



Por Carlos Zimerman
Con la media sanción en Diputados de la baja en la edad de inimputabilidad, el presidente Javier Milei se anota un nuevo triunfo político de alto impacto. No se trata solo de una ley. Se trata de un mensaje. Un mensaje claro a la sociedad y a todo el sistema político: el cambio avanza, incluso en uno de los temas más sensibles y postergados de la Argentina.
La decisión del Congreso no es un hecho aislado. Es la consecuencia directa de un clima social que viene reclamando orden, justicia y responsabilidad penal efectiva. La ciudadanía está cansada de un Estado que mira para otro lado mientras la violencia juvenil se convierte en una tragedia cotidiana. Milei leyó ese reclamo con precisión quirúrgica. Y actuó.
Este nuevo paso blinda políticamente al Presidente. Lo fortalece. Lo proyecta. Y, sobre todo, anticipa un escenario futuro muy definido: una Argentina que empieza a dejar atrás el garantismo ideológico y el relativismo moral que tanto daño hicieron en las últimas décadas.
Hoy la sociedad acompaña mayoritariamente a Milei. No por simpatía personal, sino porque expresa algo más profundo: la necesidad de reglas claras, autoridad legítima y decisiones sin miedo al costo político. Y ese respaldo popular está siendo comprendido por un sector de la oposición responsable, que empieza a asumir que quedar afuera de este proceso sería quedar del lado equivocado de la historia.
Hay dirigentes que entendieron que no se puede seguir jugando a la corrección política mientras la realidad golpea la puerta. Comprendieron que el país exige soluciones, no excusas. Y que acompañar reformas estructurales no es traicionar banderas, sino interpretar el mandato social.
En cambio, el populismo kirchnerista vuelve a mostrar su desconexión absoluta con la Argentina real. Aferrados al pasado, repiten discursos gastados, se refugian en consignas vacías y se niegan a aceptar que su modelo fracasó. Siguen defendiendo una decadencia que la mayoría ya no quiere.
Mientras una parte del sistema político mira hacia adelante, ellos miran hacia atrás. Mientras la sociedad exige orden, ellos ofrecen impunidad. Mientras se discute cómo construir futuro, ellos insisten en administrar ruinas.
La baja en la edad de inimputabilidad no es una bandera ideológica: es una respuesta concreta a un problema concreto. No criminaliza la pobreza. No persigue a los jóvenes. Establece responsabilidad. Y sin responsabilidad no hay convivencia posible.
Este triunfo legislativo consolida a Milei como un líder que no esquiva debates incómodos. Que no gobierna con encuestas diarias, sino con una convicción: transformar de raíz un país acostumbrado a la parálisis.
El mapa político empieza a ordenarse. De un lado, quienes entienden que la Argentina necesita reformas profundas. Del otro, quienes siguen defendiendo un modelo agotado. No hay grises.
La media sanción no es el final del camino. Es una señal de época. Y confirma algo que ya se percibe en la calle: Milei no gobierna solo. Gobierna con el respaldo de una sociedad que decidió dejar de tolerar el fracaso.
El futuro ya empezó a escribirse. Y no lo redacta el pasado.













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