Alberto Fernández, en su versión sin límites

OPINIÓN 24/05/2023 Joaquín Morales Solá*
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En su último frenesí mediático, Alberto Fernández volvió a ser el político intrigante, sinuoso y sin noción de los límites para emprender una campaña electoral, tal como se lo conoció antes de su reconciliación con Cristina Kirchner, en 2018. Las víctimas de su último desorden político e intelectual fueron la propia Cristina (a quien, no obstante, trató con benevolencia) y el alcalde de la Capital, Horacio Rodríguez Larreta, a quien directamente lo culpó nada menos que del suicidio del célebre médico René Favaloro. 

En el caso de Cristina Kirchner, el Presidente abandonó la defensa cerrada que hacía de la vicepresidenta frente a las acusaciones de corrupción durante su gestión presidencial. Y remarcó lo que es una obviedad política: ella no es Perón por más carisma que tenga. ¿Era necesario recordarle que en la historia del peronismo será una dirigente más? Bajarla del Olimpo es casi una crueldad para un personaje como Cristina.

Cuando miró a Rodríguez Larreta observó sólo al contrincante electoral, aun cuando Alberto Fernández no sabe todavía quién será su propio candidato. Esa elección es una facultad, limitada ahora, de Cristina, no de él. ¿Acaso las novedosas alusiones presidenciales a la expresidenta están relacionadas directamente con el veto que ella le asestó a la improbable reelección de Alberto Fernández y al hecho fácilmente constatable de que lo desnudó de poder frente al proceso electoral? Es posible. Alberto Fernández suele confundir también las cuestiones políticas con las personales, como le sucedió -y le sucede- con Mauricio Macri. Detesta al expresidente desde que este habilitó en 2006 al entonces fundacional Pro para aprobar la destitución mediante juicio político de Aníbal Ibarra como jefe del gobierno capitalino. Ibarra era entonces un cercanísimo aliado del gobierno de Néstor Kirchner y de Alberto Fernández.

No todo fue lawfare en la investigación judicial de Cristina Kirchner por hechos de corrupción, según se desprende de esas declaraciones de Alberto Fernández conocidas el domingo último. El insistente y falso argumento de que una vasta conspiración judicial, empresaria y mediática asediaba a Cristina Kirchner en los tribunales cayó por boca de quien es el presidente de la Nación designado por el dedo de la propia vicepresidenta. Alberto Fernández dijo que Cristina Kirchner cometió “faltas éticas” porque le dio contratos con el Estado, cuando era presidenta, a Lázaro Báez sin tener en cuenta que existía una relación previa entre ella y el supuesto empresario.

El primer aspecto que debe subrayarse es que esa falta ética es más profunda aun en el caso de Néstor Kirchner, porque este lo conocía a Báez desde antes que Cristina y porque fue él quien le dio, como presidente, el primero de muchos contratos con el Estado. El Presidente señaló que una “falta ética” no es necesariamente un delito, y en ese momento pareció salir en defensa de su vieja madrina. Calló lo que cualquier abogado sabe: es la investigación judicial la que debe establecer si una falta ética es también un delito -o no-. Los jueces y fiscales están haciendo, por lo tanto, el trabajo que les toca. No están puestos ahí, hurgando en los papeles de Cristina, por una extraña disposición de conjuras e intrigas. El relato se hizo trizas. El cristinismo odió esas cavilaciones públicas del Presidente y le advirtió que ni se le ocurra concurrir este jueves a la megacatarsis cristinista en Plaza de Mayo, un acto que sabe más a despedida que a exaltación de la vicepresidenta. Podrían silbarlo y hasta gritarle traidor al jefe del Estado, según le hicieron saber.

Otro aspecto que merece destacarse es que Alberto Fernández habló de una falta ética como si solo se hubiera tratado de un ingenuo trasiego de favores personales, hecho por alguien, Cristina Kirchner, que no recibió nada a cambio. Según la investigación de varios fiscales y jueces que terminó con el célebre alegato del fiscal Diego Luciani, la familia Kirchner fue ampliamente beneficiada por las obras públicas que le concedió a Lázaro Báez desde 2003 hasta 2015. Para peor, existe otra causa en trámite, Hotesur y Los Sauces, que establecería cómo se lavó, en parte al menos, el dinero de Báez de la obra pública en hoteles y edificios propiedad de los Kirchner. En ese punto preciso es cuando cualquier falta ética se convierte en delito, aunque la única instancia que debe establecerlo es, desde ya, la Justicia. Debe repetirse, entonces: la presencia de la Justicia es necesaria en el caso de Cristina Kirchner, según puede concluirse de las propias declaraciones públicas del Presidente. El inverosímil lawfare es solo un relato para fanáticos.

