La AFA al desnudo

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN
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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hubo una época en la que la Unión Soviética descubrió, con sorpresa y algo de pánico, que levantar la alfombra implicaba encontrar polvo… y cosas bastante peores. A ese ejercicio tardío de sinceramiento le pusieron un nombre elegante: Glasnost. Transparencia. Información. Luz. Algo parecido —aunque con menos épica y más billeteras— está ocurriendo hoy en el fútbol argentino. Solo que acá, en vez de caer el Muro de Berlín, se empiezan a resquebrajar los muros de la AFA.

Durante décadas, el negocio del fútbol funcionó como un club privado: el que estaba adentro sabía, el que miraba desde afuera sospechaba, y todos fingían que no pasaba nada. Ahora, de golpe, aparecen papeles, transferencias, sociedades intermediarias, cuentas en el exterior y gastos que harían sonrojar a un emir. No es que el sistema se haya vuelto más corrupto: es que se volvió más visible. Y eso, para quienes vivían cómodos en la penumbra, es una pésima noticia.

La acumulación de datos incómodos tiene un efecto curioso: deja a los dirigentes contra las cuerdas y empuja al Poder Judicial al centro de la escena. Un lugar que no siempre le resulta cómodo. Porque la transparencia, si no desemboca en responsabilidades concretas, se convierte en un espectáculo enfermizo: todos miran, todos comentan, nadie paga. La diferencia entre una investigación y una telenovela es el castigo. Y ese capítulo todavía no se escribió.

Las revelaciones periodísticas de los últimos días ampliaron el mapa del fútbol-negocio hacia bancos internacionales, empresas intermediarias y giros millonarios que terminaban en destinos tan etéreos como las empresas que los recibían. Contratos en el exterior, sociedades “amigas”, retornos creativos y una pregunta básica que todavía flota en el aire: ¿por dónde entraban los dólares? Porque en la Argentina, hasta el último monotributista sabe que el mercado oficial no es optativo. Salvo, claro, que uno juegue en otra liga.

Nada de esto es completamente nuevo. El fútbol argentino hace tiempo que naturalizó prácticas que en cualquier otro país provocarían un escándalo inmediato. Intermediarios para todo, desde entradas hasta plataformas digitales; clubes con contratos inexplicables; dirigentes que viven mejor que sus balances. La novedad no es el mecanismo, sino el volumen y la trazabilidad. Hoy los rastros existen, y eso cambia las reglas del juego.

Como en toda trama local respetable, el fútbol no camina solo: va de la mano de la política. Empresarios que saltan del teatro a las listas legislativas, senadurías que aparecen sin militancia previa, cargos públicos que se alternan con negocios privados y un ecosistema donde nadie parece del todo ajeno. El fútbol es pasión popular, sí, pero también es una formidable usina de poder. Y el poder, en la Argentina, siempre encuentra cómo mezclarse.

En ese entramado surge una figura clave: el tesorero, el operador, el que “hace los negocios”. Mientras el presidente sonríe, corta cintas y disfruta del palco, alguien más se ocupa de la caja. No es una anomalía: es una tradición. Desde los tiempos de Grondona, el sistema aprendió que la discreción es más rentable que la exposición. El problema es cuando la discreción se transforma en blindaje.

A esto se le suma otro ingrediente explosivo: el juego clandestino. Apuestas ilegales, partidos sospechados, árbitros bajo la lupa y una sensación inquietante de que el resultado ya no se define solo en la cancha. Cuando el fútbol se cruza con el dinero negro, la degradación es rápida. “El fútbol es una mentira”, dicen algunos dirigentes en voz baja. Tal vez exageran. O tal vez no.

Detrás de este pantano aparece una palabra vieja, pero vigente: anomia. Falta de norma, de límite, de sanción. El problema no es solo que se crucen fronteras éticas; es que, una vez cruzadas, dejan de existir. Y ahí la política mira para otro lado, el periodismo denuncia y la Justicia decide si actúa… o administra tiempos.

Porque, al final, todo vuelve a lo mismo: jueces, competencias, causas que se disputan como si fueran trofeos y expedientes que misteriosamente despiertan cuando conviene. No se pueden mejorar las pruebas, entonces se intenta mejorar al juez. Es un deporte conocido.

En este contexto, el Gobierno encuentra un enemigo ideal. El fútbol concentra pasiones, sospechas y un hartazgo social que atraviesa camisetas. Golpear ahí rinde. Pero nada de esto tendrá sentido si la transparencia termina en un empate. La Glasnost sin sanción es apenas un reality show con botines.

Y la pregunta de fondo sigue intacta: ¿habrá justicia o solo un nuevo capítulo del folclore argentino, donde todos saben cómo empieza la historia y nadie se sorprende con el final?

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