




Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicaGusZim1
El escenario internacional que enfrenta hoy la Argentina está lejos de ofrecer certezas cómodas. Donald Trump, otra vez protagonista central del tablero global, volvió a imprimirle a la política exterior de Estados Unidos un ritmo vertiginoso, cargado de gestos abruptos, rectificaciones parciales y decisiones de alto impacto. En ese contexto, pretender lecturas lineales o alineamientos sin fricción resulta, cuanto menos, ingenuo. La gestión de Javier Milei se mueve en ese terreno movedizo, con costos inevitables, pero también con señales de aprendizaje y adaptación que merecen ser subrayadas.
La política exterior no es un ejercicio de pureza ideológica sino de realismo. Y el realismo, en tiempos de cambios acelerados, exige flexibilidad. La Argentina optó desde el inicio por una definición clara: alinearse estratégicamente con Estados Unidos y las democracias occidentales. Esa decisión, lejos de ser un automatismo, supone navegar contradicciones, recalibrar posiciones y ajustar discursos cuando el socio mayor modifica sus prioridades. Lo contrario —la rigidez— suele pagarse caro.
El caso venezolano ilustra bien esa complejidad. A fines del año pasado, el escenario parecía orientado hacia un desenlace rápido del ciclo chavista. Las señales que llegaban desde Washington, sumadas a la centralidad de figuras opositoras como María Corina Machado, alentaban esa lectura. En ese marco, la Argentina expresó con claridad su respaldo a quienes encarnaban la resistencia al autoritarismo de Nicolás Maduro. Fue una posición coherente con la tradición democrática del país y con el discurso de defensa de las libertades individuales que Milei exhibe como bandera.
Sin embargo, la política internacional rara vez sigue el guion previsto. Estados Unidos reformuló su estrategia hacia Venezuela, priorizando una negociación gradual que garantice estabilidad y margen de maniobra geopolítica. El plan de etapas —estabilización, recuperación económica y transición política— implicó redefinir interlocutores y tiempos. Frente a ese giro, el Gobierno argentino ajustó su posición. No hubo un volantazo caprichoso, sino una adecuación a una estrategia liderada por su principal aliado. Eso también es diplomacia: comprender quién conduce el proceso y actuar en consecuencia, sin estridencias ni rupturas.
El episodio del Nobel de la Paz a Corina Machado y el posterior viaje de Milei a Oslo fueron parte de ese momento de transición. Lejos de leerse como improvisación, pueden interpretarse como una instancia de contacto directo, de toma de nota sobre los límites reales del respaldo internacional y de las sensibilidades de Washington. La brevedad de la visita y la reconfiguración posterior del mensaje oficial indican que el Gobierno captó rápidamente la señal y corrigió el rumbo. En política exterior, rectificar a tiempo suele ser una virtud, no una debilidad.
Davos funcionó como una radiografía más amplia del momento global. Allí quedó en evidencia que la llamada “derecha internacional” no actúa como un bloque monolítico. Cada país prioriza sus intereses, calibra sus gestos y evita quedar atrapado en conflictos que no controla. La Argentina, al sumarse a iniciativas impulsadas por Estados Unidos —como el Consejo de la Paz—, buscó estar sentada en la mesa donde se discuten las grandes decisiones. Esa presencia no garantiza influencia automática, pero la ausencia sí asegura irrelevancia.
Las actitudes de líderes europeos cercanos ideológicamente a Milei refuerzan esa idea. Giorgia Meloni eligió no confrontar abiertamente con Trump, pero tampoco se plegó sin matices. Friedrich Merz adoptó una lógica similar. Ambos muestran que el alineamiento inteligente no se mide por gestos grandilocuentes, sino por la capacidad de sostener canales abiertos y preservar autonomía. En ese sendero parece moverse la Argentina, todavía en una etapa inicial y con margen de ajuste.
Incluso las divergencias dentro del mismo espacio ideológico, como la posición de Isabel Díaz Ayuso frente al acuerdo Mercosur-Unión Europea, confirman una verdad básica: no existe una agenda internacional homogénea. Cada actor defiende su propio tablero doméstico. Comprender eso es clave para no sobredimensionar coincidencias ni dramatizar diferencias.
Las críticas más elaboradas a la política exterior del Gobierno señalan la supuesta ausencia de una diplomacia propia. Sin embargo, esa mirada omite el punto central: definir una orientación estratégica clara ya es, en sí mismo, una decisión diplomática. La Argentina abandonó la ambigüedad y eligió un campo. A partir de ahí, el desafío es aprender a moverse dentro de ese campo con mayor sutileza, algo que no se logra de un día para otro.
Trump impone un ritmo acelerado y, a veces, contradictorio. Adaptarse a ese pulso sin perder identidad es una tarea exigente. El Gobierno de Milei muestra, hasta ahora, disposición a hacerlo. No desde la rigidez doctrinaria, sino desde un pragmatismo que acepta correcciones y reconoce límites. En un mundo donde las reglas se reescriben sobre la marcha, esa capacidad de aprendizaje puede ser una fortaleza.
La política exterior argentina está en proceso de maduración. Comete errores, ajusta, vuelve a intentar. Lo hace, además, en un contexto internacional particularmente volátil. Juzgarla con el diario del lunes es tentador, pero incompleto. Más justo es observar la dirección general: inserción en Occidente, respaldo a las democracias y voluntad de estar donde se toman las decisiones. En tiempos de vértigo global, no es poco.








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