


¿Ni vencedores ni vencidos? El Gobierno le dobló el brazo al PJ en el Congreso
OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política argentina suele ofrecer escenas que parecen improbables hasta que, de repente, se vuelven inevitables. La reciente sesión extraordinaria en Diputados dejó una de esas postales: un oficialismo sin mayoría propia que logró imponer dos decisiones de alto impacto y, al mismo tiempo, expuso la dificultad de su principal oposición para actuar como bloque coherente. No fue solo una jornada legislativa intensa. Fue, sobre todo, una radiografía del nuevo equilibrio de poder que empieza a ordenarse —o desordenarse— en el Congreso.
El Gobierno consiguió aprobar la reforma del régimen penal juvenil y el acuerdo con la Unión Europea en un mismo movimiento político que combinó pragmatismo, cálculo y una lectura fina de las debilidades ajenas. Lo notable no es únicamente el resultado, sino la arquitectura que lo hizo posible: negociaciones simultáneas, concesiones estratégicas y una disposición a modular el proyecto original para asegurar volumen político. La lógica no fue la de la pureza doctrinaria, sino la de la eficacia parlamentaria.
Ese método ya había mostrado resultados en la Cámara alta con la aprobación de la reforma laboral. Allí también hubo flexibilidad, diálogo con actores territoriales y señales hacia sectores productivos. El mensaje implícito fue claro: gobernar en minoría no significa resignar agenda, sino aprender a construir mayorías circunstanciales. Es una gimnasia que exige elasticidad ideológica y coordinación interna, dos atributos que el oficialismo parece haber priorizado como política de Estado.
Mientras tanto, la oposición peronista ofreció su propia escena: una convivencia cada vez más incómoda entre sectores que comparten sigla pero no estrategia. La votación sobre la imputabilidad juvenil reveló tensiones que intentaron disimularse mediante recursos reglamentarios. El gesto buscó preservar una apariencia de unidad, aunque las diferencias quedaron flotando en el aire del recinto. La política, como suele ocurrir, no se define solo por lo que se vota, sino por cómo se vota.
El episodio dejó en evidencia que dentro del peronismo conviven visiones distintas sobre seguridad, economía y relación con el oficialismo. Algunos legisladores optaron por acompañar medidas que consideran consistentes con posiciones históricas propias, aun a riesgo de incomodar a la conducción del bloque. No fue una rebelión explícita, pero sí una señal de autonomía que erosiona la disciplina interna.
Esa fisura se volvió inocultable en la votación del acuerdo internacional. Allí no hubo margen para diluir responsabilidades: cada voto quedó registrado. El resultado mostró un mapa opositor fragmentado entre quienes priorizaron argumentos productivos —exportaciones, empleo, economías regionales— y quienes sostuvieron una postura más identitaria. La división ya no fue táctica; fue conceptual.
En ese contexto, la conducción parlamentaria del peronismo quedó sometida a una tensión delicada: sostener la cohesión sin negar las diferencias reales. El intento de ordenar posiciones chocó con la evidencia de que existen múltiples sensibilidades conviviendo bajo el mismo paraguas. Gobernadores, referentes territoriales y sectores sindicales empiezan a actuar con lógica propia, menos subordinada a una narrativa única.
Para el oficialismo, el saldo es doble. Por un lado, consolida la percepción de capacidad operativa: puede transformar proyectos en leyes aun sin mayoría automática. Por otro, capitaliza la fragmentación ajena, articulando apoyos heterogéneos según el tema en discusión. No es una coalición clásica; es una red de acuerdos que se activa por objetivos concretos. Esa modalidad, aunque inestable por definición, ha demostrado eficacia en el corto plazo.
Lo que emerge es una dinámica nueva: un Gobierno que aprende a gobernar con aritmética variable y una oposición que todavía busca su punto de equilibrio. La política parlamentaria deja de organizarse en bloques rígidos para moverse en zonas grises donde pesan tanto los intereses territoriales como las identidades partidarias.
Las sesiones recientes marcaron algo más que un triunfo circunstancial. Señalaron un cambio de clima: la gobernabilidad ya no depende exclusivamente de mayorías formales, sino de la capacidad de leer el tablero y negociar en consecuencia. Para el oficialismo, es un punto de afirmación. Para el peronismo, una invitación —forzada— a redefinir su arquitectura interna.
En definitiva, el Congreso dejó de ser un espacio de confrontación binaria para convertirse en un terreno de alianzas móviles. Allí se juega, proyecto a proyecto, la estabilidad política de una etapa que recién empieza a mostrar sus reglas.











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