


La gestión de Leonardo Viotti atraviesa uno de sus momentos más críticos, marcada por una creciente desconfianza social y la percepción de que los anuncios oficiales buscan más instalar una sensación de movimiento que ofrecer soluciones concretas a los problemas estructurales de la ciudad. En distintos ámbitos, vecinos y sectores institucionales coinciden en que el intendente intenta por todos los medios demostrar gestión, pero la credibilidad parece haberse erosionado a un ritmo más veloz que la capacidad de respuesta del municipio.
Un episodio paradigmático de este desgaste fue la escenificación montada alrededor de la firma del decreto para erradicar a los lavacoches. Lo que pretendía ser una señal de autoridad y orden terminó convirtiéndose en un boomerang político. En el mismo acto, el intendente lanzó un desafío tan imprudente como revelador: instó a quienes defienden la actividad a que les den trabajo. La frase, lejos de fortalecer su postura, expuso una concepción preocupante sobre el rol del Estado municipal, que precisamente debería generar alternativas y soluciones para quienes hoy subsisten en la informalidad.
La reacción en las redes sociales fue inmediata y mayoritariamente adversa. Cientos de comentarios coincidieron en una idea central: es el intendente quien debe brindar respuestas, porque para eso fue elegido. La espontaneidad del rechazo dejó al descubierto un clima social enrarecido, donde ya no alcanza con anuncios ni gestos simbólicos. La ciudadanía exige resultados tangibles, y sobre todo coherencia entre el discurso y la acción.
En este contexto, la administración local aparece signada por la ineficiencia y la improvisación. Las decisiones parecen responder más a la urgencia de mostrar iniciativa que a un plan integral de gobierno. El resultado es una gestión que transmite agotamiento prematuro, como si el capital político se hubiese consumido antes de tiempo.
En la calle, la sensación dominante es que el ciclo está cumplido antes de haber alcanzado objetivos relevantes. Para muchos rafaelinos, el “boleto ya está picado” y lo único que resta es que transcurra el tiempo institucional hasta el recambio. La evaluación es lapidaria: un gobierno municipal que, según sostienen numerosos vecinos, quedará en la memoria como uno de los más débiles e improductivos de las últimas décadas.
Mientras tanto, la ciudad continúa esperando algo más que gestos desesperados: espera conducción, planificación y soluciones reales. Porque cuando la política se reduce a manotazos de ahogado, lo que se hunde no es solo una gestión, sino también la confianza de la gente.











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