, y en casi todo el mundo, pero particularmente en la Argentina, el Estado tiene -en la visión de una parte importante de la sociedad- mala reputacion. Quienes aspiran a participar en su conducción, o ya se encargan de ello, esto es los politicos son a quienes la peor fama se les adjudica. Ningún gobernante deja de ser señalado como corrupto, protector de sus propios intereses, ladrón y despilfarrador de fondos públicos. 

Por contraste, a quienes se dedican a la actividad privada, el sentido común vigente les asigna un papel social honroso, y ser víctimas de la exacción que significan los impuestos. Y los consumidores suelen avalar la evasión fiscal, aceptando el argumento de que los comerciantes o industriales sufren el acogotamiento por parte del Estado.  

“Achicar el Estado es agrandar la nación”. Esta frase que condensa buena parte del pensamiento liberal fue acuñada por José Alfredo Martínez de Hoz, ministro del dictador y genocida Jorge Rafael Videla, aunque hay tambien quien la atribuye a Ricardo Zinn, de larga  trayectoria en muy diversos gobiernos argentinos. Zinn fue asesor de Martínez de Hoz, pero también tuvo papeles destacados en el área económica durante las presidencias de María Estela Martínez de Perón y de Carlos Menem. 

La concepción de que achicar al Estado es virtuoso, implica , entre otras cosas, que la actividad económica transcurra libre de obstáculos para los agentes económicos privados. Sin regulaciones estatales, sostienen, la economía se desarrolla excelentemente, y el mercado actúa como ordenador de toda la actividad agraria, minera, comercial e industrial. Su “mano invisible” orienta las acciones de los empresarios, promoviendo el progreso y el bienestar.  

Esta mención de una mano invisible surge de la obra de Adam Smith, el padre de la economía como ciencia. Se explica por el papel del empresario como benefactor de la sociedad no por un espíritu altruista sino por la procura de sus propios intereses. En la economía primitiva que describe Smith, donde existe una necesidad, aparecerá algún privado que la cubra, porque habrá decidido invertir para poner a disposición de quien los necesite, sus servicios o productos, ofrecidos con ánimo de lucro. Si sus previsiones resultan acertadas, él se beneficiará con sus ganancias, en tanto sus clientes, que anteriormente debían privarse de esas ofertas, también tendrán a su disposición soluciones de las que antes carecían. Lo bueno, según los liberales, es que si el emprendimiento fracasa, quien habrá salido perdedor es el empresario, a diferencia de cuando este fracaso es protagonizado por el Estado, lo que implica una pérdida para el conjunto de la sociedad. 

De acuerdo a la concepción liberal, la mano invisible tambien actúa para evitar abusos por parte del empresario: si a él se le ocurriera fijar precios exagerados para aquello que pone a la venta, se enriquecería prontamente, llamando la atención de otros agentes económicos que verían allí una oportunidad, y que saldrían a competir con quien inauguró la oferta. Esto se traduce en una regulación espontánea de los precios. 

Según Smith, las ventajas de dejar en libertad a los empresarios para realizar su actividad, no solo son beneficiosas a nivel interno de una nación sino que también ocurren en el comercio internacional. De allí surge la doctrina de la division internacional del trabajo, de acuerdo a la cual cada país debe dedicarse principalmente a producir lo que -por sus particularidades naturales o poblacionales- puede ofrecer los precios más bajos; en tanto se abastece en el extranjero de los demás productos que necesita y no produciría eficientemente. 

Suena lindo eso de que “¿para qué vamos a hacer nosotros aquello que nos resulta muy costoso, cuando podemos tener lo que necesitamos a un precio más bajo comprándoselo a otros países que, para ese tipo de bienes, tienen ventajas competitivas?” Pero esa es una trampa que ha sido causa de la ruina y el hambre en muchas regiones del mundo. 

Ciertamente, la aquí expuesta en estas pocas palabras es una versión muy edulcorada de las ideas de Smith, ya que éste advierte sobre situaciones que pueden desvirtuar esa armonía en el flujo de las transacciones económicas, entre ellas la pobreza. 

A esta bella teoría que esboza Smith se acoplan luego diversos notorios economistas como Ludwig Von Mises,  Friedrich Hayek y Milton Friedman. La lógica liberal parece sólida a primera vista, y seguramente se adaptaba más a la realidad del devenir de la economia en las épocas en que fue formulada (Smith publicó su libro “La riqueza de las naciones en 1776). La posterior evolución de la sociedad mundial relegó a ese esquema a un papel anecdótico, que los impulsores del libre mercado simulan ignorar, simplemente porque les conviene. 

En la sofisicada sociedad actual, una de las bases de la doctrina liberal -la libre competencia- es muy difícil que se produzca. Las empresas más exitosas suelen bajar artificialmente sus precios, por un tiempo limitado, para sacar de la cancha a quien ose interferir en sus negocios. En informática se ha dado el caso de compras de empresas que hacían peligrar el predominio de la mas poderosa, la que zanjaba el problema adquriendo a la que consideraban como intrusa, a veces pagando sumas de gran magnitud. Ocurrió con ICQ, una compañía que desarrolló el primer sistema de mensajería instantánea de gran escala, que luego fue comprada por la entonces poderosa América Online (AOL) en 287 millones de dólares. Simplemente para hacer desaparecer su principal producto. 

En los Estados Unidos, uno de los países donde más se hace culto al liberalismo económico, el Estado dispone de fuertes mecanismos de control para evitar los monopolios, y frecuentemente rechaza fusiones empresarias que concentrarían la oferta. Los acuerdos de precios entre empresas que debieran ser competitivas, son perseguidos y penados severamente.  Son liberales, pero no tontos.  

La realidad es que las empresas no admiten de buena gana la competencia, y si pueden la aniquilan. Y una de las formas de de hacer desaparecer del mercado a los competidores es el dumping, que consiste en vender a precio bajo, a veces por debajo del costo. Esto significa un pérdida para la empresa que lo practica, pero puede llevar a la quiebra a la que lo sufre, ya que sus posibilidades de aguantar las pérdidas son generalmente mucho menores. El dumping favorece momentáneamente al consumidor, quien a la larga resulta perjudicado. Por eso es necesario que el Estado no lo admita. A nivel interno no es tan fácil hacerlo, pero en el comercio internacional se puede controlar a través de impuestos a la importacion. 

En la Argentina existe una tremenda concentración de los productores: hay una sola empresa que elabora azúcar; la cerveza está prácticamente monopolizada. En general los productos alimenticios y los de higiene estan a cargo de un puñado de compañías, casi todas extranjeras. Sin duda, el modelo de dejar todo el ordenamiento económico al mercado solamente sirve a unos pocos, que obtienen ganancias extraordinarias. No solamente manejan los precios sino tambien el abastecimiento. El esquema de Smith no funciona. Quienes lo impulsan son aquellos a quienes les conviene un Estado ausente, para aprovecharse de una población desprotegida.  

Un país próspero e independiente debe estar integrado, y  no quedar expuesto a problemas de producción en otros lugares del mundo, o presiones geopolíticas. El consumidor debe ser consciente de esta problemática, y no abogar por lo importado porque puede ser mejor y más barato. Sobre todo en un país como Argentina, siempre escasa en la disponibilidad de divisas para importar. 

Te puede interesar