



Hay temas que la política rafaelina evita discutir con sinceridad porque la verdad resulta incómoda. El sistema de minibuses es uno de ellos. Todos saben que no funciona como debería, todos saben que genera pérdidas enormes y todos saben que el servicio está lejos de responder a las necesidades reales de los vecinos. Sin embargo, nadie parece dispuesto a asumir el costo político de decir lo evidente.
Los minibuses, tal como funcionan hoy, no pueden seguir existiendo.
No porque el transporte público no sea importante, sino porque resulta inadmisible que un servicio deficiente genere pérdidas millonarias que terminan siendo cubiertas con los impuestos que pagan todos los rafaelinos.
Lo más grave es que Rafaela no necesita de los minibuses en las condiciones actuales.
La afirmación puede resultar incómoda para algunos sectores, pero alcanza con observar la realidad cotidiana. Si el servicio fuera suspendido hoy mismo, la vida de la enorme mayoría de los rafaelinos no sufriría modificaciones sustanciales. Lo único que cambiaría es que la Municipalidad dejaría de gastar una fortuna para sostener un sistema que no logra justificar su existencia.
Resulta imprescindible darle un corte urgente a esta situación.
No se trata de eliminar el debate sobre el transporte público, sino de terminar con un modelo que hace años demuestra ser ineficiente. La discusión debe ser seria, profunda y sin prejuicios ideológicos. Hay que analizar alternativas, revisar números y reconocer que el esquema actual fracasó.
Además, la propia realidad social y tecnológica ha modificado los hábitos de movilidad urbana. Hoy muchas personas de menores recursos encuentran en plataformas como DiDi Moto una alternativa más rápida, más práctica y, en numerosos casos, más económica que los minibuses. La gente elige resolver sus necesidades de traslado de la manera más eficiente posible, independientemente de los discursos políticos.
Mientras tanto, el municipio continúa destinando recursos que podrían utilizarse en otras áreas donde los vecinos sí perciben necesidades concretas.
Hay que barajar y dar de nuevo.
Y para hacerlo, primero hay que sincerar el debate. Todos los sectores políticos conocen los números. Todos saben cuánto cuesta mantener el sistema. Todos saben que la relación entre el gasto realizado y el servicio prestado es difícil de justificar. Sin embargo, prevalece el silencio.
En este contexto, la gestión de Leonardo Viotti tampoco puede escapar a las responsabilidades que le corresponden.
Con los minibuses ocurre exactamente lo mismo que con gran parte de su administración: improvisación, falta de planificación y ausencia de un rumbo definido.
Desde que asumió la intendencia no impulsó una transformación de fondo sobre el sistema ni presentó un plan serio para corregir sus falencias. Como sucede en otras áreas de gobierno, predominan las medidas aisladas, los anuncios circunstanciales y la falta de una estrategia integral.
Nunca existió un plan y todo indica que tampoco lo habrá.
Mientras tanto, el dinero sigue saliendo del bolsillo de los contribuyentes.
La pregunta es simple: ¿hasta cuándo?
¿Hasta cuándo los rafaelinos deberán financiar un sistema deficitario que no consigue brindar una prestación acorde a los recursos que consume? ¿Hasta cuándo la política seguirá evitando una discusión que tarde o temprano deberá darse?
Los minibuses, tal como funcionan hoy, son un lujo que Rafaela no puede permitirse.
Y cuando un servicio cuesta demasiado, funciona mal y no resuelve un problema esencial para la mayoría de la población, insistir en sostenerlo deja de ser una política pública para transformarse en una obstinación.
Seguir gastando dinero sin resultados no es gestionar. Es administrar el fracaso.








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