Cayó Maduro, una porquería que transformó a Venezuela en un país narcoterrorista

OPINIÓN Jorge Levin
BSIYFHKOBZBCDPDGK66T27C2TA

JORGE LEVINPor Jorge Levin

Desde que Nicolás Maduro asumió la presidencia en 2013, respaldado por la sombra de Hugo Chávez, Venezuela ha estado atrapada en una vorágine de transformación negativa. Su llegada al poder marcó el inicio de un gobierno caracterizado por una polarización extrema y una profunda crisis económica. No es simplemente el legado de un presidente; es el resultado de un sistema político que se había ido desgastando a lo largo de años. La estrecha victoria sobre Henrique Capriles, rodeada de denuncias de irregularidades, planteó desde el principio dudas sobre su legitimidad y nacionalidad, dando pie a una desconfianza que solo se profundizó con el paso del tiempo.
En sus primeros meses, el panorama se oscureció rápidamente. La inflación comenzó a erosionar el poder adquisitivo, mientras el Ejecutivo se enfrascaba en un tira y afloja continúo con la Asamblea Nacional, una lucha institucional que solo agravó la crisis. Las protestas de 2014, iniciadas por un pueblo cansado de la escasez, no solo expusieron la miseria económica, sino que también revelaron la respuesta violenta del Estado: detenciones masivas y un uso desproporcionado de la fuerza. El resultado fue un ciclo de abuso documentado por organismos internacionales que aún resuena en nuestra memoria.
El año 2016 marcó un hito en esta crisis, convirtiendo la falta de alimentos y medicinas en una rutina para millones de venezolanos. Las imágenes de familias haciendo largas filas por productos esenciales se volvieron icónicas de una situación humanitaria que se desplomaba. La hiperinflación, con cifras que asomaban al millón por ciento, empujó a millones a la migración, convirtiendo a Venezuela en el epicentro de una diáspora que no cesa.
Las revueltas de 2017 llevaron esta tensión a un punto crítico, evidenciando la represión sistemática ejercida por las fuerzas de seguridad. Las violaciones a los derechos humanos se convirtieron en algo cotidiano, con testimonios que documentaban torturas y ejecuciones extrajudiciales. Sin embargo, en medio de este caos, Maduro se aferró al poder. Las elecciones de 2018, carentes de transparencia y legitimidad, se convirtieron en una farsa internacionalmente rechazada. Más de cincuenta gobiernos optaron por reconocer a Juan Guaidó como presidente encargado, mientras que el régimen continuó consolidando su control.
Es crucial entender que la corrupción en el gobierno chavista fue galopante. Las investigaciones en Estados Unidos destaparon un entramado criminal que asociaba altos funcionarios con el narcotráfico, siendo Maduro el principal implicado. Este vínculo con el crimen organizado atrajo más sanciones y un mayor aislamiento internacional que solo exacerbó la situación interna.
El país se sumió en un colapso de servicios públicos jamás visto. La falta de electricidad, agua potable y medicina se convirtió en un cotidiano para la mayoría. A medida que la economía se dolarizaba informalmente, la asociación entre las necesidades básicas y la incapacidad del Estado para proveerlas se hizo aún más evidente. Los individuos y comunidades debieron adaptarse a un nuevo tejido social, uno donde la supervivencia dependía en gran medida de redes informales.
La desesperación del pueblo provocó un éxodo sin precedentes. Más de ocho millones de personas se vieron obligadas a salir buscando mejores condiciones de vida fuera de las fronteras venezolanas. Las imágenes de aquellos que luchan por cruzar límites, enfrentando peligros incalculables, son un poderoso testimonio del horror que se vive dentro del país, ocultado por un régimen que se aferra al poder mediante la represión.
Mientras tanto, Maduro continuó fortaleciendo su alicaído régimen al buscar alianzas con potencias como Rusia y China, quienes se convirtieron en un salvavidas en medio del asedio internacional. A pesar de la fragmentación y debilitamiento interno de la oposición, el chavismo mantuvo su poder a través de prácticas clientelistas y represión. Este ciclo parece no tener fin, alimentándose de la miseria y desesperanza que el mismo régimen ha creado.
Pero el 2024 trajo consigo un nuevo capítulo. La reiterada falta de transparencia en las elecciones condujo a protestas masivas, que resultaron en más víctimas fatales y nuevos encarcelamientos de quienes se atrevían a alzar la voz. La llegada de la Operación Lanza del Sur por parte de Estados Unidos llevó la confrontación a un nuevo nivel. Con el arresto de Maduro, el futuro de Venezuela cuelga de un hilo.
El desgaste institucional constate y la crisis humanitaria han dejado a Venezuela en un estado crítico, donde se vislumbra una posible renovación política. Sin embargo, el régimen chavista aún tiene poder y controla territorios. La pregunta sigue siendo: ¿cuánto tiempo pasará antes de que el país se libere de las cadenas del autoritarismo y recupere su senda hacia la democracia? Mientras tanto, el sufrimiento del pueblo venezolano perdura, y cada día es una lucha por la esperanza en un futuro mejor.

     

     

     

     

ÚLTIMAS NOTICIAS
Te puede interesar
Lo más visto

PERIODISMO INDEPENDIENTE