Alberto Fernández no se privó siquiera de decirle ignorante a Cristina, sin decírselo, cuando señaló que el triple empate electoral, reconocido por ella, carece de estrategia. “Para entrar en la segunda vuelta, hay que tener una estrategia para ampliar luego el número de votos”, le enseñó. Una lección de estrategia política a la eterna profesora. Cristina estalló de furia, dicen. Los dos se suicidaron con la sinceridad de reconocer que Javier Milei podría dejarlo al kirchnerismo fuera de la segunda vuelta electoral. Si el peronismo resultara tercero en la primera vuelta de octubre, como ellos lo admiten implícitamente, el kirchnerismo deberá prepararse para su eclipse definitivo y absoluto.

Esa oscilación del destino electoral explica, quizás, el caso Rodríguez Larreta. Refiere, a su vez, a otra parte del semblante de Alberto Fernández: no tiene límites ni medidas cuando se trata de batir a un enemigo. Tal vez haya sido el político que instaló en la Argentina la práctica de la campaña electoral sucia, con acusaciones falsas, con medias verdades que se parecen a las mentiras y manipulaciones obscenas de datos históricos. El famoso cardiólogo René Favaloro, que inventó la técnica del by pass para las enfermedades coronarias y que salvó millones de vidas en el mundo, se suicidó en Buenos Aires en el invierno infame del año 2000.

Dejó una carta abierta en la que denunció la corrupción del sistema de salud y de los sindicatos. “¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno! Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica”, escribió el médico, lapidario, antes de dispararse un tiro en el corazón. Entre los amigos más cercanos de Alberto Fernández están, precisamente, los dirigentes sindicales del sistema sanitario. Las culpas no están lejos del Presidente, aunque no lo aluden a él. El martirio de Favaloro, que se mató cuando su fundación sobrellevaba una deuda insoportable, tiene varios culpables, pero Rodríguez Larreta no figura entre ellos. “No le den el gobierno a los que manejaban el PAMI cuando Favaloro se suicidio”, disparó el Presidente en alusión a Rodríguez Larreta. “¡Canalla!”, le respondió el precandidato presidencial de Juntos por el Cambio.

¿Qué pasó con Favaloro? Una de las deudas más importantes de la Fundación Favaloro la tenía el PAMI con esa institución; el PAMI estaba entonces a cargo de Cecilia Felgueras, una creación estelar y fugaz del dellarruismo. Rodríguez Larreta era también funcionario del PAMI, pero había llegado ahí en representación de algunos sectores peronistas sin capacidad casi de decisión. Vale la pena recordar brevemente cómo fue todo aquello para entender el grado de manipulación al que está dispuesto el jefe del Estado con el propósito de destruir a un competidor electoral. ¿O, acaso, no fue peor lo que hizo con Enrique Olivera en 2005? Entonces, le inventaron a Olivera una cuenta bancaria en el exterior, que no tenía, pocos días antes de las elecciones legislativas en las que debía competir en nombre del partido de Elisa Carrió. El denunciante, Daniel Bravo, entonces funcionario de Aníbal Ibarra en la Capital, reconoció luego haber sido “utilizado” y le pidió disculpas a Olivera. Bravo había estado en el despacho de Alberto Fernández días antes de su denuncia contra Olivera. Cuando las cosas se aclararon, las elecciones ya habían pasado y Olivera se vio seriamente afectado, pero el candidato de Alberto Fernández no ganó. Fue la primera elección que Mauricio Macri ganó en la Capital, aunque solo como diputado nacional.

De todos modos, no hay peor ejemplo que el de una persona sin principios ni sensibilidad que le atribuye injustamente a alguien la muerte de otra persona. Basta con solo insinuar que su gestión o su desidia pudo provocar nada menos que el suicidio de un hombre célebre. El uso engañoso y falso, supuestamente solidario, del nombre y el prestigio de las personas es otra mala costumbre (para llamarla de algún modo) de Alberto Fernández. Favaloro fue un mártir de la corrupción argentina, como él mismo lo dejó escrito, y ahora el Presidente lo quiere convertir en botín electoral. La memoria del médico más popular de la Argentina merecía un destino más pacífico y amable.

 

 

* Para La Nación

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