Cristina Kirchner cerró 2022 y abre 2023 hablando solo de sus problemas

OPINIÓN Por Marcos Novaro*
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Otra vez le habló Cristina Kirchner a sus fieles, otra vez habló de sí misma y de sus problemas, en particular con la Justicia, y otra vez logró que la audiencia que tenía delante la celebrara y simpatizara con sus ocurrencias. Podría pensarse que consiguió así cerrar el año político disfrutando de `la última palabra´ y confirmando la ´centralidad´ de su figura para nuestro futuro, o al menos para el 2023, el año electoral que se nos viene encima. 

Necesita cada vez más esa confirmación desde que se retiró de la competencia electoral, lo que ahora abiertamente llamó ´su proscripción´. Pero es discutible que lo esté consiguiendo.

A lo largo de 2022, lo que hemos visto también es que la capacidad de la jefa del kirchnerismo para moldear la agenda política con su palabra fue decayendo. Cada vez más ha venido fracasando en su objetivo más importante, hacerse escuchar por todos los que no están ahí enfrente aplaudiéndola, porque no son sus fieles, son la gran masa de argentinos que viene alejándose de su proyecto político, y ya está cansada de que la verseen con la idea de que, de su mano y solo de su mano, hay solución para los problemas del país. Y eso porque ella cada vez más pone sus problemas personales por encima de estos, o da a entender que ellos van a resolverse solo si se resuelven aquellos. Que fue lo que volvió a hacer en el acto de cierre del año, en Avellaneda.

Cristina Kirchner y un largo ciclo de decadencia

No cabe duda de que, aún hoy y a pesar de todas esas dificultades, la vicepresidente es por lejos la persona con más poder en la política argentina. Pese a sus esfuerzos por disimularlo, machacando con la absurda idea de que ella es una pobre y débil víctima, casi inerme frente a los realmente poderosos, que serían los jueces, los medios, los empresarios, la oposición partidaria.

Lo que sí es cierto, y ella también trata de disimularlo, es que el suyo es un poder en decadencia. Que ha venido declinando durante un tiempo increíblemente prolongado, prácticamente toda la última década, pese a todos sus esfuerzos por detener ese proceso, reteniendo lo que se pudiera de ese mágico 54 por ciento con el que conquistó su reelección en 2011, conservando su control sobre el peronismo territorial y sindical, blindando su influencia sobre jueces, servicios de inteligencia y medios de comunicación, y asegurando para sus fieles la administración de las principales partidas de dinero público en el estado nacional, gobiernos provinciales y municipales, llenando la administración de los tres niveles con miles y miles de sus fieles. Que por algo siguen aplaudiéndola y considerándola esencial para que el país tenga algún futuro.

No es poco lo que la jefa consiguió a lo largo de este largo ciclo de decadencia. Todos esos recursos, solidarios entre sí, han perdurado mucho más que la fuente de la que en principio se nutrieron, el crecimiento administrado por el modelo económico que los Kirchner forjaron en 2003, y que dejó de funcionar hace una eternidad, a comienzos de la década pasada. Logró así algo extraordinario, que una economía que durante años y años no creció, siguiera siendo gestionada con las mismas recetas y por las mismas personas.

Nada es eterno

Por más que se haya estirado, heroica o inútilmente según cómo se prefiera ver, la sobrevida de ese régimen, ya las chances de Cristina Kirchner de seguir haciéndolo se han reducido al mínimo.

Cristina Kirchner ve concluir un año durísimo, durante el que fue condenada por corrupción, se atentó contra su vida y poca, poquísima repercusión tuvo ese episodio terrible en la opinión pública, debió resignarse a sostener una política de ajuste que al comienzo del año ella había rechazado expresamente, y que igual no está sirviendo para frenar la inflación sino apenas para que no se descontrole del todo. Aún para una persona acostumbrada a ignorar lo que no le conviene, todo eso debe ser, como ella misma diría, too much.

Reacciona a tanta frustración sobreexplotando los recursos que en otras ocasiones le funcionaron, la polarización, la victimización y, ante todo, su palabra pública. Repitiendo, un poco infantilmente, las fórmulas ya conocidas, hasta el hartazgo, los mismos giros cómplices, los mismos chistes, a ver si de tanto insistir vuelven a funcionar. Necesita cada vez más que su palabra tenga efecto, aún arriesgándola a dosis peligrosas de sobreexposición, porque también se ha ido retirando en estos meses de otros ámbitos, se retiró de los actos oficiales de su gobierno ya hace mucho, ahora se retira de las candidaturas. Y entonces hace cada vez más actos, como si fuera lo única que le queda. Tal vez sea cierto, y hablar frente a una audiencia que la celebre sea el último placer que pueda darse en medio de tanta frustración.

Más todavía necesita que la escuchen, ahora que está por comenzar el año electoral tal vez más duro que haya enfrentado jamás. Un año en que el kirchnerismo se va a jugar, literalmente, la vida.

Si imaginamos el ´23 como una continuidad del ´22, se entiende que se presente como una amenaza, un mundo hostil, para Cristina Kirchner y los suyos. Amenaza que ella parece querer exorcizar hablando, y repitiéndose. A juzgar por los resultados que ha conseguido en los últimos tiempos, no es una buena idea. Pero puede que no tenga otra.

 

 

* Para TN

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