


Diego Guelar y la caída de Maduro: entre la excepción necesaria y un precedente peligroso
INTERNACIONALES Agencia de Noticias del Interior
- La captura de Maduro es vista como un precedente negativo en términos de derecho internacional
- Guelar sostiene que no había vías democráticas internas para remover al régimen
- La atención se desplaza ahora hacia la transición política y sus condiciones reales
- La liberación de presos políticos aparece como la primera señal imprescindible
- Se advierte sobre el riesgo de que otras potencias imiten este tipo de intervenciones
- El desafío central es evitar que un hecho excepcional se convierta en modelo
La captura de Nicolás Maduro tras la intervención de Estados Unidos en Venezuela abrió un debate profundo en el plano internacional y regional. Para el ex embajador argentino en China y en Estados Unidos, Diego Guelar, el episodio constituye “un precedente muy malo”, aunque admite que, dadas las circunstancias, “no había otra forma” de poner fin a un régimen que, según su diagnóstico, había clausurado toda vía democrática y pacífica para una transición interna.
Guelar planteó su análisis desde una mirada pragmática, pero no exenta de preocupación. Por un lado, reconoció que el hecho consumado implica una violación explícita de las normas del derecho internacional. Por otro, sostuvo que la oposición venezolana había agotado todos los caminos posibles sin lograr desplazar a Maduro del poder. En ese marco, la intervención externa aparece, para el diplomático, como una solución extrema frente a un bloqueo institucional total.
El ex embajador remarcó que la caída de Maduro no puede analizarse de manera lineal. En su visión, se trata de un episodio excepcional que no debería convertirse en un modelo replicable. “Esto no es un ejemplo a seguir, es un hecho no deseado”, insistió, al tiempo que alertó sobre los riesgos de validar este tipo de acciones como mecanismos legítimos de resolución de conflictos políticos. La preocupación central es que otras potencias puedan invocar precedentes similares para justificar intervenciones en escenarios sensibles, como el de Taiwán.
Desde su perspectiva, la clave ya no está en la captura en sí misma, sino en lo que viene después. Guelar señaló que la verdadera transición se jugará en una negociación compleja, con Estados Unidos como actor central y, del otro lado, un entramado de poder que todavía conserva resortes de control dentro de Venezuela. En ese proceso, advirtió, no hay atajos ni soluciones inmediatas.
El diplomático se mostró escéptico respecto de una restitución directa del resultado electoral del 28 de julio, aunque expresó su deseo de que se reconozca la legitimidad de ese proceso. Su lectura es que el desenlace más probable será una nueva instancia electoral, una vez avanzado el período de transición. En ese escenario, estimó que María Corina Machado podría imponerse con una mayoría contundente, aunque aclaró que ese desenlace pertenece a una etapa posterior y no al inicio del proceso.
Uno de los puntos que Guelar consideró centrales para medir la seriedad de la transición es la situación de los presos políticos. Para él, la liberación inmediata de los detenidos por razones políticas debería ser la primera señal concreta de un cambio real. En ese sentido, planteó que Estados Unidos debería exigir ese gesto como “capítulo uno” del nuevo escenario, si pretende darle legitimidad a la etapa que se abre.
El exembajador también introdujo una advertencia política hacia el plano doméstico argentino. Señaló que no corresponde adoptar una actitud acrítica o de alineamiento automático frente a la acción estadounidense. “No hay que pasarse de chupamedias”, afirmó, al subrayar que reconocer la complejidad del caso no implica celebrar una violación al derecho internacional ni convertirla en doctrina.
Para Guelar, la singularidad del caso venezolano radica en que no existía un procedimiento democrático ni jurídico que permitiera iniciar una transición desde adentro. Según su análisis, el oficialismo había perdido claramente las elecciones, pero conservaba el control del aparato estatal y represivo, anulando cualquier salida institucional. Esa combinación explica, aunque no justifica plenamente, la excepcionalidad de lo ocurrido.
El desafío, concluyó, será evitar que un hecho extremo se transforme en regla y, al mismo tiempo, dotar de contenido político y humanitario a una transición que, de otro modo, corre el riesgo de profundizar la inestabilidad regional.






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